Las épocas finalizan cuando las ilusiones básicas se han agotado, he escrito en más de una ocasión. Ahora, cuando el mes de mayo llega a su fin, tengo la impresión de que eso está ocurriendo en España, donde vivimos entre la casi excelencia económica (con flecos y rotos como la vivienda y otros que no sabemos/queremos todavía zurcir) y una renovada presencia internacional con la profunda y dañina incertidumbre que nos aplasta en los asuntos de casa, y no me refiero solo a la muy grave y preocupante situación del expresidente Rodríguez Zapatero (y del propio presidente Sánchez) sino a la corrupción que nos envuelve y nos aplasta diariamente en una especie de bucle que nunca se acaba. Los ciudadanos aguantamos como si la cosa fuese lo más natural del mundo y los partidos políticos la utilizan como arma defensiva o de ataque según las circunstancias y su respectiva posición en el tablero político. La cosa es inventarse películas, en color naturalmente, porque “después de la verdad nada hay tan bello como la ficción”, como nos enseñó Machado.
Durante un periodo de casi quince años, el promedio global del índice de percepción de la corrupción (IPC) se mantiene sin variaciones en menos de 45 puntos (suspenso) y más de dos tercios de los países examinados obtienen una puntuación inferior a 50, suspensos también. Estos datos nos llevan a una doble y grave conclusión: existen en el mundo serios problemas de corrupción y la falta de control es palmaria. Poco, muy poco, hacemos para acabar con ella, entre otras razones porque falta la necesaria voluntad política.
Olvidamos que el único antídoto/vacuna que existe contra la corrupción, además de voluntad política, son la pedagogía y leyes para acabar con ella desde la más absoluta transparencia. Hoy, la transparencia es una exigencia de las sociedades que aspiran a ser democráticas y avanzadas. En el siglo XXI, en nuestra actual sociedad de la desconfianza y la sospecha, resurge una exigencia de transparencia que, como afirma el filósofo coreano Byung Chul-Han premio Princesa de Asturias, “nos indica que el fundamento moral de la Sociedad se ha hecho frágil, que los valores morales, como la honradez y la lealtad, pierden cada vez más su significación. En lugar de la resquebrajadiza instancia moral se introduce la transparencia como un nuevo imperativo social”. Los políticos lo saben, pero no les importa.
Olvidamos que en España llevamos casi dos siglos de aprendizaje, y así lo recuerda el periodista Carlos Sánchez: desde la desamortización de Mendizábal en el reinado de Isabel II “floreció una vieja expresión que refleja bien el orden social de la época: el termino recomendación, que es el antecedente inmediato de eso que hoy se llama amiguismo, y que en ocasiones es la puerta de entrada de la corrupción”. Así parece ser la condición humana y en el Génesis ya se decía que Yavhé miró a la tierra y “he aquí que estaba corrompida”. Lo grave no es, pues, que la corrupción, la avaricia y desigualdad existan; lo perverso es que resulta evidente que estas lacras han llegado para quedarse, y ahora las aceptamos -lo repetimos- como lo más natural del mundo. Y los políticos, sabedores de que el fundamento moral de la Sociedad se ha hecho frágil, y que la honradez y la lealtad pierden su significación, han decidido que estos asuntos les importan poco, y los derechos ciudadanos aún menos.
La transparencia es algo más que una vacuna contra la corrupción y, probablemente, algo menos que el bálsamo de Fierabrás, que todo lo cura. Hoy es una exigencia de las sociedades que aspiran a ser democráticas y avanzadas, si es a eso a lo que aspiramos. Suecia se lo creyó hace ya 260 años y marcó el camino promulgando una ley sobre transparencia en 1766. Y, como la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero y, además, siempre goza de una tremenda utilidad práctica, y como la corrupción sigue campando a sus anchas, uno no sabe que decir. Ninguna ley arregla por si sola los problemas, si acaso apunta soluciones, como nuestras todavía recientes leyes de Transparencia, que necesitarán mucha ayuda educativa y ser alimentadas con periódicas inyecciones de virtudes/vitaminas cívicas. La transparencia es una tarea de voluntad política, de cumplir deberes y de querer hacerlo, porque “solo la voluntad depende enteramente de nosotros, en ella se fundan necesariamente y se establecen todas las reglas de los deberes del hombre”, como nos enseñó Montaigne en sus Ensayos.