Estilo olivar

Juan José Almagro

Autómatas

Estamos viviendo en un mundo donde impera el desasosiego y la incertidumbre, donde confundimos progreso con velocidad

Los he visto cientos de veces y no me acostumbro ni doy crédito a lo que observo. Me refiero a los movimientos de los recogepelotas del torneo de Wimbledon, el “Gran Slam” de tenis sobre hierba que cada año se celebra en Londres cuando se inicia la canícula: chicos/chicas jóvenes perfectamente uniformados y muy rápidos en sus desplazamientos; sus brazos y piernas se mueven acompasados a las necesidades de los tenistas, ya sea para recoger las bolas, entregar una toalla o facilitar cualquier necesidad a los deportistas. Los recogepelotas que, me consta, reciben instrucción durante semanas para conseguir la excelencia en su tarea, se asemejan en su actuar a los bailarines de un ballet moderno, pero si te fijas bien y los observas con detenimiento más parecen soldados desfilando o, mejor, autómatas humanos por la rigidez con la que la que se mueven.

Esto de la rigidez no es cosa menor. Se llaman autómatas las maquinas dotadas de un mecanismo que le permite moverse, en particular las que imitan la figura y movimientos de un ser animado, normalmente humano. La RAE nos dice que el término se usa a menudo en comparaciones referidas a personas para expresar que estas actúan de modo mecánico, es decir, sin reflexión o sin voluntad. Antes, hace muchos años, cuando éramos niños, era frecuente tener un autómata entre los juguetes preferidos.

Cuento esto para reflexionar sobre una preocupante noticia que leo en el País, en un artículo firmado por Pablo Linde y titulado: “Las prescripciones de psicofármacos a los jóvenes, un atajo preocupante”. Claro que el subtítulo no es menos preocupante que el atajo: “la indicación de medicamentos tras un primer diagnóstico de ansiedad o depresión alcanza ya el 35% de los casos”. Creo que si los datos están contrastados, y así parece, la situación es muy grave. Estamos viviendo en un mundo donde impera el desasosiego y la incertidumbre, donde confundimos progreso con velocidad y en el que para conseguir nuestros objetivos, sean los que fueren, buscamos atajos que nos llevan por caminos inexplorados que ayudan, por desconocimiento, a despeñarnos. Habitamos un mundo donde se han diluido las ilusiones básicas y escasean las verdades absolutas y, en ese escenario, en un mundo donde la única certeza que tenemos los humanos es la propia certeza de la incertidumbre es en el que estamos obligados a intentar, una y otra vez, y siempre de forma inconclusa, a comprendernos a nosotros mismos y comprender a los demás, y es también en el que estamos obligados a comunicar y, de ese modo, vivir el uno con y para el otro. Nos hemos olvidado de la comunicación y el dialogo creyendo que con estar conectados era suficiente.



Lo hemos hecho y, a pesar de los avisos, lo seguimos haciendo. Y no sé si es por falta de tiempo (los médicos prescriptores no tienen la culpa) o porque no nos da la gana hacerlo mejor, pero está claro que los adolescentes no son el problema, como insiste mi hija, psicóloga reputada, con la que estoy de acuerdo y a la que acudo cuando tengo dudas o necesito opinión o consejo. El malestar de los jóvenes, me dice, es el reflejo de lo que no está funcionando en la sociedad, de cómo estamos fallando los adultos. Los jóvenes se sienten solos, perdidos, angustiados. Y, además, no hemos sabido protegerles del uso desmedido y el desarrollo de las redes fecales/sociales y de la IA, que se convierten en esa compañía que no tienen en su entorno más cercano, lleno de “influencers” mercenarios que, previo pago de un elevado caché, ofrecen de todo menos ejemplo y referentes, que es lo que de verdad necesitan nuestros jóvenes y no pastillas mágicas que todo lo curan, como el bálsamo de Fierabrás. Estamos enseñando a nuestras jóvenes generaciones a no tolerar la incomodidad, la tristeza, la frustración o la incertidumbre, en línea con una sociedad que busca un bienestar inmediato o la evitación de malestar a toda costa, como afirma Teresa Bobes, presidenta de la Sociedad española de Psicología Clínica.

La solución mágica a esa angustia existencial no es darles una pastilla a los jóvenes, sino enseñarles a hacer preguntas, procurarles respuestas y dotarlos de otros recursos: mayor presencia y cercanía de adultos de referencia, terapias grupales y familiares, talleres de regulación emocional, más contacto con la naturaleza, comunicación no violenta, tolerancia a la frustración y ejercicios de reflexión y fortalecimiento de la voluntad para no comportarnos como autómatas.

Creo que nunca es tarde para pedir perdón. Nunca es tarde para comenzar otra vez. Nunca es tarde para decir me equivoqué. Y, mejor, hacerlo cuanto antes. Borges decía que el futuro no es lo que pasará mañana. El futuro es lo que haremos desde hoy.  Tengo confianza en la edad que se avecina y en los jóvenes que han de surgir cuando “una tarea común apasione las almas” para evitar, entre otras cosas, autómatas empastillados que no tienen dolores ni frustraciones y se olvidan de la utopía y de la esperanza que siempre habitan en el horizonte. Y luchar sin guerras por ese compromiso es nuestra tarea común porque -volvemos a Machado- “no pueden las ideas brotar de los puños”.