Hace algunos días, mientras veía ponerse el sol sobre la fina línea del horizonte, en una playa solitaria donde pronto será imposible caminar, pensaba en los vientos de esperanza que siempre nos trae el verano. Es como si, de alguna manera, lo bueno esperara a dar comienzo durante las jornadas de estío.
Atrás quedan los días grises de invierno, la frialdad que le confiere la rutina a la vida, la pesada cortina de las noches tempranas. Quedan atrás los horarios que te ponen de pie cuando todavía es de noche, el abrigo detrás de la puerta y el paraguas abandonado en el maletero.
Los sinsabores de febrero pierden peso bajo la luz larga de junio, como si sus días nos concedieran una tregua silenciosa para reconciliarnos con el tiempo.
El tiempo: ese Cronos invariable y recto que, a veces, es sorprendido por un Kairós que rompe, momentáneamente, el orden y el sentido de las cosas.
El verano tiene algo de promesa, de página en blanco y de una magia que estalla en el cielo en la noche de San Juan. Pudiera ser que vayamos comprendiendo, a medida que pasan los años, que hay formas humildes de felicidad: una conversación con tu amigo en un escalón cualquiera, el rumor de las chicharras en los árboles, una mesa compartida, el fogonazo de un amor en agosto o, simplemente, la fortuna de recordar que has vivido.
Sigue cayendo el sol hasta teñir de naranja la dulce hora de los días.
Pienso que los reencuentros más luminosos, casi siempre, suceden en verano. Quizá porque el tiempo de ocio es capaz de expandirse allí donde incluimos la posibilidad. No hay plan posible para lo que dejamos para después. El calor nos libera de las ropas y caminar descalzo le otorga a la vida una sensación más nítida de qué priorizar y qué no.
El verano modifica el ritmo con el que observamos el mundo. Nos invita a alargar las noches al raso y a recuperar conversaciones que, solo porque requerían más tiempo, dejamos a medias aquella tarde fría de noviembre.
Ahora que hasta el mar se ha vestido de naranja, echo la vista atrás y una marea de nostalgia me moja los pies. Vuelven, desde la estantería de la memoria, los recuerdos incólumes de las tardes de verano en el campo de mis abuelos: la bajada del agua y el olor a tierra mojada, los baños en el río, el pan con aceite, la fruta recién cogida del árbol y la comida de mi abuela. Esa niñez que quisiéramos sacar del barro del olvido, traerla al presente, aunque fuera solo por un momento, y abrazar más fuerte a quienes construyeron con nosotros los recuerdos de una vida que, vestida por la claridad de los días, brilla más en verano.
Quizá el verano sea eso: mantener la ilusión de seguir construyendo recuerdos mientras agradecemos los que se acomodan, sin orden lógico, en los recovecos de nuestra memoria. Una estación que viene a recordarnos la necesidad de parar, de detenerse a contemplar un sol que cae candente sobre un mar azul que nos mece en el vaivén de sus olas.