Hay días en los que no podemos con todo: el trabajo, la casa, la reunión de vecinos, la comida del día siguiente, el coche en el taller, la cita del dentista… Hay días en los que lo único que te apetece es sentarte a contemplar la inmensidad del azul mientras tu cerebro deja de procesar, de organizar… de presionarte. Y está bien.
Existe un cansancio que no se cura durmiendo.
Vivimos en una sociedad en la que todo tiene tanta urgencia que debería estar listo para el día de antes y, así, no hay quien llegue. Llevamos la agenda tan apretada que a duras penas encontramos el momento idóneo para pararnos a recuperar el aliento, y vamos sorteando obstáculos como si nos encontráramos en un circuito americano: salto, al suelo, empuja la rueda, al suelo de nuevo, barro, repta, corre ahora.
Y, cuando te paras, la urgencia de no sé qué cosa, que seguro puede esperar, sigue empujándote. «Llevas demasiado tiempo sin hacer nada», te dices. «Un ratito más», te respondes.
Tratas de encontrar un entretenimiento porque «n-o e-s-t-á b-i-e-n e-s-t-a-r s-i-n h-a-c-e-r n-a-d-a», ¿te acuerdas? Te lo enseñaron desde pequeño. Y ahí aparece la sentencia:
«Estoy perdiendo el tiempo».
El tiempo. Esa cosa inmaterial, limitada, que se nos ha otorgado y que debemos llenar de cosas y cosas, da igual de qué, pero lleno, sin espacios, porque es limitado y no se puede perder.
Pero quizá esa idea errónea, tan incrustada en nuestro entendimiento, sea precisamente la que nos esté haciendo perderlo de forma tan estrepitosa. Porque dedicar todo nuestro tiempo a cosas que se supone que debemos de hacer, pero que no sabemos si realmente queremos hacer es, en efecto, perder el tiempo.
Hemos aprendido que solo cuenta lo que se aprovecha, lo que deja rastro, lo que rinde. Sin embargo, es en los espacios vacíos donde aparece la calma, en los ratos muertos donde se pone en orden lo que parecía imposible y en los silencios donde uno puede escucharse, sin ruido ni interferencias.
No necesitas justificarte por descansar ni por mirar por la ventana sin pensar en nada mientras el sol te calienta la cara. Está bien dar un paseo sin destino. Volver a leer las páginas de un libro simplemente por placer. Saltarte una tarde de gimnasio. Quedarte quieto. Aburrirte. Divagar. Porque todo eso que parece inservible también sostiene la vida.
No eres menos válido por detenerte. Ningún proceso productivo deja de funcionar porque, un día, necesites parar. No tenemos que ocupar cada minuto de nuestra vida en algo que deje rastro y que sea tangible o visible. No necesitamos la validación de nadie, ni nadie tiene que ganarse el derecho a descansar al final del día. Pararse a respirar también cuenta.
Hay momentos que no producen nada y que lo cambian todo.
Así que, si hoy no te apetece leer, lee menos. Si no puedes con todo, suelta algo; quizá mañana sea un mejor momento. Si lo que necesitas en sentarte a contemplar el techo de tu casa, darte un paseo por tus rincones favoritos o, simplemente, dejar pasar las horas sin un fin concreto, hazlo.
A veces perder el tiempo es exactamente la mejor forma de no perderse a uno mismo.
Pero tampoco me hagáis mucho caso.