El senderista loco

Miguel Ángel Cañada

Santuario de la Virgen de la Cabeza (destino mariano y senderista)

El 'senderista loco' nos conduce hoy por los caminos del Santuario de la Virgen de la Cabeza

 Santuario de la Virgen de la Cabeza (destino mariano y senderista)

Foto: Miguel Ángel Cañada

Santuario de la Virgen de la Cabeza.

El senderista es, por naturaleza, un curioso incorregible. Basta echarse a cualquier senda para comprender que el verdadero destino rara vez es el lugar al que llegamos. Lo importante suele encontrarse entre el primer paso y el último, en todo aquello que el camino nos regala mientras avanzamos.

Subimos montañas con la ilusión de acercarnos un poco más al cielo y descubrimos, precisamente allí arriba, lo pequeños que somos. Atravesamos bosques donde los árboles desafían al tiempo con edades centenarias y dimensiones colosales, recordándonos la brevedad de nuestra existencia. Caminamos entre cascadas que rompen el silencio, calas de aguas transparentes cuyo acceso parece reservado a los más obstinados, praderas que ondulan con el viento y caprichosas esculturas de roca que la erosión lleva siglos modelando con infinita paciencia.



La sierra también habla. Lo hace en el tamborileo lejano de un pico picapinos, en el vuelo majestuoso de un águila que rasga el cielo, en el perfume de la jara y el romero calentados por el sol o en ese silencio que solo existe lejos del ruido. Hay momentos en los que uno deja de caminar para escuchar cómo respira el monte.

Pero esta vez la curiosidad perseguía algo distinto. No tanto sentir cuanto experimentar lo mismo que, desde hace siglos, viven los peregrinos que año tras año ascienden hasta el Santuario de la Virgen de la Cabeza siguiendo los viejos caminos de Sierra Morena.

En mi caso, las emociones siempre se encuentran. Desde niño he subido innumerables veces al cerro del Cabezo: el día grande de la romería, el aniversario de la aparición de la Virgen o cualquier jornada anónima en la que bastaba el deseo de reunir a la familia bajo el amparo de la Morenita.

Sin embargo, existe otra llamada diferente. Es la del senderista que desea recorrer los caminos abiertos por generaciones de caminantes; descubrir los árboles que los custodian, los animales que se dejan ver apenas unos segundos, el rumor del río que obliga a detener el paso y, sobre todo, esa satisfacción íntima que produce alcanzar la meta, llegue uno con plegarias en los labios o simplemente con el orgullo silencioso de haber conquistado un nuevo horizonte.

He recorrido este camino en numerosas ocasiones, casi siempre desde la ermita de San Ginés, ida y vuelta. Es una senda donde el misticismo y la geología parecen darse la mano. Hay lugares cuya fuerza no necesita explicación y este es uno de ellos. La tierra parece guardar una memoria antigua que el caminante percibe sin saber muy bien por qué.

Avanzamos como pequeños navíos desafiando un mar embravecido. Descendemos y ascendemos sobre un interminable oleaje de lomas, mientras el sendero serpentea entre mares de granito y berrocales que rompen contra nuestras piernas como si fueran olas petrificadas. A veces dejamos de obedecer al timón y zigzagueamos buscando el paso más amable.

Solo el valle del Jándula, allá por Lugar Nuevo, parece ofrecer una tregua. Como el ojo de un tifón, el camino se aquieta durante unos instantes y concede descanso a peregrinos y senderistas. Pero la calma es breve. Pronto vuelve la ascensión y afrontamos la última cresta como un viejo surfista que conoce bien la fuerza del mar y sabe que, tras la siguiente ola, le espera la orilla.

Entonces aparece la basílica santuario.

Y con ella llega esa sensación difícil de explicar. Nos sentimos vencedores de una batalla íntima en la que el tiempo, el cansancio y la montaña parecían medir nuestras fuerzas. Llegar con fe o sin ella importa menos de lo que muchos creen. Lo verdaderamente importante es descubrir que el camino nos ha cambiado mientras nosotros creíamos estar conquistándolo.

Recuerdo especialmente una de aquellas jornadas. El calor había sido insoportable. Habíamos agotado hasta la última gota de agua confiando en reponer fuerzas al llegar al poblado del Santuario.

El bar estaba completamente lleno. Encontrar una mesa parecía casi tan difícil como terminar la subida.

Entonces escuché mi nombre.

—¡Aquí! ¡Tenéis sitio!

Levanté la vista y reconocí al camarero. Años atrás habíamos coincidido por motivos laborales en Linares. La vida lo había llevado hasta aquel rincón de Sierra Morena y, sin dudarlo, nos hizo un hueco entre la multitud, desafiando incluso el orden de quienes aguardaban mesa. Quizá nuestro aspecto de caminantes exhaustos despertó alguna complicidad que los demás comprendieron sin necesidad de protestar.

Nos abrazamos como si el monte también propiciara esos encuentros improbables.

—Ponme seis tubos bien fríos.

Sonrió sorprendido.

—¿Seis? ¡Pero si sois tres!

—No importa. La primera desaparece de un trago.

Y así fue.

Después llegaron el agua, el descanso y el alivio.

Con el cuerpo nuevamente reconciliado con el esfuerzo, ascendimos la calzada hasta la basílica. Unos dieron gracias a la Morenita. Otros, quizá, a la misteriosa energía de aquel cerro que desde hace siglos continúa atrayendo a creyentes, excursionistas y curiosos por igual. Tal vez, en el fondo, todos dábamos gracias por lo mismo: haber llegado.

Alguien dijo una vez que, seas o no creyente, hay que recorrer al menos una vez en la vida el Camino Viejo del Santuario.

Después de tantos años solo puedo darle la razón.

He caminado por montañas de extraordinaria belleza y por senderos capaces de dejar sin aliento a cualquier viajero. Sin embargo, este posee algo distinto. Hay una emoción difícil de nombrar que permanece cuando termina la marcha y que, pasado el tiempo, vuelve a llamarnos.

Hay caminos que recorremos una sola vez.

Y hay otros que, cuando terminan, comienzan a caminar dentro de nosotros.

El Camino Viejo del Santuario pertenece a estos últimos.

Nos vemos por sendas y caminos.

No te pierdas… o sí.

Pero, si has de dejar alguna huella en la naturaleza, que sea únicamente la de tus botas sobre el barro.