Si buscas un rincón donde la historia épica, la naturaleza intacta y un sutil misticismo jiennense se entrelacen como raíces bajo la tierra húmeda, este paraje será una parada inevitable. Allí, en el término municipal de Santa Elena, muy cerca de las eternas Navas de Tolosa, el paisaje se abre en silencio para revelar algo más que un área recreativa: un corazón verde que late y oxigena el alma del parque natural de Despeñaperros.
El nombre no engaña. Las alisedas nacen donde el agua decide quedarse, donde el río y el arroyo crean un microclima íntimo, casi secreto. Los alisos se inclinan hacia el cauce como si bebieran tiempo, mientras a su alrededor crecen quejigos antiguos, alcornoques semidesnudos, pinos y un sotobosque mediterráneo que parece guardar palabras que ya nadie pronuncia.
Caminar por este lugar es aceptar la invitación al misterio. Basta con seguir el curso del río de la Campana para que el paisaje se vuelva escenario y cada sombra, promesa de una historia no contada. El aire se espesa, el sonido del agua acompasa los pasos y uno siente que cualquier aventura —incluso la más oscura— podría comenzar allí.
Sobre los riscos de cuarcita, los buitres leonados dibujan círculos lentos, solemnes, como guardianes del tiempo. Más abajo, entre claros y espesuras, los ciervos se mueven con la discreción de lo salvaje, apareciendo solo a quienes saben avanzar sin romper el silencio.
Pero estos senderos no solo guardan vida; también guardan memoria. Por aquí no caminan únicamente senderistas, ciclistas o domingueros en busca de descanso. Caminan, invisibles, los ecos del pasado. La historia se desliza entre los árboles con la misma naturalidad que el agua entre las piedras.
Cuentan que en el año 1157, por estos parajes —aunque la historia, siempre imprecisa, difumine su exacto escenario— murió el emperador Alfonso VII, hijo de la reina Urraca I de León. Décadas después, estas tierras serían testigo de uno de los acontecimientos decisivos de la historia peninsular: la batalla de las Navas de Tolosa. Fue su nieto, Alfonso VIII, quien en 1212 unió a reyes antes enfrentados para derrotar a los almohades, sellando el declive definitivo de su poder y abriendo las puertas de Andalucía a la expansión cristiana.
El tiempo, incansable, volvió a girar y La Aliseda conoció otra edad dorada. En 1882, José Salmerón y Amat adquirió la finca y convirtió unos humildes manantiales en el llamado «balneario de la burguesía». Allí surgió un complejo elegante: un hotel con más de cien habitaciones, salones de baile donde resonaban músicas lejanas y termas donde se acudía a «tomar las aguas», buscando salud y prestigio a partes iguales. Aquellas aguas, consideradas milagrosas, atrajeron a figuras ilustres: Niceto Alcalá-Zamora, presidente de la Segunda República; el político Sagasta e incluso miembros de la familia real, como los padres de doña Mercedes, bisabuela del actual rey Felipe VI. La Aliseda se convirtió entonces en refugio de lujo, en escenario de conversaciones discretas y paseos elegantes.
Pero todo esplendor es frágil: la mala gestión y el peso de las deudas apagaron aquel sueño a mediados del siglo XX. Hoy solo quedan muros de piedra, cimientos cubiertos de musgo, el Puente de los Suspiros… y un silencio cargado de nostalgia.
Ese puente, precisamente, sostiene una de las leyendas más persistentes del lugar. Dicen que una dama de blanco lo cruza en las noches de luna llena. Algunos aseguran que fue una paciente que nunca sanó; otros, que es la guardiana eterna de los manantiales. Sea cual sea la verdad, su nombre basta para envolver el lugar en una melancolía serena.
Por eso, cuando vengas a La Aliseda, no tengas prisa. Piérdete por sus sendas, deja que el bosque te hable, que el aroma del tiempo y el murmullo de antiguas historias te envuelvan. Así sucede siempre que camino entre sus alisos, donde el pasado y el presente se dan la mano sin hacer ruido.
Nos vemos por esas sendas. Coge la mochila, ajusta las botas y respira, despacio, los parajes de nuestras sierras.