El senderista loco

Miguel Ángel Cañada

Los Poyos de la Mesa: el balcón donde nace el viento

Escalones gigantes de roca que sostienen una altiplanicie suspendida sobre los valles

 Los Poyos de la Mesa: el balcón donde nace el viento

Foto: El senderista loco

Los Poyos de la Mesa

El equipo de Félix Rodríguez de la Fuente eligió este lugar como quien reconoce, sin dudar, un santuario. Aquí, donde la tierra se eleva con solemnidad, se rodaron algunas de las escenas destinadas a permanecer en la memoria de El hombre y la Tierra. Ante ellos se alzaba una mole imponente: más de mil seiscientos metros de altura suspendidos entre cielo y piedra. Una planicie vasta y verde, cercada por tajos verticales de caliza, como si la montaña hubiera decidido defender su secreto. Era el escenario perfecto: la precisión salvaje de la vida desplegándose sin artificio.

Allí, el águila real dominaba el aire. En pleno vuelo, con la elegancia feroz que solo concede la naturaleza, apresaba con sus garras amarillas, curvas como dagas, a un joven chivo montés. El instante, suspendido entre la fuerza y el abismo, culminaba cuando la rapaz lo elevaba para después soltarlo, dejando que la gravedad dictara el desenlace. La montaña, muda y eterna, asistía al rito.
No fueron solo las cámaras las que guardaron aquel momento. También las paredes verticales, testigos sin voz, y el viejo pino laricio, erguido desde hacía más de quinientos años, al que la sabiduría serrana acabaría llamando «el Abuelo».

Llamadme «loco del sendero». Así me nombro cuando intento poner palabras a lo vivido. Porque hay pasiones que nacen en la infancia, frente a una pantalla de Televisión Española, viendo a Félix hablar de vida y muerte con la serenidad de quien comprende ambas. De aquellas imágenes brotó una forma de estar en el mundo: caminar, observar, contar.



Hoy, en el mirador que lleva su nombre, el paisaje se abre como una revelación. Frente a nosotros, los Poyos de la Mesa: escalones gigantes de roca que sostienen una altiplanicie suspendida sobre los valles. Una mesa pétrea que desafía a las cumbres vecinas y da sentido a su nombre.

Abajo, como una presencia fantasmal, permanece el pino muerto que heredó el nombre del primer «Abuelo», fulminado por un rayo en el Puerto de las Palomas en 1984. Este otro resistió aún una década más antes de rendirse al tiempo. No fue retirado. Permanece en pie, como un monumento a la memoria y a la lenta dignidad de la madera muerta.

Imagínate allí arriba, atravesando bosques de pinos laricios que crujen con el viento, ascendiendo hasta donde la vegetación se vuelve humilde: arbustos rastreros, aferrados a la vida frente a la dureza del clima. Y, de pronto, el borde. El vacío. El silencio. Solo el viento habla.

Desde ese balcón natural, la mirada se derrama en horizontes que parecen no tener fin. El Guadalquivir nace tímido, casi niño, serpenteando torpemente entre los pliegues del valle, mientras a lo lejos se intuye su descanso en las aguas del Tranco. Las montañas cercanas responden con su propia presencia: el pico Cabañas, la cuerda de las Banderillas… nombres que suenan a historia y resistencia.

Y en el aire, casi a nuestra altura, la vida vuelve a desplegarse: el águila real, el buitre leonado, el quebrantahuesos. Alas abiertas, girando en círculos invisibles, confiando en el viento como quien confía en un viejo amigo.

Pero no todo sucede en el cielo. La tierra también late. Gamos, ciervos, cabras montesas y muflones recorren estos parajes como si fueran suyos —y lo son—. Recuerdo aún el sobresalto de una madre jabalí, la tensión compartida en un instante que pudo torcerse y que, sin embargo, quedó en un simple susto. Aquí, cada encuentro tiene algo de frontera.

He subido muchas veces a este lugar. Y muchas más lo he contemplado desde la distancia, como se contempla aquello que nunca se posee del todo. Porque los Poyos de la Mesa no se visitan: se quedan. Permanecen en la retina, adheridos a la memoria, como una certeza silenciosa.
Nos vemos entre senderos.

No te pierdas… o sí.