¿Os imagináis una senda que nazca a los pies de un castillo, vigilante eterno de uno de los pueblos más hermosos de España? Allí se alza Burgalimar con sus catorce torres, erguido desde el año 968: el más antiguo del país, uno de los más viejos de Europa y, aún hoy, orgulloso, casi intacto.
Estamos en Baños de la Encina, en el corazón de Sierra Morena, y hoy te invito a caminar. Desde la piedra milenaria del castillo hasta un asentamiento que respira más de cuatro mil años de historia, lo haremos por la llamada vereda de las Aguas… o de Peñalosa. Ven, ¿me sigues?
El agua lo nombra todo. Lo envuelve. Da aliento a los paisajes que se descuelgan desde las torres hasta el cerro donde, hace milenios, latió la vida de gentes de la cultura de El Argar, allá en la Edad del Bronce.
El sendero se vuelve amable junto al remanso del embalse del Encinarejo. El agua, de plata viva, parpadea entre la tierra roja y la pizarra oscura, regalándonos destellos a cada paso, como si el paisaje tuviera memoria y quisiera contarse.
Aquí la historia no se lee: se respira. Desde las murallas del antiguo Bury al-Hamma —el «castillo de los baños»— hasta cada piedra que pisa el caminante. Y, sin embargo, cuanto más avanzamos, más retrocedemos. Como si el tiempo, caprichoso, caminara en sentido contrario.
A veces, basta cerrar los ojos. El murmullo del agua se apaga y, en su lugar, llegan los ecos: cascos de caballos, ruedas de carros, el pulso de la calzada romana que unía Sinsapo y Cástulo, arterias de riqueza en la vieja Sierra Morena. Incluso un puente de un solo ojo emerge —cuando las aguas lo permiten— como testigo de aquel mundo que creyó ser eterno.
Y el olor… Ah, el olor. En primavera, la jara pringosa incendia el aire. Sus flores, frágiles como papel arrugado, lucen lágrimas oscuras sobre el blanco. Es el aroma de la sierra, denso y antiguo: el ládano, pegajoso y vivo, respirando desde cada hoja, desde cada tallo.
El camino gira y, con él, el tiempo. Dejamos atrás un pasado que ya parece lejano… pero lo que aguarda es aún más remoto: Peñalosa. Allí, sobre la altura, se alza este poblado de la Edad del Bronce, habitado durante siglos. Cuatrocientos años de vida, de fuego, de piedra y de horizonte. Hoy, solo ruinas; pero si entornas los ojos, vuelve la vida.
Imagina el valle sin agua retenida, libre, fértil. Imagina un clima más generoso, arroyos cantando sin descanso. Porque entonces, como ahora, donde había agua… había vida.
Caminamos entre calles estrechas, dejando que la mirada gire, que roce cada rincón, cada piedra, cada silencio. Todo parece latir aún si se escucha despacio.
Y regresar… regresar no pesa. Porque el camino es breve y el alma, ligera. Y porque, al alzar la vista, el castillo vuelve a aparecer sobre el cerro del Cueto, como nacido de la roca, suspendido sobre las aguas plateadas del pantano. Vigila. Permanece. Siempre.
Os invito a perderos —o a encontraros— en estas sendas bañuscas, donde el bronce aún susurra y el pasado tiene aroma. Nos vemos en el camino. O quizás por estas letras.