Desde hace algunos años, con ocasión de protagonizar alguna charla o conferencia, o participar en algún panel o mesa redonda, al inicio de mi intervención siempre pido perdón a las personas presentes que pertenecen a las generaciones más jóvenes. Creo que nunca es tarde para pedir perdón. Nunca es tarde para comenzar otra vez. Nunca es tarde para decir me equivoqué. Y, mejor, asumiendo mi edad provecta, hacerlo cuanto antes. Borges decía que el futuro no es lo que pasará mañana. El futuro es lo que haremos desde hoy.
Y pido perdón a las generaciones más jóvenes porque soy consciente de que la mía (los “baby boomers”, que ahora tenemos entre 60 y 80 años) no vamos a dejarles un mundo mejor a nuestros hijos y a nuestros nietos. No hemos sido capaces o no hemos puesto el empeño suficiente para conseguirlo. Lo creo firmemente y me parece que algunas evidencias confirman esa convicción. En un mundo que soporta una profunda transformación/aceleración social absolutamente imprevisible, confundimos progreso con velocidad y transitamos por atajos peligrosos que muchas veces nos acercan a no se sabe dónde. Y tenemos constancia de sinrazones y despropósitos que nos trastornan. Hay ejemplos de actividades que han reducido el deporte a un simple espectáculo o a un negocio muy caro, véanse los precios disparatados de las entradas en el mundial de fútbol que acaba de comenzar; o, si podemos, reflexionemos un instante en lo que se ha llamado “Olimpiada del dopaje”, celebrada en Las Vegas hace pocas semanas, patrocinada por inversores multimillonarios (la familia Trump entre otros) y con premios de 250 mil dólares por la victoria en cada prueba y un millón de dólares por cada récord mundial batido. Los atletas participantes han podido utilizar (y lo hicieron mayoritariamente) sustancias dopantes no permitidas. Ni el Comité Olímpico Internacional ni la Agencia Mundial Antidopaje han reconocido los resultados y alguien ha calificado el evento como un “circo construido sobre atajos” que, probablemente, servirá de mal ejemplo en los gimnasios de medio mundo, donde falta talento y sobra testosterona.
En un hermoso libro, "Negociando con príncipes", escrito en 1716 y que muy bien podría servir como moderno manual para aprender técnicas de negociación, su autor, Francois de Callieres, consejero de Luis XIV, escribe: "Puesto que de Dios es el haber dado nacimiento a los hombres con diferentes talentos, uno de los mas útiles consejos que a todos es dable ofrecer es que sepan meditar con cuidado antes de optar por una profesión." Podríamos añadir, o hacer un negocio o cualquiera otra cosa.
No es fácil hacerlo como aconseja De Callieres. Acerca de este don llamado talento, siempre he recelado, como Antonio Machado, de que hubiere tanto. Decía el poeta, con ironía y dureza, que "de diez cabezas, nueve embisten y una piensa." Y añadía: "Nunca os extrañéis de que un tonto se descuerne luchando por una idea". Muchos mandamases deberían aprender y conviene, pues, aportar alguna reflexión sobre ese conjunto de dotes intelectuales que sobresalen o resplandecen en una persona, desde el ingenio a la prudencia, pasando por la capacidad intelectual o las diferentes habilidades que puedan adornar a cualquier sujeto.
El talento siempre está repartido. Siempre. No todo el mundo tiene talento para todo, ni podemos comprar en cualquier tienda cuarto y mitad de sabiduría o de cualesquiera otra virtud, ni todos servimos para las mismas cosas, aunque nos empeñemos. La poesía, por ejemplo, es un don exclusivo de privilegiados, aunque los que se llaman poetas sean legión. Está claro que no todos servimos para cualquier menester, ni aun los que han llegado más alto. Una buena parte de los políticos, de los hombres/mujeres de negocios y altos ejecutivos, que siempre se creen con mucho talento aunque no lo tengan, presta más atención a lo quiere expresar (normalmente mandar) que a lo que dicen los demás, olvidando que cuando escuchamos también aprendemos, aunque nos cueste reconocerlo. Cuando nos examinamos a nosotros mismos, en general, somos muy generosos y, para remachar tal aserto, Baltasar Gracián nos desvela con profundidad y belleza: "¡Oh, si hubiera espejos de entendimiento como los hay de rostro! Él lo ha de ser de sí mismo y falsifícase fácilmente…"
Seamos, pues, discretos y humildes. Nuestra época, como todas las épocas, se retrata y se refleja en las personas que la vivimos y, por tanto, la sufrimos/disfrutamos/padecemos; la ventaja es que en tiempos difíciles la propia dificultad se convierte en algo tan natural y cotidiano que, en general, debería fortalecernos. Pensando en el común, y en las perennes citas electorales, en estos tiempos de austeridad los primeros en ponerse a la tarea deberían ser los políticos, las administraciones públicas, las instituciones y, naturalmente, las empresas y sus dirigentes. Austeridad es, sobre todo, sobriedad, sencillez, ausencia de adornos y trabajo sin alardes, "estilo olivar" (dando frutos sin hacer ostentación de flores), huyendo de falsas promesas y de mentiras, y liquidando estructuras y organismos innecesarios e inoperantes. Pero no es así. Por razones que nunca se entienden, aquí todo el mundo quiere aparentar; muchos dirigentes, equivocadamente y no importa cómo, luchan/medran por ser siempre los primeros, los más listos y talentosos, y aparecer en los papeles como protagonistas indiscutibles; corruptos o no, quieren mantener su propio y singular chiringuito, copiar lo que sea menester sin recato alguno y aparentar, aparentar, aparentar... Los que presumen de sabios y gurús dicen que es muy importante innovar, algo ciertamente imprescindible, pero sin olvidar que para progresar, y desde la honestidad intelectual, "hay que ponerse en cuestión todos los días", como escribió Ortega; o esforzarse por cumplir, según la famosa formula de Kant, con los tres principios del progreso: cultivarse, civilizarse y moralizarse. Y, si es necesario, pedir perdón. No cuesta nada.