El bar de la esquina

Antonio Reyes

El arte de persuadir

Hacer política es criticar con sentido, salir a la calle a defender o pedir derechos para todos

Con todo lo que está pasando, el aumento inexplicable de jóvenes que abrazan el fascismo y se arman de un odio inquietante hacia toda persona que otros señalan desde su posición política, lo difícil que resulta comprender tanta y tanta barbaridad sin sentido, me viene a la mente el discurso famoso de Unamuno en el paraninfo de la Universidad de Salamanca y que se representó en la película «Mientras dure la guerra». Me quedo con dos momentos. El primero de ellos viene por lo que he visto varias veces en televisión,las diferencias notables cada vez que le ponen un micro delante a alguien de la acampada de Sol y a esos jóvenes con banderas que ni siquiera saben qué defienden ni por qué se manifiestan. Los primeros te explican por qué están ahí, con calma, contando que están en la plaza cuando su trabajo o estudios se lo permiten. Con serenidad, dan sus motivos y desgranan que lo que buscan son derechos para todos, no para unos pocos. Ese «todos» incluye también, faltaría más, a quienes no piensan como ellos pero que con toda seguridad, algún día se verán en la quimera de acceder a una vivienda. Los otros, los de las banderas, vomitan los únicos argumentos de siempre. Que no son españoles, que no se lavan, que ocupan la plaza ilegalmente, etc, etc, etc. Lo de siempre, vamos. Es como cuando Millán Astray se levanta en la película para intentar parar los pies a Unamuno, ante esa misma falta de argumentos con sentido, termina gritando entre balbuceos y con el apoyo de una audiencia fascista «España, una grande y libre». Y hasta aquí toda la base ideológica de los de las banderas del pollo, la de falange y la cruz de Borgoña.

La otra frase del rector Unamuno, es que se podrá vencer convenciendo, pero para vencer de verdad hay que persuadir. ¿Y qué podríamos hacer los demás para persuadir a ciertas personas de que su odio está equivocado en cuando a los culpables de nuestros males, de que en lugar de culpar al vecino y a quien solo busca una vida mejor, deberían mirar hacia arriba? Pues, aunque nos suponga un esfuerzo dramático y titánico, utilizar la calma ante todo, la palabra después y una serenidad que a esta horda de nuevas tribus parece faltarles. Vale que con toda seguridad son así porque así son sus familias, vale que les mole esto de ir todo el día con la bandera de todos como si solo fuese suya, vale que creamos que es una nueva moda y han perdido la vergüenza que se presupone al mostrarse como miembros de un movimiento renacido y que creíamos arrinconado, vale que, por afinidad o por desconocimiento, no sepan ni lo que dicen ni lo que hacen. Pues es aquí donde debe entrar la didáctica, la palabra.

Aun así, yo, que día sí día también oigo auténticas barbaridades y mi parte animal me pide responder con gestos que creía controlados, he tenido la tentación de levantarme, pedir la palabra en la charla de al lado e intentar poner en práctica lo que acabo de decir. Es incomprensible dar pábulo a ese torrente de despropósitos y ausencia de argumentos de peso con los que defienden sus soflamas, que no son más que eslóganes enraizados en el odio más visceral que los de más arriba, sus ídolos de arcilla, proclaman desde los estrados democráticos a sabiendas de que sus seguidores les creerán.

Y pensaremos, ¿pero cómo es posible que crean que el problema de la vivienda es de otros pobres, de personas trabajadoras que sufren para llegar a fin de mes? ¿De dónde sacan que es un problema de España la delincuencia? ¿Qué dato demostrado utilizan para creer que la inmigración nos quita el empleo? Este es mi gran desconcierto a día de hoy. Lo que sí tengo claro es que prefieren repetir como papagayos algo que no se han parado a pensar, por lo de siempre, porque pensar supone un esfuerzo que ni saben ni quieren hacer. Si otros me dicen ya lo que tengo que repetir, pues mejor, así no me explota la cabeza.

Es por esto por lo que no comprenden que toda esa gente que hay bajo los toldos de Sol piden derechos para todo el mundo. Repito, para todo el mundo, no solo para un grupo selecto de personas. ¿Acaso acceder a una vivienda es un privilegio que la mitad de la población no quiere que la otra mitad disfrute? Y si es así, ¿por qué? Fácil. Caló hondo el mensaje aquel de que quien no se esfuerza (sea quién sea ese alguien), poco menos que no tiene derecho a nada. ¿Y quién elige quién se ha esforzado y quién no? ¿Tú, que estás en época escolar y mantenida por tus padres? ¿Acaso sabes lo que supone sentarte en una oficina bancaria para pedir una hipoteca o has probado a pagar un alquiler con tu salario propio? Por supuesto, me refiero a no tener ayuda de tus padres para dar la entrada de un piso o que te echen una mano con la mensualidad al alquilar.

Tú, que si te pongo un mapa con las provincias españolas sin nombre no sabrías localizar ni una sola, tú, que hablas de España como si esta palabra tuviese miles de años, tú, que hasta hace cuatro días Ceuta era aquel lugar donde tus padres o abuelos compraron una radio, tú, que crees que Madrid es el puto ombligo de España, deberías darle una vuelta a tus compañías y a tus ídolos, pero, sobre todo, a tu conocimiento. Te puedo asegurar que ellos están aquí solo por la pasta, la que ganan ahora y la que puedan ganar mañana gracias a los favores que hoy les hacen a los buitres a costa de la vida de los de abajo, entre los que te encuentras, no te hagas ilusiones de clase media o alta.

Creo que este sería el camino correcto. Poner ante el espejo a tantos jóvenes que no saben de lo que hablan, persuadirles de que la culpa no es de una joven hiperformada y con trabajo que sus ratos libres los pasa en una Quechua porque quiere luchar por tus derechos. Describirles qué es y qué supone haber aceptado el capitalismo y el liberalismo que muchos políticos han abrazado, cuáles son sus consecuencias y que han logrado que la culpa de todo la tenga el Gobierno de turno, nunca ellos. A esto se le llama hacer política, algo que no es exclusivo de nuestros representantes legales. Hacer política es criticar con sentido, salir a la calle a defender o pedir derechos para todos, charlar con los amigos, actuar ante una injusticia y no esperar de brazos cruzados a que se resuelva por arte de birlibirloque.

Por eso, una manifestación siempre es política, una acampada siempre es política, un debate siempre es política, no es algo exclusivo de los que habitan las Cortes Generales. Quizá sea ese el gran problema, que pensamos que solo estas personas están destinadas a esa causa noble y no la gente de a pie. Con toda seguridad, lograremos devolver a las cavernas a quienes llevan demasiado tiempo inoculando odio entre nosotros y podremos sentarnos a hablar y debatir con tranquilidad. Venga, que yo mantengo mi esperanza.