Hay una metáfora recurrente de regusto borgiano que habla de infinitos monos sentados frente a infinitas mesas golpeando durante tiempo infinito las teclas de infinitas máquinas de escribir. El corolario de esto es puesto que cualquier alfabeto tiene un número astronómico pero limitado de combinaciones tarde o temprano en el lapso de la eternidad se escribirán todas las obras posibles de la literatura, las existentes y las por hacer, lo exquisito y la purria, del más breve “haiku” a “Guerra y paz”. Y esa imagen simiesca golpea mi cabeza cada vez que un servidor hojea esa especie en extinción llamada periódico, enciende la televisión, o mira internet tras un acontecimiento que sacude a la sociedad por los motivos que fueren. Y el caso de Mari Carmen es paradigmático. Más aún cuando "la red” nos ha regalado un megáfono a cada uno sin gastos de envío para que se exprese, que tal opinión pase los mínimos estándares de rigor es harina de otro costal. Pero así como en una manifa mal organizada si las consignas a amplificar difieren, se solapan, superponen, se adelantan o retrasan y al fin alumbran una cacofonía de la cual el diletante en su paseo vespertino más que sentirse atraído va a ser repelido hacia un bar tranquilo igual sucede con el alud de opiniones por aire, tierra y mar; oriente, occidente meridión y septentrión. Y si escribes le sumas que ya está todo escrito y se convierte en un ejercicio de hastío, redundancia y a veces hasta narcisismo por no decir onanismo. ¿Para qué otro artículo sobre Mari Carmen si lo que yo pienso ya lo plasmó de forma brillante Antonio Muñoz Molina en “EL PAÍS”? ¿Para contribuir a esa “inflación” informativa que llegado a cierto punto más que informa desinforma? Sí fuera un referente como el citado o un periódico que debe marcar su línea editorial es entendible pero un modesto columnista amateur no necesita posicionarse sobre todo a todas horas en todos sitios.
¿Para darme pisto por los buenos sentimientos que albergo? Jesucristo recomendaba practicar la caridad a escondidas así que ese cáliz lo voy a dejar pasar por ahora. Una divisa honra mi hogar: “No seas cansino”. A menos que sea necesario, claro.
Carlos Oya
La chapaObjecion
¿Para qué otro artículo sobre Mari Carmen si lo que yo pienso ya lo plasmó de forma brillante Antonio Muñoz Molina en “EL PAÍS”?