Ya podemos decir que la recolección ha terminado y que, en este final, se confirma que la campaña olivarera ha sido, sencillamente, atípica. A una producción que ya se preveía más ajustada de lo que apuntaba el aforo de la Junta, se ha sumado las consecuencias de un inicio de año marcado por borrascas continuadas, lo que impidió realizar las labores de recolección con normalidad en muchas zonas productoras, perdiéndose parte de la cosecha en muchas explotaciones. La moraleja que nos deja esta campaña es una muy clara: hasta el rabo todo es toro. Y eso nos tendría que servir de enseñanza para superar, de una vez por todas, a esas voces agoreras que juegan con los precios del aceite de oliva. La especulación sigue campando a sus anchas porque la gran mayoría del sector quiere. En lugar de defender un precio justo para el olivarero, prefieren vivir en su zona de confort haciendo caso a esos gurús que, en el fondo, hacen negocio, algo totalmente lícito, pero a costa del esfuerzo del agricultor. Sobre el terreno, la realidad ha sido confirmada por los datos: la producción es muy inferior a la de la pasada campaña, mientras que la comercialización sigue lanzada como un cohete, mostrando su fortaleza y la fidelidad de los consumidores.
El pasado ocurre para enseñarnos a afrontar el futuro. Y en un sector tan oscilante como el olivarero, esa debería ser una máxima. Porque campaña tras campaña se demuestra que las producciones no son tan salvajemente altas como auguraban algunos hace unos años. Y porque el aceite de oliva, más que les pese a otros, sigue siendo la grasa vegetal más sana y saludable que existe. Y precisamente ahí se encuentra una de las claves de futuro del sector. El AOVE procedente de olivar tradicional debe vincular su porvenir a dos conceptos estratégicos: diferenciación vía precio y salud.
Con demasiada frecuencia se cae en la tentación de mirar hacia otros modelos productivos, como si el olivar tradicional fuese un sistema del pasado. Sin embargo, pocas actividades agrarias cuentan con un producto tan extraordinario entre sus manos. Porque su aceite de oliva virgen extra es sinónimo de calidad, autenticidad y salud. Los agricultores de olivar tradicional no deberían estar dispuestos a elaborar un producto low cost, del todo a 1 euro.
Sus cualidades organolépticas lo convierten en un producto único y altamente valorado por los consumidores que, cada vez más, apuestan por el cuidado del cuerpo y la alimentación saludable como parte de su vida cotidiana. Por lo tanto, el sector debe enfocar el camino en la búsqueda de una experiencia gastronómica y un alimento funcional. Para entender el dilema al que se enfrenta el sector, imaginemos por un momento un escenario distópico. Toda la provincia de Jaén, la principal productora de aceite de oliva del mundo, decide sustituir su olivar tradicional por plantaciones superintensivas. A corto plazo, se reducirían costes y aumentaría la mecanización, no hay duda. Pero ese modelo tendría un precio: mayor presión sobre recursos escasos como el agua, una dependencia creciente de la competencia internacional y un coste social para nuestros pueblos. Porque siempre habrá países donde la mano de obra sea más barata que en España mientras que nuestros municipios se van despoblando lentamente por la desaparición de la riqueza, del valor añadido y de los propios agricultores. ¿Eso es lo que queremos? Espero, de todo corazón, que no.