1. Casas, bares, mercerías
Aunque los caseros tiendan a pensar lo contrario, tener una casa para alquilar no es como tener un bar, una mercería o una iglesia: si al parroquiano no le gusta, se busca otro bar, otra mercería, otro templo. Si necesitas alquilar una casa en Madrid, Barcelona, Mallorca o Málaga, tus opciones para elegir son más bien pocas, hasta el punto de que no eliges tú la casa sino que es la casa la que te elige a ti, pues que sea el casero quien te elige como inquilino entre otros muchos aspirantes significa en buena medida eso, que es la casa quien elige.
2. Humillados y ofendidos
Como es sabido, en esas y muchas otras ciudades los arrendadores hacen una selección entre los candidatos que concurren a su convocatoria, como si formaran parte de una nueva estirpe de pedigüeños cuya singularidad es que, sean o no elegidos, siempre pierden porque siempre acaban o bien humillados, o bien ofendidos: humillados si son rechazados y ofendidos si son aceptados, porque pagarán por el alquiler un precio que habría sonrojado al mismísimo Harpagón que imaginó Molière.
3. ¡Es el mercado, amigo!
Debido a circunstancias de todos conocidas pero a las que nadie, ni políticos ni periodistas, prestó la debida atención cuando todavía se estaba a tiempo, en todas esas ciudades con el mercado de vivienda fuertemente tensionado existe hoy un escandaloso y lacerante desequilibrio entre oferta –muy rígida porque el volumen de casas es el que es– y demanda –muy elástica porque no ha dejado ni dejará de crecer–: pocas casas en alquiler (o las suficientes pero muy caras, lo cual viene a ser lo mismo) y mucha gente queriendo alquilarlas porque ni de lejos tiene posibilidad de comprarse una; cuando se da tal descompensación entre oferta y demanda, entre arrendadores y arrendatarios, quien tiene la sartén por el mango siempre acaba imponiendo condiciones abusivas a la otra parte. En esas circunstancias, la ley, incluso si es una buena ley, puede mitigar los atropellos, pero no evitarlos. ¡Es el mercado, amigo!
4. Maldad y poder
Los abusos no se producen porque los caseros sean peores personas que los inquilinos, sino porque son mucho más poderosos: la posesión de un bien escaso los hace poderosos y, salvo que sea un santo, todo aquel que tiene el poder, si bien de entrada suele utilizarlo en su beneficio de forma moderada y razonable, muy pronto, si nadie se lo impide, abusa de él. Los caseros no son especialmente malos, solo son especialmente poderosos.
5. Nosotros, los caseros
¿Y quiénes son los caseros? Me temo, ay, que los caseros somos mucho más nosotros que los fondos buitre, que también, desde luego, pero en mucha menor proporción. En un artículo publicado en El País, el profesor de Economía en la Universidad de Alcalá Daniel Fuentes Castro ha resumido así la estructura del mercado de la vivienda en España. Toma buena nota, desocupado lector: “Cabe clasificar a los hogares en cuatro grandes grupos según su posición residencial y su relación con el mercado de alquiler: 11,5 millones (58,8 % del total) son propietarios de su vivienda principal y no perciben rentas inmobiliarias; 3,3 millones (16,7 %) viven de alquiler a precio de mercado; 2,8 millones (14,5 %) son propietarios de su vivienda principal y además perciben rentas inmobiliarias; y 1,9 millones (10 %) viven en cesión gratuita o pagan un alquiler inferior al de mercado, de los cuales 1,2 millones se encuentran en la primera situación y unos 690.000 en la segunda. Con gran probabilidad –añade Fuentes– muchos de quienes hoy sufren la escasez de vivienda tomarían decisiones similares si estuvieran del otro lado del mercado. El problema de la vivienda —y, por lo tanto, la solución— no está en la edad ni en la moralidad ni en el simple respeto a la ley, sino en las reglas y los incentivos de mercado que condicionan las decisiones individuales”.
6. Rentabilidad disparada
También el catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla, Luis Ángel Hierro, ha reflexionado con solvencia sobre la cuestión. Recuerda Hierro que “existe un fenómeno mundial que ha hecho crecer el precio de la vivienda en todo el mundo, se llama Airbnb, el ‘alquiler hotelero’. Con el desarrollo de las plataformas de alquiler turístico la rentabilidad de la vivienda se ha disparado, incluida la del alquiler residencial que se ve arrastrado, y ha convertido la vivienda en un atractivo activo para los inversores, especialmente para los fondos especulativos que además compran al contado y sin hipotecas”. Opina el ilustre profesor sevillano que “a corto plazo esto no va de construir, esto va de reducir drásticamente la rentabilidad de la vivienda”, ya sea “prohibiendo la propiedad de la vivienda a las personas jurídicas”, que es la vía más efectiva y permanente, y de hecho así se contempla en el principales de los dos decretos ley que hoy vota el Congreso, ya sea contrayendo el alquiler hotelero por la vía de prohibirlo, profesionalizarlo, gravarlo con impuestos especiales…
7. Malditos cabronazos
La perspectiva de ganar mucho dinero con una propiedad con la que ahora ganas poco te vuelve codicioso, y no lentamente sino casi de un día para otro. Debe ser casi imposible encontrar un casero que, pudiendo ofertar su propiedad como piso turístico porque así se lo permite el ayuntamiento o la autonomía, eche mano de su arsenal ético y decida suscribir un contrato de cinco años que le rentará muchísimo menos que alquilarlo por días. Las plataformas que han posibilitado y leyes que han permitido que la rentabilidad del alquiler turístico sea muchísimo mayor que la del alquiler residencial de toda la vida incentivan, obviamente, esa codicia que es consustancial al corazón del hombre, sobre todo si es propietario. La configuración jurídica y económica del mercado fomenta su codicia, pero no necesariamente maldad: en verdad, lo que haría de él un maldito cabronazo sería multiplicar abusivamente el alquiler que le viene pagando la anciana arrendataria desde hace décadas para así poder desahuciarla y satisfacer su avaricia. El problema de la vivienda no tiene que ver con las malas personas sino con las malas políticas y con las leyes deficientes. De hecho, incluso con buenas leyes el riesgo de abuso siempre existe, pues hasta en la mejor ley es capaz el Gran Dinero de detectar gateras por las que colarse para amedrentar a esos inquilinos que son un estorbo para que sus poseedores puedan cumplir su destino de insaciables Harpagones.
8. La teoría olvidada
La teoría está explicada desde hace décadas, pero la izquierda guay parece haberla olvidado. Uno de los economistas que mejor lo explicó fue el liberal John Kenneth Galbraith, a quien por su supuesto Donald Trump y el movimiento MAGA hoy calificarían de peligroso comunista. Galbraith dejó escrito que “el capitalismo en ningún lugar proporciona por sí mismo una vivienda adecuada y asequible a los ciudadanos de bajos ingresos”, concreción de su idea más general de que “el sector privado falla en determinados servicios, entre ellos la vivienda de coste moderado, la sanidad y el transporte urbano”. Las sociedades europeas han dado respuesta política a la subvención de la sanidad y el transporte urbano, pero no a la de la vivienda.