Las abejas de la Sierra de Cazorla: centinelas del medio ambiente
La sierra jiennense tiene registradas 410 especies de abejas silvestres y ha aportado a la ciencia cuatro nuevas identificadas por primera vez en su territorio
Foto: Carlos Herrera Maliani
Las abejas de la Sierra de Cazorla: centinelas del medio ambiente.
Las flores las alimentan y cobijan, garantizan su fecundidad y la maduración de sus larvas. Ellas, las abejas, son cruciales para la reproducción vegetal y el equilibrio ecológico. La Sierra de Cazorla alberga 410 especies de abejas silvestres (Hymenoptera, Apoidea), pertenecientes a 46 géneros diferentes y responsables de la polinización de cerca de 300 especies de plantas, incluyendo algunas de las más raras o amenazadas, como los alfilerillos de Cazorla (Erodium cazorlanum) o el narciso de Cazorla (Narcissus longispathus). Su contribución a la biodiversidad del Parque Natural Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas (Jaén) es, por tanto, decisiva.
Este enclave de más de 209.000 hectáreas, gestionado por la Consejería de Sostenibilidad y Medio Ambiente, fue declarado Reserva de la Biosfera por la Unesco en 1983 y es una de las áreas protegidas más extensas de la península ibérica.
También es, hasta la fecha, el espacio natural protegido español con más diversidad registrada de abejas silvestres. La población de abejas en la Sierra de Cazorla ha sido objeto de exhaustivos estudios científicos durante los últimos 30 años, principalmente por investigadores de la Estación Biológica de Doñana (EBD)-CSIC. En la zona están representadas prácticamente dos terceras partes de las especies distribuidas por Andalucía y alrededor de un tercio de las de la península ibérica. La aportación no es solo cuantitativa: Cazorla ha incorporado a la ciencia, además, cuatro nuevas especies de abejas, gracias a las labores de observación e identificación desarrolladas en su espacio.
La gran variedad existente en Cazorla reviste una especial significación en el momento actual. “Los insectos polinizadores, particularmente las abejas silvestres, están disminuyendo dramáticamente en todo el mundo; esto es un asunto grave por el impacto que supone para la reproducción vegetal, incluyendo la de muchas especies que nos aportan alimentos”, valora el investigador Carlos Herrera Maliani, prestigioso científico de la EBD-CSIC, con una trayectoria de más de 40 años en el estudio de las relaciones entre plantas y animales, Doctor Honoris Causa por la Universidad de Jaén y uno de los investigadores en ecología más citados a nivel internacional.
“Los andaluces tenemos motivos para estar orgullosos de que nuestros espacios naturales protegidos sean un refugio de biodiversidad para las abejas silvestres a nivel español y europeo”, subraya Herrera Maliani, que reitera cómo este espacio natural jiennense es “el más importante en este papel, albergando un tercio de todas las especies españolas de abejas silvestres”.

Al relieve y la rica flora del Parque Natural Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas se debe esta relevante presencia de apifauna. La compleja orografía del terreno ofrece a las abejas silvestres múltiples hábitats favorables, como los bosques de ribera, suelos dolomíticos arenosos o rocosos, pastizales y prados, zonas de montaña con matorral, zonas forestales con presencia de madera muerta y caminos de tierra suelta, acantilados y zonas abruptas con paredes verticales.
Especialización
Respecto a la flora, la Sierra de Cazorla alberga el 28% de las especies que crecen en la península ibérica y el 57% de las de Andalucía. Esto ofrece un variado abanico de opciones para los insectos: existen abejas generalistas o polilécticas, esto es, aquellas que polinizan flores de diferentes géneros o incluso distintas familias de plantas, mientras que otras solo se inclinan por una o unas pocas especies (conocidas técnicamente como monolécticas u oligolécticas, respectivamente).
Entre estas últimas, una de las abejas descritas recientemente para la ciencia, Hoplitis sulayr, es un ejemplo extraordinario de especialización, ya que únicamente visita flores de Onosma tricerosperma (planta comúnmente conocida como ojo de lobo). La ecuación es sencilla: a mayor diversidad de flora, cabe esperar una mayor diversidad de abejas.
La simbiosis entre abejas y plantas ofrece un panorama rico y diverso. Casos como el de la pequeña abeja Andrena bicolor, que —durante los fríos días de marzo— busca temperaturas más suaves en el interior de las flores de Narcissus longispathus, narciso endémico de las sierras subbéticas que nace en los bordes de ríos y fuentes; o el de la abeja Andrena baetica, con preferencia por los granos de polen de la planta bulbosa conocida como estrella de Belén (Ornithogalum umbellatum), que visita de forma frecuente en el mes de mayo, coincidiendo con su plena floración.
Es destacada la estrecha relación recíproca que, a menudo, se establece entre especies de abejas y plantas, como sucede a la Anthophora fulvodimidiata, cuyas hembras solo recolectan polen de los cardos del género Carlina, de floración en pleno verano, o la del eléboro (Helleborus foetidus), en pleno invierno, a cuyas flores acuden pese al frío varias especies de abejorros (Bombus terrestris y Bombus pratorum) para recolectar polen y néctar, casi el único recurso disponible que llevar a sus nidos en ese momento.
Junto al relieve y la variedad vegetal, el estado de conservación de la Sierra de Cazorla es también determinante, dado que los entornos poco perturbados son excelentes refugios para las abejas. Así, el espacio natural jiennense presenta una vegetación estable de extraordinaria diversidad, lejos de factores que suponen una clara amenaza, como el uso de pesticidas, los altos niveles de nitrógeno en el suelo o la pérdida de hábitats.
Los pesticidas y agroquímicos son, en general, una de las primeras causas del declive de las abejas en los territorios muy humanizados con predominio de agricultura intensiva. La gran extensión ‘químicamente limpia’ que ofrece la Sierra de Cazorla es otro factor decisivo que contribuye al mantenimiento de una gran diversidad de abejas silvestres.
Gracias a todo ello, Cazorla continúa manteniendo su población de abejas silvestres de forma estable, con ciertas variaciones, pero menos alterada que otras regiones, cuyos ecosistemas se han visto empobrecidos o modificados en las últimas décadas.


Nuevas incorporaciones
La Sierra de Cazorla ha aportado a la ciencia cuatro nuevas especies de abejas, identificadas por primera vez tras haber sido descritas en su territorio. Tres de ellas pertenecen al género Andrena, el segundo en importancia, en él se inscribe una cuarta parte del total de especies documentadas en Cazorla. También en este sentido la sierra jiennense supera a la proporción existente en otras áreas de la península ibérica.
“Todavía estamos lejos de conocer la verdadera magnitud de esa diversidad”, asegura el investigador Carlos Herrera Maliani. “En los últimos años se han encontrado en ese espacio natural cuatro especies nuevas de abejas para la ciencia, y estimaciones numéricas recientes nos están diciendo que todavía nos queda por descubrir entre el 10 y el 15% de las especies de abejas presentes”, añade.
Las nuevas especies, nombradas según su morfología, localización o recolección, forman parte de un género de gran trascendencia como polinizador. Su presencia ha vuelto a elevar a la literatura científica la rica biodiversidad de la sierra jiennense.
De hecho, una de las especies se ha bautizado como Andrena cazorlae Wood, ‘la Andrena de Cazorla’, en referencia al lugar donde, por primera vez, se ha tenido constancia de su existencia. Las dos restantes son la Andrena officinalis Wood, así denominada por la planta de la que se alimenta, Rosmarinus officinalis, y la Andrena rostro Wood, del latín rostrum (pico u hocico), en referencia a su cabeza alargada y clípeo (placa en la zona frontal inferior de la cabeza).
Como corresponde a su género, se trata de especies esenciales para las plantas entomófilas, aquellas cuya polinización se lleva a cabo a través de insectos. Al presentar piezas bucales de corto tamaño, las abejas Andrena eligen plantas accesibles para la extracción del polen y que suelen florecer a finales del invierno y principios de la primavera.
La cuarta especie descrita de Cazorla, Hoplitis sulayr, es compartida con Sierra Nevada (Granada), donde se encontró a la vez y de forma independiente. Está estrictamente asociada con las flores de Onosma tricerosperma.
Escarabajos, moscas y mariposas
Aunque las abejas sean los polinizadores principales, las plantas de la Sierra de Cazorla son también polinizadas por otros insectos, como escarabajos, moscas o mariposas. Existen especies de floración invernal, como la laureola (Daphne laureola), cuyos únicos polinizadores son pequeños escarabajos de la familia Nitidulidae, con tendencia a alimentarse en parches soleados de estas flores de alta longevidad.
En otros casos, como en el de la popular violeta de Cazorla, el tono rosado-purpúreo de sus flores adorna entre abril y junio algunas paredes de roca blanca en la sierra, pero el largo espolón de sus flores limita el acceso al néctar. Esto no impide a la esfinge colibrí (Macroglossum stellatarum) libar sin problemas gracias a su larga espiritrompa (de alrededor de 28 milímetros) y su habilidad para el vuelo cernido.
También las mariposas son polinizadoras de buena calidad. Aunque depositen pocos granos de polen en cada visita floral, son capaces de volar distancias muy largas, lo que favorece el transporte de polen y el flujo de genes entre plantas poco emparentadas entre sí. Existen numerosos casos de mariposas polinizadoras de flores de este enclave natural.
Uno de los casos más curiosos corresponde a algunas clases de moscas que imitan en su aspecto y comportamiento a las abejas y avispas. Entre ellas, la mosca zángano (Eristalis tenax), cuyo gran tamaño y ruidoso vuelo la asemejan a la abeja de la miel, o la mosca de las flores (Spilomya digitata), imitadora de avispa en todo un proceso de adaptación que le permite escapar de los depredadores y conservar la libertad que garantiza su sustento.