Ciudadano asombrado

Rafael Alarcón Sierra

Desde El Valle hasta la calle Álamos

Un paseo por espacios verdes sin salir de la ciudad

Salgo a la calle. Veo a un mirlo bañarse en un recipiente de agua: se ha metido dentro, se sumerge, sale y se agita. De paso, también aprovecha para beber. Se lo está pasando muy bien, y yo me pongo de buen humor. Momentos como este son regalos que recibo todos los días cuando salgo de paseo, porque lo primero que atravieso es el polígono de El Valle. Nadie diría que es bonito: son bloques de pisos de protección oficial, edificados en los años setenta para una población trabajadora llegada de otras zonas de la ciudad o del medio rural. La construcción de la Universidad a su lado, en los años noventa, debió de modificar en parte su composición social, sin perder por ello su carácter de barrio popular y reivindicativo, que celebra sus fiestas en septiembre.

Lo importante es que en él hay un pequeño paraíso, abierto para todos pero conocido por pocos: las nueve grandes plazas peatonales, llenas de vegetación, que forman recintos rectangulares, resguardados por los edificios que se levantan a sus cuatro lados. Cada una es distinta: todas tienen bancos; algunas, fuentes (que no funcionan) y una gran variedad de árboles: reconozco pinos, cipreses, palmeras, plátanos, olmos, yucas, naranjos, algún cedro y al menos un gran eucalipto. También hay setos de adelfas, aligustres, evónimos, laureles, arbustos cuyo nombre desconozco, algún rosal y mis favoritas con las anteriores: los dompedros o dondiegos de noche, con sus olorosas trompetillas de colores. Cada vez que paso por estos espacios de tranquilidad pienso que esta riqueza difícilmente se encontrará incluso en las mejores urbanizaciones.



Pero lo mejor son sus habitantes: están llenas de gorriones, palomas, tórtolas, mirlos, estorninos, lavanderas, aviones y vencejos. De vez en cuando veo jilgueros, urracas y otras maravillas volantes. Junto a ellos coexiste, en peligrosa relación, una colonia de aristocráticos gatos callejeros, que extienden sus reales por toda la zona, incluida la Universidad, donde son los dueños del sol y de una sabiduría ancestral. Qué misteriosos son los gatos, siempre al acecho, y a veces con su presa. En ocasiones también he visto alguna ardilla, que quizá haya bajado desde el parque del Seminario, donde abundan entre sus pinos carrascos. Los vecinos de El Valle dejan recipientes con abundante agua para el disfrute de estos indispensables habitantes del barrio.

 A mí me gustan mucho los mirlos, sobre todo los machos, negros y brillantes, con su pico naranja, y su forma de desplazarse a saltitos cortos: de repente se detienen, adoptan una postura erguida llena de dignidad, parecen reflexionar sobre alguna cosa importante y, tras su grave pausa, vuelven afanosamente a saltar de esa forma tan cómica. Son una mezcla de pájaro y de Charlot que a algún dios se le ocurrió poner en la tierra un día que estaba de buen humor. No me olvido de las lagartijas ni de las chicharras, que le ponen una estupenda banda sonora al verano. ¡Ni de los gallos que a veces cantan al otro lado del barrio! Es el lujo de tener el pueblo en la ciudad.

En fin, esta es la naturaleza que disfruta el urbanita impenitente que sale a pasear siempre que puede desde El Valle hasta la calle Álamos: buena conjugación de nombres (aunque la segunda no tenga álamos) para recorrer algunos espacios verdes sin salir de Jaén.