Es posible que un día se descubra, en el interior de una cueva desconocida aún para la ciencia, la pintura de un pequeño cromañón que corre tras algo que se parece mucho a una pelota, la misma o muy similar a la que mi nieto de menos de dos años ha empezado a golpear con su pie izquierdo (será zurdo?), retrocediendo unos pasos instintivamente para darle con más fuerza; con esa risa de sí mismo cuando la ve alejarse hasta la otra punta del patio, diminuto actor de un juego que parece integrado en la carga genética de nuestra especie, porque otra cosa no cabe pensar después de semanas de locura colectiva, al borde para muchos de un abismo cardiaco, la completa irracionalidad de los gritos que emanan de los patriotas de un estandarte unificador, esta sociedad lo necesitaba, mañana seguiremos con la historia cotidiana de conflictos políticos y dialécticas que arrasan al contrario, simplemente por pensar de otra forma y defender a quienes ha entregado su porción de soberanía, triste y manoseada desde hace demasiado tiempo por quienes no aceptan la legitimidad del que vive ideológicamente enfrente, pero lo importante y a la vez sanador ahora es reconocerse a sí mismos, como comunidad alegre y festiva, joven y sin distinción generacional, unida en torno a un sueño que se hizo realidad, sonaba a lo imposible al principio, cuando se inició el baile de unos representantes de lo mejor que tenemos, y que podemos ofrecer incluso a unos malos perdedores que se creían intocables, la solidaridad de equipo, la mejor lección para quienes gobiernan un país que, me preocupa de verdad, es muy probable que nadie reconozca en algunos años, si llegan a gobernar, o cogobernar, quienes defienden ya la exclusión de la mayoría, siempre más vulnerable y al límite muchas veces de la penuria, los mismos que han empezado ya a aprobar leyes que imponen la “prioridad”, quieren adjetivarla de “nacional”, pero se equivocan en el uso del calificativo, porque en realidad se trata de la propuesta de una sociedad futura y distópica en la que existan ciudadanos de primera, frente a otros “seres” sin pasaporte para una vida digna, expulsados de la comunidad en la que residen por el eufemismo de eso que llaman “arraigo”, engaña bobos sin duda de los que miran sin ver lo que realmente significa, argamasa de una sociedad partida en calidades de ciudadanos, los verdaderamente nacionales que forman parte de un censo no sólo político y a la antigua, sino social y económico, que los expulsa a la cola, es decir, al extremo o fuera de la protección del Estado y sus agentes, por mor de esa primacía o amenazante prioridad que promueven quienes traicionan, a modo de nuevos fariseos, los valores universales cristianos después de besar las manos de su Papa, aquellos que se han puesto a la Constitución como medallita de primera comunión o chapa exclusiva de unos pocos, sin caer en el flaco favor que le están haciendo para conservar la generosidad de miras y solidaridad que encierran sus preceptos.
Sin embargo hoy sólo quiero recordar la primera patada al balón de ese niño, casi bebé, que se ha erguido al fin sobre dos de sus extremidades, que apenas sabe correr, pero que ha descubierto la esfera de la felicidad en sus pies, la pelota que nos redime a todos de las decepciones vitales y la melancolía inevitable del paso de los años….