Puede que sea sólo por el recuerdo de muchos años de educación en un colegio de curas. O quizás simplemente por la lección de humanidad que dejan en la memoria las primeras lecturas de juventud, escritas por inolvidables generaciones de poetas que reflejaban el alma de lo que hoy somos en este país. Pero hay actitudes y decisiones que resultan insoportables.
Como botón de muestra, esa decisión adoptada por el alcalde en una ciudad de Cataluña, que dejó en la absoluta intemperie, sin abrigo ni lugar donde refugiarse, a un grupo de inmigrantes. Seguramente movido por la vergonzosa intención de quedar bien con su electorado más conservador, ese político de pacotilla ejerció como modelo ejemplar de una falta absoluta de misericordia.
Es así y sin tapujos. El abandono calculado, frío y cruel de esos hombres, mujeres y niños, atentaba al valor más básico y elemental sentimiento que predican y propugnan los evangelios. El principio que debe inspirar siempre la conducta de un buen cristiano, incómodo para los poderosos sin moral, a quienes nunca les preocupa la vida de los más necesitados, ni el derecho a una vida mínimamente digna de los vulnerables, principales destinatarios de la palabra original de quien decía era el representante de Dios en la tierra.
No faltan otros políticos inmisericordes que defienden puertas afuera la tradición y la identidad nacional más rancia, mientras proponen la expulsión de millones de personas de otros países que conviven pacíficamente con nosotros desde hace tiempo; o los que plantean simplemente cañonear pateras y cayucos para que no lleguen a nuestras playas quienes huyen de la intolerancia o la indigencia extremas. Como tampoco se puede calificar como solidaria, según los cánones del catolicismo, esa cínica proposición política que pretende discriminar entre inmigrantes, según el color de su piel, la religión, o la cultura de procedencia.
Desde un firme ateísmo confeso, debo reconocer la huella que pervive todavía de un cristianismo social que algunos escolapios me enseñaron, expresión de una parte de esa Iglesia en la que me bautizaron, comprometida contra la injusticia y la pobreza. La misma enseñanza en favor de la bondad y la humanidad que está desapareciendo hoy en mitad de los bombardeos, la violación del Derecho Internacional, o las decisiones de un alcalde que ha debido retirar todos los espejos de su casa, para no descubrir en ellos la imagen de un pequeño Leviatán sin caridad alguna.