Las películas del Oeste han hecho mucho daño al Derecho Internacional. Aquellas viejas películas donde siempre había buenos y malos; un maniqueísmo simplista y egocéntrico con el que la cultura occidental nos ha ido educando a tantas generaciones, antes de la invasión de las redes sociales.
El argumento de las historias se repetía sin variaciones sustanciales. Los honestos casacas azules, dignos representantes de la auténtica civilización, luchaban contra indios salvajes que no conocían de moral alguna. Un ejército de salvación que practicaba ya, en su propio país, el lema central de la doctrina Monroe: América para los americanos. Obviamente siempre que fueran blancos e intachables defensores de la cristiandad.
La otra versión cinematográfica era igualmente básica y elemental en la transmisión de valores y principios. El valiente cowboy, personificado por el galán de turno, se defendía de los malvados cuatreros a pistoletazo limpio y puños de acero, imponiendo la justicia y la ley, su ley, en una ciudad que carecía hasta entonces de aquella.
En la ciencia política hay un concepto, una expresión (socialización política), que sintetiza perfectamente, y nos permite entender en el presente los comportamientos clásicos de matón de patio de colegio, personificados en el presidente de la mayor potencia mundial; el mismo —algo nada trivial ni inofensivo— que tiene en su mano el “botón rojo” que podría destruir a toda la humanidad.
Podríamos calificar de bravuconada esa permanente amenaza a quien no se pliega a sus designios de ese Señor con piel tostada y de cabello naranja. Aunque el gesto se acerca mucho también a la típica extorsión que aparece con frecuencia en películas de mafiosos. Una fórmula de verdadero malos de película que imita ese otro presidente de un pueblo que sabe mucho de holocaustos, injusticias y expulsiones por el hecho de profesar una religión incómoda para la mayoría. Su actitud nos resulta incomprensible porque desconoce por completo las lecciones de la historia.
El camorrismo institucionalizado en la más antigua de las democracias ha acabado en una operación militar —así la llaman eufemísticamente algunos, por no llamarla guerra a secas— con la que aspira a destruir el régimen de los barbudos fundamentalistas, esos tipos que llevan en el rostro el signo de la crueldad en un gobierno que está dispuesto a fulminar a su propio pueblo, violando de paso eliminar cualquier señal de dignidad en sus mujeres.
Pero el guion de la película no termina aquí. La cámara enfoca por último el patio de butacas donde unos políticos cobardes, y sus secuaces mediáticos, se sientan con una pasividad cómplice a ver cómo ese personaje de película en blanco y negro abusa de su poderío militar. Los serviles y falsos patriotas asisten así, como espectadores silenciosos, a las fechorías de un autócrata desconcertante y caprichoso, cuyo deporte favorito es intentar a toda costa intimidar a los pocos valientes que se atreven, que nos atrevemos, a alzar la voz contra ignominia, la vergüenza y la infamia.