Correcalles

Sonia Jiménez Tirado

El grito de los girasoles

Isabel Rezmo vuelve con El grito de los girasoles, un nuevo trabajo editado por Eris Ediciones S.L

Me encontré hace años con una dama que caminaba en los albores de su mundo poético, portaba, casi siempre, una rosa blanca que depositaba a sus pies justo antes de declamar sus versos. Y entonces abría la boca y emergían de su garganta palabras unidas en un tempo perfecto más allá, incluso, de su propio significado.

Me he detenido innumerables veces entre las páginas de sus libros. Me he quedado, muchas veces más, prendida de sus versos y uno me atravesó de tal manera que jamás he podido sacarlo de mi mente ni de mi corazón.



«Me has dejado todo lo que cabe en un suspiro»

Isabel Rezmo vuelve con El grito de los girasoles, un nuevo trabajo editado por Eris Ediciones S.L, un libro de poemas redondo por su contenido en el que la madurez poética de la autora sale a pasear con elegancia arrolladora. Además, nos regala el conocimiento propio de quien no ha dejado de instruirse. Rezmo es ya una poeta consagrada, un nombre señalado que irá siempre unido a la historia literaria de nuestra tierra.

Y yo, esta Correcalles, que he leído a Isabel durante tantos años, desde los primeros ecos de su voz poética, la reconozco serena, asentada sobre unos cimientos sólidos sobre los que ha edificado su estructura de poeta.

La he leído en el duelo, en los ambages del desconsuelo. La he leído férrea, luchadora, reivindicadora, en guerra. La he leído herida, saboteada, rota y la he leído, también, triunfante y segura de sí misma.

«Yo no soy nada / Ni antes, ni ahora / Ni mañana / Era aire”.

El grito de los girasoles es un canto de sabiduría. Rezmo destila su conocimiento sobre los diferentes estados del ser humano y camina hacia territorios donde la palabra poética deja de ser ornamento para convertirse en refugio. Nos habla del dolor, del amor y de la ausencia. Pero, sobre todo, habla de la conciencia de uno mismo y del otro.

«Amemos / Es un deber / Ya no es solo necesidad».

Encuentro en este libro una mirada que no se conforma con contemplar. Se cuestiona, hurga, se enfrenta a las sombras y busca la luz incluso cuando parece haberse extinguido. Los girasoles de Isabel no son únicamente flores que buscan el sol; son seres que gritan, que se levantan y persisten.

La voz de Rezmo puede ser un trueno, un aguacero incesante en mitad de un día de enero, pero también puede ser una dársena: un lugar donde anclarse después de la tormenta, sabiendo que es imposible detener el movimiento de las aguas. Es también un lugar desde el que vivir contemplando la belleza que encierra, en sí misma, la vida.

Isabel escribe desde la experiencia, pero no se queda encerrada en ella, sino que la transforma en materia poética.

Vuelvo a sus páginas y encuentro de nuevo a aquella dama de la rosa blanca. La misma y, sin embargo, otra. Más sabia, más profunda, más dueña de su palabra.

Háganse un favor y léanla.