Detrás de la columna

Juan Manuel Arévalo Badía

Vida de perros

Los primeros caseros de La Veleta habitan ya la nebulosa de mi memoria: Se llamaban Ángeles y Modesto

Los primeros caseros de La Veleta  habitan ya la nebulosa de  mi memoria: Se llamaban Ángeles y Modesto.

Recuerdo la puerta de la casería flanqueada por dos poyetes de cemento. Era un asiento generoso donde se podía demorar la tarde, al amparo del frescor sombreado dela parra que cubría la lonja entera y se extendía hasta una alberca alimentada por hijuelas de un viejo aliviadero de turbios aceiteros, que fuera de temporada era caja de caudales acuosa donde iba a morir el derrame permanente del pilar del pueblo



Aquellos poyetes servían para todo: para la siesta corta, para alargar la charla y hasta como antesala del sueño nocturno. Fue allí donde, una noche, a Modesto hijo le pico una escolopendra y pasó varios días con fiebre.

La siguiente época de mi calendario la ocupan Antonio e Isabel. Es entonces cuando aparece nítido en la memoria aquel chucho desgarbado, de pelo color azafrán tostado, que respondía al nombre de Ligero. Del cuello le colgaba un tanganillo de madera, un artilugio rústico para impedir que saciara su hambre con los conejos de la finca, reservados para la mesa de los caseros y su prole.

Ahora, al recordarlo, Ligero me lleva a Golfo, el vagabundo de la película de Disney La Dama y el Vagabundo. Tenía la nobleza del mestizaje, la mansedumbre del que todo lo perdona. Tanto, que  mi hermana, aún muy pequeña, podía meterle el bracito entero en la boca, y se limitaba a babear, paciente, aceptando el juego torpe del cachorro humano.

Nunca supe que fue de Ligero. Despareció sin ruido, como cambian las estaciones. Y con esa misma naturalidad, llegó Paloma.

Paloma era delgada, como los galgos, tan flaca que se le contaban las costillas, como si su cuerpo fuera una protesta silenciosa por el hambre atrasada. Era tuerta, veía la vida a medias. De pelaje corto y blanco, moteada como aquellas vacas de los anuncios del chocolate suizo. Huidiza, con el rabo siempre encogido entre las piernas, traía en el cuerpo la memoria del maltrato, quizá de haber sido descartada de alguna reala de caza.

Antonio me decía que era una cazadora valiente, que no dudaba en colarse en las covachas donde se refugiaban los conejos. En una de esas entradas no encontró, salida.  Al  menos, de Paloma si supe por qué no volvió.

El cierre de aquella era de veranos agrarios, largos y lejanos, lo puso la tercera de la triada, muy parecida a Ligero. Era la Pichina. El nombre le venía de “picho”, aquel grito severo y corrector con el que se llamaba al can que guardaba la finca.  Era alegre y cariñosa, de trote garboso, y su compañía era una fiesta en los paseos por el campo. Cuando dejamos la casería para asentarnos en otra casa cercana, la Pichina venía casi a diario a vernos, a hacernos compañía a entendérselas con un garabito rabicorto que para entonces ya se había unido a nuestro clan familiar.

Todo aquel tiempo me dejo una devoción honda y definitiva por estos animales, que me ha sido devuelta por ellos, ya más cerca por Guti y actualmente Lucas y Coco.  Ciertamente, cada uno tiene espacios reservados preferentes para estos curadores de silencios, de instantes perfectos. Una vida de perros es una vida afortunada.