La tirilla

Santiago Donaire

Esto va de nosotros

A quienes concentran el poder económico les resulta más cómodo que los trabajadores se enfrenten entre sí a que se unan para defender sus derechos

Nos quieren mirando hacia los lados para que no miremos hacia arriba, donde otros siguen contando nuestros billetes. Cuando se acercan unas elecciones se pone en marcha la misma maquinaria: identidades, reproches y trincheras. Parece que lo importante es elegir camiseta y señalar, al contrario. Mientras tanto, quienes tienen el poder económico siguen defendiendo sus intereses.

La política no es solo lo que se discute en los platós o en las redes sociales. También es lo que ocurre al cerrar la puerta de casa: que el alquiler se lleva buena parte del sueldo, que comprar una vivienda parece un lujo, que nuestros barrios se transforman para hacer negocio y que tener trabajo ya no garantiza vivir con dignidad.



En unas elecciones nos jugamos qué hacemos con lo que construimos y sostenemos entre todos. Si queremos una sanidad pública que atienda sin mirar nuestra cuenta corriente, una educación que ofrezca oportunidades y pensiones dignas. Si cuidamos a nuestros mayores o dejamos que la capacidad económica determine quién recibe atención y quién tiene que esperar. Debilitar la sanidad pública mientras se abren oportunidades de negocio para la privada, o rebajar los impuestos a quienes más tienen y después alegar falta de recursos, no es una fatalidad económica: es una decisión política con beneficiarios y perjudicados.

También nos jugamos salarios dignos, derechos laborales y ayudas para quienes las necesitan. Y que las personas inmigrantes que viven y trabajan aquí puedan regularizar su situación, cotizar y contribuir con derechos y obligaciones. Mantenerlas en la irregularidad solo las deja a merced de quienes se aprovechan de su vulnerabilidad.

Nos jugamos una sociedad con igualdad entre mujeres y hombres, que no niegue la violencia machista y en la que el origen o las creencias no determinen las oportunidades. Y nos jugamos el futuro del planeta y de nuestras ciudades: combatir el cambio climático y proteger el medio ambiente no son caprichos, sino responsabilidades inaplazables.

Sin embargo, nos quieren hablando de enemigos, banderas y agravios. Nos empujan a desconfiar del vecino por su origen, sus ideas o su forma de vivir. Mientras nos enfrentamos entre nosotros, dejamos de mirar dónde se decide quién acumula riqueza, quién obtiene privilegios y quién paga las consecuencias.

No es casualidad. A quienes concentran el poder económico les resulta más cómodo que los trabajadores se enfrenten entre sí a que se unan para defender sus derechos. Que culpemos al inmigrante o al vecino antes que preguntarnos por qué nuestro trabajo vale cada vez menos y nuestra vida cuesta cada vez más. Cuando los de abajo se pelean, los de arriba no necesitan dar explicaciones.

Dejemos de jugar a ese juego. Esto no va de camisetas, siglas ni bandos. Va de quién acumula la riqueza y quién la produce; de la mayoría que sostiene este país frente a una minoría que concentra una parte desproporcionada de sus recursos y privilegios.

Esto va de nosotros. Del 99 %.

Salud.