Nos quieren mirando hacia los lados para que no miremos hacia arriba, donde otros siguen contando nuestros billetes. Cuando se acercan unas elecciones se pone en marcha la misma maquinaria: identidades, reproches y trincheras. Parece que lo importante es elegir camiseta y señalar, al contrario. Mientras tanto, quienes tienen el poder económico siguen defendiendo sus intereses.
La política no es solo lo que se discute en los platós o en las redes sociales. También es lo que ocurre al cerrar la puerta de casa: que el alquiler se lleva buena parte del sueldo, que comprar una vivienda parece un lujo, que nuestros barrios se transforman para hacer negocio y que tener trabajo ya no garantiza vivir con dignidad.
En unas elecciones nos jugamos qué hacemos con lo que construimos y sostenemos entre todos. Si queremos una sanidad pública que atienda sin mirar nuestra cuenta corriente, una educación que ofrezca oportunidades y pensiones dignas. Si cuidamos a nuestros mayores o dejamos que la capacidad económica determine quién recibe atención y quién tiene que esperar. Debilitar la sanidad pública mientras se abren oportunidades de negocio para la privada, o rebajar los impuestos a quienes más tienen y después alegar falta de recursos, no es una fatalidad económica: es una decisión política con beneficiarios y perjudicados.
También nos jugamos salarios dignos, derechos laborales y ayudas para quienes las necesitan. Y que las personas inmigrantes que viven y trabajan aquí puedan regularizar su situación, cotizar y contribuir con derechos y obligaciones. Mantenerlas en la irregularidad solo las deja a merced de quienes se aprovechan de su vulnerabilidad.
Nos jugamos una sociedad con igualdad entre mujeres y hombres, que no niegue la violencia machista y en la que el origen o las creencias no determinen las oportunidades. Y nos jugamos el futuro del planeta y de nuestras ciudades: combatir el cambio climático y proteger el medio ambiente no son caprichos, sino responsabilidades inaplazables.
Sin embargo, nos quieren hablando de enemigos, banderas y agravios. Nos empujan a desconfiar del vecino por su origen, sus ideas o su forma de vivir. Mientras nos enfrentamos entre nosotros, dejamos de mirar dónde se decide quién acumula riqueza, quién obtiene privilegios y quién paga las consecuencias.
No es casualidad. A quienes concentran el poder económico les resulta más cómodo que los trabajadores se enfrenten entre sí a que se unan para defender sus derechos. Que culpemos al inmigrante o al vecino antes que preguntarnos por qué nuestro trabajo vale cada vez menos y nuestra vida cuesta cada vez más. Cuando los de abajo se pelean, los de arriba no necesitan dar explicaciones.
Dejemos de jugar a ese juego. Esto no va de camisetas, siglas ni bandos. Va de quién acumula la riqueza y quién la produce; de la mayoría que sostiene este país frente a una minoría que concentra una parte desproporcionada de sus recursos y privilegios.
Esto va de nosotros. Del 99 %.
Salud.