Mediodía en la provincia de Jaén

Marián Adán

Almax, por favor

La opinión de Marián Adán


Reconozco, no sin cierta vergüenza democrática, que durante buena parte de mi vida he ejercido mi derecho al voto con una encomiable economía de esfuerzo intelectual: me bastaba con reconocer el logotipo del partido. Las caras, los nombres y los apellidos de quienes integraban las candidaturas electorales eran un detalle secundario, casi un atrezo prescindible en aquella ceremonia periódica de la democracia. Al fin y al cabo, ¿para qué conocer al soldado que va a la guerra si ya tengo identificada la bandera bajo la que combate?



Pero una, con los años, aprende. Y en Jaén hay rostros con mucha cara; caras que, además, salen especialmente caras. Porque si malo es repetir en el cargo para seguir cotizando, peor es provocar ardor de estómago cada vez que una se dispone a leer las candidaturas al Parlamento, al Congreso o al Senado. Hay nombres que piden Almax a gritos, encabezamientos convertidos en muletillas que parecen el pago de viejos débitos, modas vintage para no soliviantar a nadie, y costumbres vetustas que se perpetúan como si el tiempo no pasara para quienes han hecho de la política su particular "Marina D'or".

Utilizar el Parlamento como retiro, el Congreso como compensación por los servicios prestados o el Senado como resort de asueto para una jubilación plácida, se ha vuelto tan habitual que ya no sorprende: produce ardor de estómago. Bajo el noble pretexto de procurar una salida digna, se disfraza a menudo el despropósito de garantizar un retiro dorado, con mucho lirili y poco lerele. Aquí, quien vale para un roto debe de valer también para un descosido, un pespunte y, si hace falta, para remendar la carteles añosos.

Las carreras políticas parecen haberse convertido en un concurso de sillas musicales en el que siempre suena la misma canción y, curiosamente, nunca se queda nadie sin asiento. Y así, a la escasa ilusión que despierta votar a "Juana o a su hermana", se suma el desalentador espectáculo de comprobar que los de siempre siguen en los mismos sitios de siempre, o cambian de sillón con una agilidad digna de acróbata circense. Una termina sospechando que las listas electorales no se confeccionan para elegir representantes, sino para organizar una mudanza: cambian los despachos, se recolocan los nombres y aquí paz y después "al Senado".