Aurea mediocritas

Nacho García

Otrovertido

La vastedad del mundo me arrastrará, sucumbiré a cada instante bajo el influjo de los medios de inflamación nacional e intoxicación internacional

Excepcional verano tórrido que se está prolongando hasta octubre. Los días, las horas, los minutos, los segundos se han ido derritiendo, se han evaporado. La estructura espaciotemporal parece haberse dilatado, la realidad se ha tornado adimensional o multidimensional, la teoría de cuerdas cobra sentido. La ventana de Overton sigue abriéndose de par en par a lo impensable por radical, a lo inaceptable por extremista. Los postigos ya no impiden esos sesgos cognitivos erróneos que provocan agravios e injusticias. La incultura y la ignorancia se cuelan por cualquier rendija, el fanatismo del “ni lo sé, ni me importa” agrieta los cimientos como la hiedra.

¿Por qué esta reflexión?



Con la edad, uno intenta ser equidistante y sopesar las distancias, alejándose de los extremos. Pero equidistante es un adjetivo neutro, una palabra bastante matemática, aséptica; de hecho, la equidistancia es imposible. Con la experiencia, uno se percata de que siempre está a medio camino de ninguna parte, lejos de la virtud y del equilibrio, lo siento Aristóteles. Últimamente, más que equidistante, me considero (lo siento Jung) “otrovertido”, término que acuñó el psiquiatra Rami Kaminski, para definir a personas sociables capaces de comprometerse, pero sin necesidad de pertenencia a grupos o de definir su identidad a través de ellos; personas con vínculos profundos que prefieren la autenticidad a la conformidad. 

¿Por qué esta justificación? 

Porque por ahora, mi opinión no contará, mi voto no será de nadie. Por ahora el silencio será mi opción, aunque resulte ominoso, casi opresivo. Me limitaré a escuchar, observar y callar en esta época de descrédito y vacío. Por ahora no quiero ser etiquetado, aunque ya esté más que encasillado. En esta ocasión, esta es mi respuesta y mi reacción, indignado y asqueado de antemano ante las inminentes y sucias precampañas y campañas electorales: política y sindical (en educación). 

Me costará trabajo no posicionarme como antaño (ya lo hice en Ni hotros ni hunos o Zōon politikón), ya me gustaría haber sido estoico o budista, aunque nunca alcanzaré esa paz, esa armonía o esa tranquilidad que pretendo y anhelo. La vastedad del mundo me arrastrará, sucumbiré a cada instante bajo el influjo de los medios de inflamación nacional e intoxicación internacional. Ya advertía Gabriel Celaya que no era posible desentenderse ni evadirse; que había que tomar partido hasta mancharse. 

En el fondo, me siento como aquel solitario disidente de Unión Popular de “La vida de Brian”, el cual contemplaba el esperpéntico espectáculo del circo romano, apartado de los partidarios del Frente Popular de Judea que lo ignoraban e insultaban. Todavía me hace gracia aquella sátira de los Monty Python sobre el odio supremo a los romanos, sólo superado por un absurdo aún mayor: el enfrentamiento a muerte entre las facciones de la resistencia: el Frente Popular de Judea, el Frente Judaico Popular y el Frente Popular del Pueblo Judío. La escena era surrealista e inverosímil, pero vemos cómo hoy aquella ficción ha superado a esta dantesca realidad. 

Lo dicho, intentaré obviar el continuo elogio de la mentira y esquivar la epidemia de charlatanería. Haré oídos sordos a los hipnóticos cantos de sirena cuyas ponzoñosas promesas harán encallar y morir a tantas personas ilusas e incautas. Me cuidaré de los lobos con piel de cordero y me aislaré tarareando, a modo de mantra, aquel “Always look on the bright side of life”. Les invito a silbar la melodía cuando escuchen sandeces.