Aurea mediocritas

Nacho García

Asimetría

Las Humanidades ya no explican lo humano ni remedian lo inhumano

En este mundo caótico, sólo cabe una pregunta: ¿en qué momento un ser humano se cree superior a otro ser humano, es decir, en qué momento alguien cree que es mejor que otra persona o que tiene más derechos? Sapiens sapiens, lo que se dice sapiens, parece que no somos, ni siquiera habilis, sino más bien meros australopithecus, con lo justo para caminar erguidos y pasar el día, esclavos de nuestros instintos más primarios.

Nos estamos convirtiendo en esos fantoches animalescos de Valle-Inclán o aquellos Saturnos devoradores de Goya, monstruos sanguinarios y vengativos, ignorantes y caníbales, atormentados por miedos y vicios ocultos tras la agresividad. Lejos queda la historia, enterrada bajo esa piedra en la que tropezamos una y otra vez, sin aprender. Lejos queda la filosofía, que no resuelve ese "acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma", del que hablaba Churchill. Lejos queda la palabra, silenciada por hipérboles y exabruptos, impotente para expresar tanto dolor y sufrimiento. Cada vez hay más personas desposeídas y desvalidas o, como dicen los modernos, outsiders y underdogs, gente al margen, gente sin futuro, víctimas de la prisa y el desasosiego.



Las Humanidades ya no explican lo humano ni remedian lo inhumano. La Ciencia, de la cual dependemos para vivir, como advertía Carl Sagan, no tiene nada que hacer frente al gobierno de la Ignorancia, que ha construído “sociedades manipulables y democracias de cartón piedra” que están intentando derrocar mediante la violencia ciertas autocracias y teocracias, pavorosamente represoras y violentas a su vez con disidentes (China, Rusia y Corea no, claro). O sea, que ciertas “democracias” liberales se arrogan con la potestad de derrocar regímenes violentos con una violencia extrema, masacrando pueblos y esquilmando sus recursos. Muy razonable (nótese el sarcasmo).

Tampoco explican nada las religiones, ni siquiera consuelan. En medio de la Cuaresma y el Ramadán, sendos periodos de sacrificio y oración para purificar el alma y acercarse a sus respectivos dioses, nadie respeta nada. No sé qué pensarían Zoroastro, Jesús o Mahoma. Supongo que predicarían la paz y la concordia y probablemente reorientarían sus mensajes de amor y piedad, tan tergiversados y manipulados. La exégesis de los Gathas, de la Biblia y del Corán se ha desviado de su significado y sus pretensiones originales, con una interpretación torticera centrada en el odio y el repudio, muy alejada de la verdad y de la misericordia. Ojalá surgieran otro Gandhi u otra Teresa de Calcuta, incluso otro Papa Francisco, seres de luz pendientes de los desharrapados.

No tenemos remedio. Bienvenidos a la era del “Homo Insapiens”, del “Homo Ignorantis” o del “Homo Manipulabilis”, tres nomenclaturas propuestas para definir a la nueva especie. Realmente son pseudónimos que ocultan al nuevo engendro que se está gestando: el “Homo Economicus”, heredero del “homo homini lupus”, aquel depredador hobbesiano, un ente irracional, meramente instintivo, que actúa solamente para maximizar su beneficio, pisoteando a los demás sin escrúpulos. Desprovisto de principios éticos y sin conciencia moral, este ser aberrante prioriza su ganancia y el poder sobre el bienestar común, la justicia o los derechos humanos. El “Homo Economicus” es deshonesto, corrupto y competitivo, puro ego tecnológico y artificial, pero sin inteligencia.

Una amiga activista, durante la manifestación del 8-M, sugería cambiar ese epiceno “homo”, cada vez menos neutro y más “vir”, por “mulier” como genérico, porque quizás una visión femenina y feminista (igualitaria, no matriarcal) podría solucionar algo, ya que aportaría cierto equilibrio entre lo científico, lo humano y lo religioso, así como una perspectiva más enriquecedora e integradora. Afirmaba que la testosterona de algunos mandatarios (Hitler, Mussolini, Kim Jong-un, Jameneí, Netanyahu, Putin o Trump, entre otros) ya había provocado bastantes problemas en los últimos cien años. Razón no le faltaba.

Sea como fuere, por lo que realmente habría que abogar es por la sensatez y el consenso, así como apelar a la sensibilidad de muchas personas inteligentes y la sabiduría de unas pocas. Entre todos y todas, habría que buscar, como proponía André Malraux, “la región esencial del alma, donde el mal absoluto se enfrente con la fraternidad”.