El otro día, mientras realizaba uno de esos anodinos cursos de teleformación, nuevos trampantojos de autoengaño virtual, aprendí, gracias a Gemini, que “los softboxes deben colocarse idealmente con una inclinación de 45° del sujeto para lograr una iluminación uniforme”, fíjate tú qué cosas. Esta evanescente información deparó un hallazgo maravilloso, lo mejor de un curso que no me sirvió para nada, excepto para aprender que dicha inclinación se conoce como “iluminación Rembrandt”, concepto que casi me provoca el síndrome de Stendhal por su belleza, pues define una técnica que crea sombras naturales que dan profundidad al rostro sin sobreexponerlo.
En este mundo de rostros expuestos a sombras profundas aún existen otras miradas que iluminan, que instan a la reflexión e invitan a soñar, mediante revelaciones originales. Unas veces, son ocurrencias verbales como eticalidad, ecolosofía, basuraleza o consumópolis, procedentes de distintos ámbitos, que mezclan ideas y suscitan curiosas metáforas. Otras veces, son imágenes, memes o reels, esos pequeños flashes de pensamiento o sentimiento que invitan a reír a través del humor, a indignarse con el rumor o llorar por el dolor. La clave reside en observar meticulosamente y percatarse de los detalles, no limitarse a ver sin fijarse, a “vivir sin estar viviendo” (como advirtió Cernuda), a consumir hasta consumirse.
En general, vivimos abrumados por la prisa y la productividad, todo se torna apremiante hasta provocar agobio y ansiedad, que derivan en un agotamiento físico y mental continuo. La mayoría no se para a respirar ni a reflexionar lo más mínimo, se limita a ejecutar múltiples tareas de manera simultánea, abarcando sin apretar, navegando en la superficie. Cada vez es más extraño encontrar a alguien que persevere hasta la extenuación, que no ceje en su empeño ante cualquier inconveniente o dificultad. Todo es ya y ahora, inmediato. Cualquier tontería se vuelve un mundo y, paradójicamente, lo importante se torna nimio y pasa desapercibido.
Pese a esto, como decía, no es raro encontrarse con quienes miran de otra manera, quienes sugieren e inspiran de verdad. No me refiero a esos gurús marisabidillos ni a esos pedantes mercachifles metomentodo, con sus preocupaciones prosaicas, cháchara vacía. Tampoco me refiero a esos genios inalcanzables, cuya creatividad artística o capacidad de invención han cambiado la forma de percibir la realidad, incluso la realidad misma. Me refiero a esas personas que se complican la vida para facilitársela a los demás, que trabajan duro (ese ganbaru japonés de moda) y se implican en los problemas que les atañen, que se mojan y se enfangan a cambio de poco o nada. Una inmensa minoría que mira de otra manera e invita a mirar diferente.
Un caso curioso podría ser el de Bruce Springsteen. ¿Por qué? Casualmente, el otro día, un alumno de 2º de ESO me preguntaba si había escuchado la canción “Streets of Minneapolis”, que denuncia los abusos del ICE. No la había escuchado, pero sí le dije que en su día escuché hasta la saciedad la icónica “Streets of Philadelphia”, que abordaba el tema del SIDA. Treinta años median entre ambas canciones que unen en la protesta a varias generaciones e invitan a no mirar hacia otro lado. En un entorno más cercano, sólo hay que fijarse en los múltiples murales que alumbran distintos rincones de Jaén, así como ciertos graffitis que decoran algunas poblaciones de la provincia. Ciudadanos de luz concienciados o artistas como Belin transforman los sitios de siempre en lugares distintos, como ya hiciera en su día Luis Berges con los Baños Árabes.
Como ven, en el fondo se trata de contemplar con otra perspectiva, de escuchar atentamente más allá del ruido. Quizás simplemente se trate de buscar la esencia, de indagar en lo verdadero, de dejarse arrastrar por la belleza; o, de forma más compleja, de luchar contra esa globalización de la indiferencia y la crueldad, producto del “ultraliberalismo individualista” y el “hedonismo consumista”, que denunciaba hace un tiempo Jorge Bergoglio, el loco de Dios del que habla Javier Cercas. Ser, frente a tener o hacer. No tienen que acontecer tragedias ni catástrofes para que nos enfoquemos y el alma se conmueva. Les aconsejo, por último, que lean la carta de despedida póstuma del periodista Carlos Hernández, una última mirada. Al final, ha quedado un artículo claroscuro, como la pintura de Rembrandt.