Un veterano profesor de Filología aconsejaba a sus alumnos que debían ser “como enanos a hombros de gigantes”. Sus alumnos, atónitos, pensaban que aquellas palabras contenían el mensaje críptico iniciático de alguna logia. Pero no, esta frase, atribuida por Juan de Salisbury al filósofo del s. XII Bernardo de Chartres, aunque popularizada por Isaac Newton, es una hermosa metáfora sobre la humildad intelectual y el respeto que cualquier persona erudita, o que pretenda serlo, ha de profesar al saber y al conocimiento precedentes.
Aquel profesor impartía su asignatura con unos apuntes con la terminología en inglés porque aún no había bibliografía en lengua española. Aún recuerdo su entusiasmo a la hora de transmitir lo que se sabía de la materia y su humildad al reconocer que no podía enseñarnos más porque no se sabía más (aún no existía la galaxia internet). Docente y discentes ampliamos horizontes conjuntamente y todos aprendimos a la vez, medio vislumbrando la importancia que aquellos contenidos tendrían en un futuro. Eran mediados de los noventa y aquel tipo ya nos había inoculado el veneno del conocimiento, el verdadero aprendizaje por descubrimiento, casi por necesidad. En sus clases, uno se sentía como Adso de Melk, el discípulo de Guillermo de Baskerville.
Andando el tiempo, aún me cuento entre esos enanos que deambulan cómodamente en bomborombillos, aferrado a los hombros de gigantes, con cierta altura de miras, pero un enano al fin y al cabo, muy cercano al “sólo sé que no sé nada” socrático y más dubitativo que Descartes. Y no es falsa humildad, sino plena conciencia de mis limitaciones intelectivas, será por la edad o gracias a ella, no sé.
Quizás por esto, me asombra cada vez más la actitud insolente de jóvenes, y no tan jóvenes, que creen saber de todo sin saber de nada y opinan con soberbia y descaro a cada instante. Me causa estupor esa juventud ignorante que, debidamente manipulada y engañada, cree saber mucho de una cuestión e intenta presentar sus ideas como verdades absolutas, pontificando con cierto aire de superioridad de manera impúdica. El problema, la mayor parte de las veces, no es tanto la inconsciencia de su incompetencia o displicencia, cuanto el alejamiento del sentido común y la ausencia del sentido del ridículo.
La falta de pudor y la vehemencia siempre han sido rasgos de la adolescencia y la juventud, pero eran cuestiones pasajeras propias de la edad y, bien enfocadas, útiles para el aprendizaje. El problema de hoy en día es que estas etapas empiezan a prolongarse demasiado, lo cual, junto a la puerilización de la enseñanza, la voracidad socioeconómica, el totalitarismo tecnológico y el entontecimiento digital, está provocando la proliferación de unos discursos alejados de la reflexión y el conocimiento, virtudes totalmente denostadas. La mayoría ya no escucha o no quiere escuchar a quienes exponen pausadamente con argumentos válidos y sólidos, expresándose con propiedad y corrección, utilizando lenguajes específicos de su ámbito de manera adecuada y precisa; a la gente no le gusta escuchar la verdad o aquello que va contra sus intereses, sino que prefiere oír a chalanes con verborragia o quedarse en lo superficial (titulares engañosos, enlaces sensacionalistas, noticias falsas, rumores falaces, etc.). Y lo que es más, mucha gente se jacta de su ignorancia y se ampara en la indolencia para excusar crasos errores y justificar posturas abyectas o comportamientos execrables.
Si la gente joven no entiende ni quiere entender y no escucha ni quiere escuchar, pues imaginen cómo repercute en la lengua, al intentar expresarse. Los idiomas se están vulgarizando en sus códigos oral y escrito, pues su uso se está banalizando en exceso. Las lenguas están sufriendo, por un lado, un proceso acelerado de desculturación, es decir, una progresiva degeneración en cada uno de sus niveles (fonético-fonológico, morfológico, sintáctico, léxico-semántico) sin que la norma pueda reaccionar o adaptarse convenientemente, sólo registrar cambios; por otro lado, están sufriendo además un proceso de aculturación, es decir, se están “acomodando” a usos de otras lenguas o incluso de otras variedades de la misma lengua, que ofrecen soluciones más sencillas que se viralizan instantáneamente porque a los hablantes les resultan más atractivas, aunque no sean mejores ni aporten nada. Puede ser que las lenguas estén sufriendo esa “destrucción creativa” de Schumpeter, genuina del capitalismo, por la cual surgen cosas nuevas y supuestamente mejores (creatividad) que reemplazan a las antiguas que ya no funcionan tan bien (destrucción).
Estos cambios lingüísticos sincrónicos, normales desde la perspectiva diacrónica (sí, siempre han ocurrido), provocan cierto pasmo y confusión, cuando no resquemor y preocupación, sobre todo, en la enseñanza de la lengua, huérfana de referentes claros. Al final, el único miedo de cualquier filólogo (del griego, φιλολóγος, “amante o experto en la palabra meditada, reflexionada o razonada”) es que la lengua se limite a ser una mera herramienta de comunicación eficaz o efectiva entre los interlocutores, en su versión más simplificada o simplista dónde sólo prime la inmediatez, sin atenerse a regulación ni control. Y, lo que sería aún peor, pésimo diría yo, que no sirva de vehículo de conocimiento y reflexión, esto es, que no ayude a sus usuarios tanto a expresarse con propiedad y corrección, como a comprender con profundidad y perfecto entendimiento, no sólo cuestiones lingüísticas, sino también cuestiones de todos los ámbitos del saber. Confiemos en no pasar del “muera la inteligencia” del siglo pasado a un “muera el logos” en este siglo.