Aurea mediocritas

Nacho García

Abrileño

Uno lee y comprueba que la historia se repite, que mil historias son la misma historia mil veces repetida

El pasado 1 de abril me pilló en Italia. Mientras desayunaba, me enteré de que ese día se celebraba el “Pesce d’Aprile”. Leyendo aprendí que es su particular “Día de los Inocentes”, una jornada para todo tipo de bromas. Ahondando en la cuestión e investigando un poco, resulta que en el entorno anglosajón se celebra el “April Fools’ Day”; en Francia, el “Poisson d’Avril”; en Alemania, el “Aprilscherz” y en Brasil el “Dia da Mentira”. No deja de ser curiosa la diferencia de fechas entre el mundo hispano (28 de diciembre) y el resto de países, aunque existe una excepción: en Menorca también se celebra el “Día d’Enganyar” el 1 de abril.

Hasta ahí la curiosidad. Pienso que últimamente el mundo no está para más bromas. No creo que haya que celebrar tanto la mentira ni el engaño, pues los sucesivos conflictos ya han provocado demasiadas víctimas inocentes. Estamos hartos de herodes sanguinarios y pilatos que se lavan las manos no ya manchadas de sangre, sino embadurnadas en petróleo. Unos cuantos mandatarios, dementes y fanáticos, nos toman por tontopollas y nos endiñan la factura de sus delirios. Ya está bien de bromas macabras, la broma es una burla con intención de molestar; nada que ver con el humor, otra manera de representar o enjuiciar la realidad, una categoría de la estética que tiene correlación con la inteligencia y la creatividad. Una inmensa mayoría tiene sentido del humor y aguanta la pedrá, pero tanta broma pesada y zafia cansa y desorienta. Joder con este abril de tontos a los que se toma el pelo con el cuento de la luna lunera, cascabelera.



En el capítulo XXV de la segunda parte de El Quijote, obra señera del humor, se encuentra la famosa sentencia: "El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”, que reflexiona sobre la adquisición de conocimiento y cierta sabiduría combinando la lectura con la experiencia directa de viajar y explorar el mundo. En dicho capítulo, donde se pasa, en clave de humor, de una pugna de rebuznos entre dos regidores a las respuestas adivinatorias de un mono, los personajes intentan dilucidar lo que es verdad o mentira y descubrir si lo acontecido en la Cueva de Montesinos fue realidad o apariencia. Ahí estamos: máximo escepticismo y sensatez versus credulidad desviada, sin escrúpulos ni remilgos.

Uno lee y comprueba que la historia se repite, que mil historias son la misma historia mil veces repetida. Se encadenan las catástrofes, esta civilización se hunde, ya veremos si no se extingue la especie. Crisis migratorias, sed y hambre; cambio climático irreversible, danas y más danas; IA descontrolada, ya incontrolable. Menudo lodazal hediondo. Y encima, con un relato inverso, con una visión tergiversada de la realidad para sumir a la gente en un universo (o multiverso) de mentiras sin referencias ni límites.

Uno viaja y lo único que advierte, más allá de paisajes increíbles y culturas fascinantes, es que otras personas viven o sobreviven apegadas a sus costumbres y a su terruño, ajenas a otras miradas, enrasadas por la globalización. Y al final, muchas veces, la misma pregunta: ¿para qué tanto viajar? Nos gusta mucho olisquear por ahí, parece como si huyésemos de nuestro sitio o buscáramos respuestas en otros lugares. Luego uno vuelve y se enfanga en la cotidianidad, con su alienante rutina. Viajar abre la mente, pero no deja de ser un espejismo que sólo sirve para poner una especie de distancia para ver las cosas con ironía.

De un abril de tontos pasaremos a un mayo de locos. Yin y yang. De Semana Santa a cientos de romerías, sin contrición alguna; de la estación de esquí a la playa más cercana. Y aquí en Andalucía, para más inri, la farsa de las elecciones, un retablillo donde se manipulará al ciudadano-marioneta, con guantes o con hilos, a través de representaciones escenificadas sujetas a un guion rígido. Fantoches y monigotes agitarán banderas y vociferarán discursos incendiarios, jactándose de logros y ocultando miserias. Oiremos palabras soeces y acusaciones mezquinas. Reinará la inquina hacia el adversario, ese rencor profundo que surge del odio a quien piensa diferente. Campearán las pseudo verdades y todos los tipos de mentira: por error, por omisión, de negación, de exageración, de minimización, blancas -mentirijillas-, negras, azules, instrumentales, incluso piadosas (somos pobres diablos). Habrá autoengaño, promesas rotas, plagios y luego ya, las estadísticas (nótese el sarcasmo). Como siempre, todos ganarán y nadie perderá o perderá sólo un poco.

En fin, ánimo. Como el olmo seco de Machado, “mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera”.