“… aunque tuviera diez lenguas, diez bocas, voz infatigable y corazón de bronce”
[La Ilíada, Homero]
Un curso más, en la Educación pública (o lo que queda de ella), de las salvajes rebajas de julio se ha pasado a los brutales recortes de septiembre. Suma y sigue, mejor dicho, resta y sigue. Y una vez más, el informe de PISA ha dictado sentencia, y no una sentencia cualquiera: en 2025, España ha obtenido los peores resultados históricos de este programa de evaluación de la OCDE.
Servidor ya escribió en esta tribuna, en diciembre de 2023, dos artículos (De PISA a BIC o PIC y PISA a fondo) con respecto a los lamentables resultados de las pruebas PISA de 2022 (que se achacaron a la pandemia). In illo tempore, este profesor de a pie analizaba tanto las múltiples causas (falta de un pacto de Estado, falta de regulación de las pantallas, exceso de digitalización sin control, exceso de burocracia, ratios desmedidas, cientos de programas desbocados sin control, miles de proyectos insulsos, inclusión sin recursos necesarios, deterioro de la cultura del esfuerzo, etc), como las terribles consecuencias (decadencia de la lectura y el cálculo, incapacidad para mantener una atención y concentración constantes (nótese el aumento de diagnósticos de TDA), infantilización de las metodologías, trivialización de los saberes, desmotivación y pasotismo, etc) y se atrevía a emitir unos pronósticos, tildados de agoreros, que se han cumplido.
Es evidente que la Educación, por distintos motivos, está cada vez más alejada de la tan cacareada calidad de la que se vanaglorian los mandatarios, quienes se jactan de salvaguardarla. Mucho ponderar presuntuosamente la excelencia académica, mientras denostan el conocimiento y pisotean con sevicia los derechos de usuarios y funcionarios, con tal de ajustar unas cuentas que nunca cuadran porque ni se invierte lo necesario, ni se gestiona bien, ni se controla la mala gestión. Las distintas administraciones educativas de distinto signo político (esto, ya en sí, es un problema), siempre presumen de la máxima inversión en recursos humanos y materiales, con datos y porcentajes grandilocuentes, y magnifican las medidas adoptadas, las cuales contrastan con los mediocres resultados posteriores y la situación real en las aulas. Se escudan en sofisticados estudios y culpan a las políticas económicas estatales o europeas de los déficits, intentando justificar lo injustificable y excusar lo inexcusable.
Es evidente que la Enseñanza tiene cada vez menos peso e influencia en la sociedad, por mucho que los docentes se afanen en luchar en las trincheras contra la ignorancia, sin darse cuenta que sólo están cavando su propia tumba. A los ojos de la sociedad, el personal docente aparece como el gran señalado, cuando es sistemáticamente ninguneado. Sus protestas están mal vistas (¿De qué se quejan estos con las vacaciones que tienen?, murmuran a su paso), su lucha pasa desapercibida, en gran medida por la manipulación de unos sindicatos que supuestamente lo representan, amansados en las mesas sectoriales. Sus manifestaciones, tan civilizadas, son fantasmagóricas e irrelevantes (claro, no queman contenedores ni provocan revueltas; unas cuantas pancartas, unas banderolas al aire, cuatro silbatos y un tambor).
Es evidente que la Educación ya no educa. En esta época, de capitalismo agotado y política clientelar, la economía de mercado salvaje ha transformado la Educación en un mero modelo de certificación, reduccionista y empobrecedor, que gradúa estudiantes a distintos niveles para convertirlos en trabajadores sumisos al gusto de la OCDE (Obedientes. Conformistas. Disciplinados. Esclavizados). Mucho emprendimiento y cada vez menos entendimiento. Mucha internacionalización y cada vez más nacionalismo y regionalismo rancios. Mucha privatización y externalización de servicios y menosprecio de la res publica, con la consiguiente segregación cada vez más temprana. Como resultado, los centros educativos luchan y venden su alma al mejor postor por un puñado de matrículas, en todos los niveles. La comercialización de los saberes es un hecho y la compraventa de títulos, meros productos, una realidad.
A modo de cierre, el summum del pesimismo (aún no irreductible como Baroja). Como advertía Murphy en una de sus leyes: “por mala que sea, cualquier situación es susceptible de empeorar”. Algunos pensadores enmarcan los malos resultados dentro de la decadencia progresiva de occidente (los seis primeros países del ranking son asiáticos); otros, los achacan a una progresiva delegación cognitiva por la irrupción descontrolada de la IA; todos coinciden del abuso de pantallas y la degeneración de las redes sociales. Los algoritmos están destrozando el pensamiento crítico, el único antídoto contra la manipulación y el dogmatismo. Los algoritmos explotan las emociones y deseos de las personas y están reconfigurando el inconsciente, provocando múltiples trastornos mentales. Los algoritmos están eliminando las tareas pesadas, lo cual genera holgazanería y social loafing (pereza social). Los algoritmos provocarán que los próximos resultados sean pésimos o tergiversarán los resultados para presentarlos como pésimos, acordes con intereses mercantilistas. Ojalá me equivoque y este artículo distópico se torne utópico. La libertad está en juego.