Palomos de papel

Manuel Palomo

El blues del autobús

Si hay alguna autoridad de Educación a quien todavía no he insultado, le pido disculpas, porque esto es una cabronada para el desarrollo fundamental de un menor

Hay canciones que, con el paso del tiempo, adquieren un significado nuevo, y luego está “El blues del autobús”, de Miguel Ríos, que estos días podría convertirse en la banda sonora oficial de la educación pública en la provincia de Jaén. Porque mientras Miguel Ríos hablaba de carreteras, kilómetros y viajes, aquí hemos conseguido una versión mucho más sofisticada: tenemos las carreteras, tenemos los kilómetros, tenemos a los niños y tenemos a las familias, pero nos falta lo más importante: el autobús. Y lo más curioso es que quienes tienen la responsabilidad de organizarlo parecen haber descubierto que septiembre llega todos los años por sorpresa.

El curso ha comenzado y alrededor de 1.600 alumnos de la provincia se han encontrado con rutas de transporte escolar sin cubrir. Decenas de servicios que deberían estar funcionando desde el primer día no lo hacen, y la solución ofrecida pasa, en buena medida, por trasladar el problema a las familias mediante ayudas para que sean ellas las que lleven y recojan a sus hijos. Es una solución magnífica, especialmente si uno tiene coche, trabaja cuando quiere, vive al lado del instituto y dispone de un abuelo jubilado en perfecto estado de revista. Para el resto, siempre queda la posibilidad de pedir vacaciones, cambiar el turno de trabajo, contratar un taxi o, siguiendo la línea de innovación educativa que parece inspirar a algunos responsables, mandar al niño corriendo.

Y aquí entra en escena Francisco José Solano, delegado de Educación y maestro de Educación Física, lo que permite pensar que quizá todo esto responda a un novedoso proyecto pedagógico de la Junta de Andalucía: si no hay autobús, los alumnos pueden desplazarse a pie y así matamos dos pájaros de un tiro, solucionamos el transporte y nos ahorramos la clase de Educación Física. El muchacho sale de su pueblo con la mochila, atraviesa media comarca, llega al instituto jadeando y el profesor puede recibirlo con un tranquilizador: “Muy bien, campeón, ya tienes hecha la hora de gimnasia”. No sería de extrañar que el próximo Plan Educativo de Andalucía incluyera como competencia básica la resistencia aeróbica y como criterio de evaluación la capacidad del alumno para llegar al instituto antes de que empiece la primera hora.

Naturalmente, todo esto sería muy gracioso si no estuviéramos hablando de niños. Porque el problema no es que un autobús llegue tarde, ni siquiera que una empresa no quiera prestar un determinado servicio. El problema es que un menor que no dispone de transporte puede tener dificultades para llegar a su centro educativo, y cuando hablamos de determinadas zonas rurales de Jaén no estamos hablando de recorrer cuatro calles para llegar al instituto, sino de distancias que hacen imposible convertir el desplazamiento diario en responsabilidad exclusiva de las familias. Ahí es donde la Administración debería entender algo tan elemental que resulta casi ofensivo tener que explicarlo: el transporte escolar forma parte de las condiciones materiales que hacen posible el derecho a la educación.

Luego nos llenamos la boca hablando de igualdad de oportunidades, de luchar contra la despoblación, de mantener vivos nuestros pueblos y de garantizar servicios públicos de calidad en el medio rural. Todo eso queda estupendamente en los discursos institucionales, pero la igualdad de oportunidades deja de ser una frase bonita cuando un niño de un municipio pequeño tiene que preguntarse cómo demonios va a llegar a clase mientras otro alumno, que vive en una ciudad, tiene su transporte perfectamente garantizado. Si vivir en un pueblo significa tener que organizar una operación familiar cada mañana para conseguir que un hijo llegue al instituto, quizá deberíamos revisar ese concepto de igualdad que tanto nos gusta pronunciar.

Lo más irritante es que nadie puede decir que septiembre haya llegado sin avisar. El curso escolar tiene fecha, los centros tienen alumnos matriculados, las rutas se conocen, las necesidades de transporte se conocen y las empresas que prestan los servicios también conocen sus costes. Si determinadas licitaciones han quedado desiertas porque las condiciones económicas no resultan atractivas para las empresas, habrá que analizar por qué ocurre, escuchar a quienes llevan años prestando el servicio y encontrar una solución. Lo que no parece razonable es esperar a que empiecen las clases para descubrir que el sistema no está preparado y después pedirle a las familias que hagan de transportistas, conductores, organizadores logísticos y, si hace falta, de gestores de crisis de la Consejería.

Porque una cosa es solucionar una emergencia y otra muy distinta es hacer pasar por normal lo que es consecuencia de una mala planificación. La Administración puede explicar todas las circunstancias que quiera, puede repartir culpas entre empresas, contratos y condiciones económicas, puede anunciar ayudas y puede asegurar que trabaja en soluciones, pero hay una realidad que no admite demasiadas ruedas de prensa: mientras los adultos discuten quién tiene la culpa, los niños siguen necesitando llegar al colegio.

Y eso es lo que debería quitarle el sueño a más de un responsable de Educación. No el titular de un periódico, no la crítica de un articulista y ni siquiera el cabreo de los padres, sino la posibilidad de que un niño pierda días de clase porque el sistema que debería garantizar su desplazamiento no funciona. Porque la educación no es una mercancía que se pueda aplazar hasta que haya transporte, ni una actividad extraescolar que se recupera otro día. Cada jornada perdida significa una explicación que no escucha, una actividad que no realiza, una relación con sus compañeros que no vive y una oportunidad que desaparece. Especialmente cuando hablamos de menores que ya parten, por vivir en determinadas zonas rurales, de unas condiciones menos favorables que otros estudiantes.

Por eso quizá convendría dejar de hablar del autobús como si fuera simplemente un vehículo que falta. Lo que falta cuando falta el autobús es una parte del derecho a la educación. Y cuando esa carencia afecta a miles de alumnos, ya no estamos ante una pequeña incidencia administrativa: estamos ante un problema político y de gestión que alguien tiene que asumir.

Así que sí, que siga sonando Miguel Ríos. Que vuelva a sonar “El blues del autobús”, pero esta vez dedicado a la Junta de Andalucía, porque pocas veces una canción puede encontrar una aplicación tan perfecta. Solo que aquí el viaje no lo hacen músicos, ni una banda recorriendo carreteras; aquí el viaje lo tienen que hacer niños que deberían estar pensando en sus clases, padres que deberían estar pensando en sus trabajos y familias que no deberían convertirse en una empresa de transporte improvisada porque la Administración no ha sido capaz de garantizar un servicio que sabía perfectamente que tenía que estar funcionando en septiembre.

Y mientras tanto, quizá alguien pueda explicarles a esos alumnos que tengan paciencia, que la burocracia tiene sus tiempos, que las licitaciones son complicadas y que se está trabajando intensamente. Seguro que lo entienden perfectamente. Solo tienen que llevar la mochila, levantarse un poco antes y empezar a correr.

Después de todo, si el responsable de Educación es profesor de Educación Física, quizá sea precisamente esa la solución que nos faltaba.

El blues del autobús. Versión Junta de Andalucía.

Y esta vez no es una canción.

Es una cabronada para el desarrollo fundamental de un menor.