Abierto por derribo

Manuel Madrid Delgado

Caput mundi

Roma es la prueba incontestable de que el ser humano necesita la belleza —hecha de luz, de fuentes y de memoria— para soportar el peso de su propia finitud

Podemos idear listas de conceptos —la luz, los monumentos, las fuentes, la historia, el arte, las calles, las plazas— que nos permitan ordenar y clasificar las ciudades más bellas del mundo. Invariablemente, en cualquiera de esas listas estarían Venecia y Florencia, Sevilla, Gante, Praga, Dubrovnik, Cuzco, Toledo, Brujas, Siena, París, Segovia, Granada, Oporto… Y por encima de cualesquiera de ellas, en todas las listas, estaría Roma. Jugando en otra división, habitando otra dimensión de lo bello y de lo monumental, erigiéndose como abanderada de una vitalidad sin desfallecimientos sostenida desde hace más de dos mil quinientos años.

Uno puede ir mil veces a Roma y nunca acabará de sorprenderse. Porque, en realidad, Roma no se visita: ante Roma se comparece y ante su juicio sin apelación ponemos nuestra emoción vital para que balbucee no sabemos qué impresiones desbordadas. Ante el juicio estético y vital de Roma es imposible salir absuelto: uno se sabe siempre culpable de haberse sentido cómplice de ese derroche de belleza, parte de ese exceso. Hay en Roma una especie de tiranía de la hermosura resultado de una acumulación casi geológica de bellezas de todos los siglos: la belleza romana no es una mera decoración del espacio sino una realidad de densidad física, capaz de asfixiar al corazón extasiado. Y, asfixiado, no le queda otra que desear colaborar en construir tanta hermosura: en nuestro el poso más profundo de nuestra personalidad, todos seguimos habitando esa ciudadanía romana que Caracalla nos concedió en el año 212.

En Roma está el peso inmenso de la Historia asaltándonos en cada esquina, recordando que ante la eternidad del mármol nosotros no somos sino un leve parpadeo del tiempo.  Al caminar por sus calles, al sentirnos multitud en sus plazas, entendemos como en ningún otro lugar que la belleza, cuando es verdadera, hace doler el espíritu. Si uno va a Roma con vestido con la estupidez del turista ocasional se complace en el mero decorado: pero cuando uno la recorre con los ojos abiertos por el asombro, el impacto de lo sublime golpea y te aplasta bajo las ruinas colosales del Foro, bajo los arcos del Coliseo, en la columnata de Bernini o en la penumbra de cualquier iglesia menor donde, de repente, un rayo de luz inesperado —ay, esa luz de Roma, densa como la miel— ilumina una escultura de Bernini o un cuadro de Caravaggio, y entonces tú comprendes que el barro y la santidad, el pozo y la ascensión, están amasados de una misma materia oscura e iluminada.



Roma es un mosaico de ambiciones elevadas y destruidas por los siglos, un dibujo trazado por titanes que convirtieron el horizonte chato de las siete colinas etruscas en una coreografía de piedra y viento. Roma es una permanente suma histórica, una incansable búsqueda de imperialidad, de catolicidad: de universalidad. Por eso, el nuevo perfil urbano que el Barroco le otorgó a la Ciudad, sin hacerla renunciar a ninguno de sus pretéritos, no fue sólo una reforma urbanística o espiritual o artística, sino una declaración de guerra a la inmovilidad en la que concurrió un ejército de genios sin comparación: desde el Renacimiento, en Roma pugnan los gigantes del arte para que la ciudad no sucumba ante la trivialidad. Presidiendo esa lucha de hermosuras, está Miguel Ángel, cuya cúpula vigila el orbe como un centinela que ha dicho todo lo decible en el rostro de la Piedad y del Moisés; impidiendo que el enfrentamiento se enmohezca, encontramos la armonía de Rafael, eco de una paz que la humanidad siempre persigue y que, posiblemente, sólo puede alcanzar vagabundeando sin rumbo por el plano de Roma. Y en esa lucha está Bernini, el prestidigitador que obligó al mármol a llorar y a plegarse como la seda, frente a Borromini, el genio atormentado que eligió la angustia de la curva y el infinito movimiento para que las fachadas de sus templos respirasen.

Pero es que si uno se asoma a las terrazas desde las que se contemplan todas las colinas —el Monte Palatino, la cúpula de San Pedro, el Altar de la Patria, Lo Zodiaco— lo que se despliega ante su vista es un oleaje de cúpulas y de columnas que compiten por el abrazo del aire, donde reinan las gaviotas, entre el travertino y el cielo: las gaviotas de Roma, que ya no son aves marinas sino dueñas de las ruinas, centinelas blancas y eternas que sobrevuelan con su cara hosca y su grito estridente la vanidad de los hombres, posándose con igual desdén sobre la cabeza de un emperador o de un papa que sobre el capó de un coche oficial. Y si uno recorre sus plazas, simplemente dejándose llevar por aquella iglesia que asoma al fondo a la izquierda, o por ese palacio que se adivina tras esa esquina, es posible transitar desde la rotunda luminosidad, desde la solemnidad oficial de Montecitorio, hasta el bullicio constante de terrazas llenas de aperol spritz, de gentes abrumadas por tanta belleza y de vespas que esquivan los obeliscos con la indiferencia de quien está acostumbrado a vivir entre fantasmas. Desde la simetría sobrecogedora de la Piazza del Popolo hasta la ascendencia llena de claridades de la Plaza de España o la Piazza Navona, pasando sin poder irse por el abrazo gigantesco del Vaticano, Roma nos obliga siempre a levantar el espíritu, a mantenerlo en posición vertical de escucha y de mirada incapaces del cansancio.

Uno tiene la sensación de que Roma no ha renunciado ni a uno solo de sus siglos y que ha obligado a vivir, en armonía, a los dioses paganos y al Dios cristiano. Todo lo ha integrado en una sinfonía sin estridencias: y así, por ejemplo, los lares Compitales que protegían las encrucijadas de caminos y barrios, los vemos ahora transformados en las bellísimas mandonelle, hornacinas en las que la Virgen María vigila, desde las esquinas, el tránsito inacabable de esta ciudad sin sueño. Y al ver estas hornacinas, con flores y velas —que, como las flores permanentes en el lugar del asesinato de Julio César, nos indica que hay una Roma viva que no ha podido ser ahogada por peregrinos ni por hordas de turistas— uno intuye que, posiblemente, el verdadero triunfo de Roma está en su decadencia. En una estética del derribo y la acumulación y la recreación que es la que le otorga su pátina de eternidad. En ningún lugar se aprecia la belleza de la decadencia como en el Foro Romano, donde los silencios de las piedras caídas, de las columnas aún erguidas y de los fustes entre los que crece el pasto verde, no son la proclama de ningún final sino una forma superior de belleza y de existencia. Roma ha hecho de la decadencia, Roma ha hecho de la ruina, una de las bellas artes: Roma acepta las heridas que el tiempo le ha causado porque sabe que los siglos, lejos de destruirla, la han consagrado en ellas a la eternidad. 

Caput Mundi la llamaron. Y así la siguen llamando los romanos del siglo XXI, no por su poder militar sino por ser el único lugar del mundo capaz de convertir el escombro en belleza y la belleza en totalidad. En un mundo consagrado a lo utilitario, a lo tecnológico, a lo práctico y lo gris, Roma se alza como el último bastión —como el más necesario reducto, como el invencible refugio— de lo innecesario, de lo puramente estético. Roma es la prueba incontestable de que el ser humano necesita la belleza —hecha de luz, de fuentes y de memoria— para soportar el peso de su propia finitud. Y al final, entre el clamor de las campanas a la hora del Ángelus y el murmullo incansable del agua, uno comprende en Roma que somos herederos de una gloria que nos sobrepasa: la de una civilización —que es la nuestra aunque hoy la neguemos treinta veces— capaz de convertir el derribo en una obra de arte perpetua, en un incansable llamamiento al orden de lo bello.