Oigo maravillas del concierto de Morrisey en Zaragoza. Estas impresiones vienen de gente con conocimiento musical. Así que mi irritación ante el juglar inglés es una cuestión simplemente genética, como una alergia. Si ya me costaban los “Smiths” pues en solitario ni te cuento. Esa voz meliflua, aflautada (al igual que la de Francisco Franco) me sacaba y me saca de mis casillas. Pero insisto, es una cuestión de gusto. Claro que luego están las formas. Un señor que deja plantada a su cofradía que cumple penitencia de estación en estación, en vilo a la espera del comunicado de prensa como el oráculo de Delfos, cual sentencia de arúspice, quiromante o augur y declare si el Hierofante se levanta con el día fasto o nefasto, si hay fumata negra o fumata blanca. Morrisey, el solista cuántico, su estado es concierto/no concierto y sólo se conoce cuando se abre la caja o, en este caso, se levanta de la cama. A mí me suspende un bolo en Betanzos después del viaje desde Jaén porque le molestan las campanas del pueblo y lo mando a freír espárragos ( de hecho ya lo hice: los Rolling Stones, en El Ejido, con la entrada comprada, suspenden el bolo por razones espureas y no contentos graban un vídeo de disculpa cachondeándose del personal y mira,"hastaquihemosllegado"). La caridad comienza por uno mismo. La misma noche “La Gran Esperanza Blanca” desde Valencia deleitó al personal sin tener que deshojar la margarita: llámalo profesionalidad .Los L.G.B.E comandado por “ el gran Cisco Fran” (Manolo Beltrán “dixit”) se despedían tras cuarenta años de carrera. Pocas veces se puede contar eso que decía la Velvet de que vendían pocos discos pero los que los compraban formaban parte de la banda. La complicidad, los guiños y la cerveza corrió sin mesura. Por un rato nos olvidamos de ese cada vez más desquiciante mundo que nos espera a la salida en el que la gente cruza la calle en rojo mirando el móvil y gilipollas en patinete como zipizapes lobotomizados invaden vías peatonales a velocidades de vértigo. No hubo música antigua (guiño, guiño). Lentas campanas de boda, una reina en Brooklyn, Dylan en vuelo bajo y la nostalgia de Kempes por “ Belle Ville”. No fuimos muchos y nos sentimos los elegidos. Sabe Dios que cuando me encuentre a Pedro Tomás en la barra de esos bares en extinción amados brindaremos para conmemorar la ocasión. La Gran Esperanza Blanca chapa pero nos queda la blanca esperanza de su reencarnación en esta vida.
Carlos Oya
La chapaFumata blanca esperanza
Pocas veces se puede contar eso que decía la Velvet de que vendían pocos discos pero los que los compraban formaban parte de la banda