Agenda constitucional

Gerardo Ruiz-Rico

La España distópica (I)

Será una verdad incontestable un día no muy lejano, cuando nos asomemos al espejo de la realidad futura que se anuncia después de las próximas elecciones

Según reza la IA, esa nueva Biblia global del mundo que nos ha tocado vivir, la palabra “distopía” significa “la representación ficticia de una sociedad futura o paralela con características profundamente negativas, donde reina la opresión, el control totalitario, la deshumanización o el colapso ambiental”.

Me parece perfecta esta definición para poder imaginar lo que puede ser este país dentro de unos años (¿bastará una sola legislatura?) si llegan a gobernar esos dos partidos conservadores cuyas fronteras ideológicas han comenzado a diluirse, si no han desaparecido ya. Algunos mensajes nos llegan en este sentido desde las Comunidades Autónomas donde, con mayorías cualificadas, ejercen el poder para legitimar una involución constitucional que arrastrará al vertedero de la historia una buena parte de nuestros derechos y libertades.



La España distópica no será una simple pesadilla fugaz en un mal sueño de verano. Al contrario, será una verdad incontestable un día no muy lejano, cuando nos asomemos al espejo de la realidad futura que se anuncia después de las próximas elecciones de noviembre.

Aparecerá allí la imagen esperpéntica de la Democracia que esta ciudadanía consiguió, con mucho esfuerzo y a veces dolor, durante esa trascendental transición política que va camino de formar parte de los manuales de historia antigua, un cuento para nietos que repetimos los abuelos baby booomer.

La “prioridad nacional” habrá diseccionado, profunda y posiblemente sin cura, la sociedad en la que hoy conviven sin conflicto gentes, es decir, personas venidas de otras partes del mundo, que han venido a trabajar -sí, es así- para lograr una vida digna que sus países de origen les niega.

Ese objetivo no es un simple eslogan para atraer a los descontentos y decepcionados. Es un proyecto, en absoluto inocuo, con el que se quiere convertir los derechos humanos de todos en privilegios de los ciudadanos de pura cepa ibérica; monopolio de esos cristianos viejos que van a misa religiosamente los domingos, pero que no escuchan ni recuerdan las palabras con las que su líder espiritual predica la igualdad y la compasión con los inmigrantes. Sólo esta parte de la ciudadanía, muy española y con alto conocimiento en materia de tauromaquia y folklore popular, podrá disfrutar de todos los derechos que queden después del expolio del Estado del Bienestar que se avecina. Porque para los patrocinadores de esta ignominia política, “los otros” son los únicos responsables al parecer  de las listas de espera en la sanidad pública; ellos tienen la culpa de que nuestros jóvenes no puedan trabajar en los cultivos bajo plástico de Almería a cuarenta grados; de que esa misma juventud y aquellos sin los medios económicos necesarios no puedan alcanzar el legítimo sueño de una vivienda (esto por desgracia sí que es hoy una utopía, con una responsabilidad compartida por toda nuestra clase política, incluido el actual Gobierno).

Priorizar es la varita mágica con la que esa nueva y posiblemente futura clase dirigente se relame ya de placer, ante la expectativa de dar la patada al maléfico (el Perro S.), intentando convencernos de que debemos repetir esas desgraciadas hojas de nuestra historia que marcan el declive del magno imperio nacional, cuando a finales del siglo XV (1492) , y en una nueva edición a comienzos del XVII (1609), se dictó lo que hoy llaman “remigración” de  quienes llevaban viviendo en esta tierra el tiempo suficiente para considerarlos parte del “nosotros”.