El duende del callejón

Mari Ángeles Solís

Veinticuatro veces muerta

Lo que otrora fuera una vieja cárcel, ahora es el vivo ejemplo de la desidia de unos pocos

Hoy, hablando de delitos varios con un viejo que pasaba por Maestra Baja, sentí palpitar en mi pecho el vacío del abandono. Lo que otrora fuera una vieja cárcel, ahora es el vivo ejemplo de la desidia de unos pocos. No quisiera alejar mi vista del amor que me aprisiona pues ello es solo la causa de aferrarme a la vida. Pero, ¡cuánto quisiera estar muerto sin debilidades! Y que así me lleve el silencio.

Yo sé que hay plumas perversas en esta tierra de paso. Que ensucian con sus miserias la luz de un bello poema, para ella. Escondiendo en su baile absurdo el desamor por quienes le dieron vida, cambiando instantes eternos por dos horas de gloria. Sólo el poeta Paredes fue capaz de encontrar rosas en un pasado que agoniza. Rosas amarillas que endulzaban aquel Claustro que ya nadie ve. Únicamente yo, que soy un alma en pena. Soy una vida escrita en las estrellas.



Me hallo sin saber qué contaros, pues celebráis la buena nueva. Os han devuelto algo que era vuestro. Y lo agradecéis. Sin precisar que lo robaron de vuestra propia carne, abandonando su luz. Así se destruye la Historia, no os dais cuenta. Pues ha de ser obligación que la verdad perdure. Yo también, estos días, pasé por Santa Catalina, observando el milagro de lo que creímos muerto. Pero no dejemos que maldigan sobre nuestras cabezas. Aquello fue siempre vuestro pero pusieron mil cerrojos, y entornasteis vuestros ojos esperando un nuevo día. Ese nuevo día llegó. Perdisteis cincuenta años de vida. Ella se desmoronaba entre las tinieblas, el olvido y la desidia. Así se empoderó su nombre, así fue santa. Santa Catalina Mártir, el corazón de una ciudad que ya casi no palpita.

Y volviendo de allá, secándome el llanto. Porque estando muerto veo lo que fue y lo que queda, veo solo vacío donde antes hubo esplendor. Una voz se queja por el Peñón de los Uribe. Escucho entonces los versos perversos, le digo, deja la pluma y ve con tu padre, él es quien te necesita, no es ese público que espera quién te hará buena persona. Solo será tu corazón con la conciencia limpia. Pero mis palabras se agarran en el pecho y llego hasta la cárcel vieja. También los Caballeros Veinticuatro ignoraron esta historia. También en esta plaza la dejaron morir. Tantas veces muerta…

Y os cuento que todo empezó allá por la Puerta de Martos cuando un joven campesino encontró una campana. Lucía el Siglo XIII en su esplendor pagano. Mandaba por entonces Alfonso, hijo de Fernando. Mi amigo Fernando, que luego fue Santo. Y su hijo Alfonso, al que llamaban Sabio. Dentro de aquella campana había una talla. Una corona adornaba aquella imagen mariana. Y así fue bautizada, Nuestra Señora de la Coronada. En aquel lugar se construyó una ermita, en cuya torre se escondían los agricultores cuando las invasiones amenazaban sus tierras. A fin de cuentas, la gente hace lo que le da la gana. Está bien que así sea mientras no se dañe a nadie. Da igual que obliguen a salir un martes, pues si quieren salir un sábado lo harán aunque llueva. De este modo, se llenan las plazas de gente que las ama por el simple hecho de nacer en esta tierra. Y todo dio lugar a la Cofradía de Ballesteros de la Coronada. Donde luego Prado y Palacio construyera la granja-escuela. Pero volvamos al pueblo, volvamos a la devoción. Las gentes rogaban por las cosechas y por la libertad de los cautivos. Milagros sí o milagros no, hay que respetar. Porque ellos creían en ello. Y punto.

Más tarde fue él. Alonso Suárez de la Fuente. Sí, don Alonso. El que la amaba. El que reposa en el Caño Santo. Propició la fundación de un convento de carmelitas, allá por 1511. La Virgen de Carmen pasó a ser patrona. Y en los albores del siglo XVII se trasladaron a este lugar. Plaza Rosales. En la portada de su iglesia, un arco de medio punto flanqueado por columnas toscanas. Sostenido en ellas, un entablamento que presidía la Virgen de la Coronada. Dos escudos la escoltaban, el de los carmelitas calzados y el de Moscoso y Sandoval. Una vez dentro, se podía venerar un mediorrelieve que por 1744 realizara Blas Moreno para un bello retablo barroco. Junto a la iglesia se levantaba un hermoso convento, con un Claustro digno de la armonía que acogiera esta tierra. Tal vez, el lugar donde Paredes halló su rosal de rosas amarillas. Después, el tiempo cedió a la historia y pasaron ellos.

Guerra de la Independencia. Destruyeron todo para construir una prisión. Por 1835, los Veinticuatro aprovecharon el lugar para escuelas. Dos décadas después, otros Veinticuatro volvieron a instaurar una prisión. Por el Siglo XX el abandono volvió a acoplarse en el lugar. Los Veinticuatro que ahora vendrían demolerían el edificio, con su belleza, con su historia y con su rosal de rosas amarillas. Tras dos cines abortados, el abandono total… sin un estudio del suelo, donde estarían las criptas de los frailes, donde reposaría el silencio conventual. Esta plaza, como tantas otras, muerta y sepultada su historia. Y muerta está ella. Sin más.

Así es esta ciudad. No digáis nada pero, al pasar, la podéis ver. Veinticuatro veces muerta. Pero en pie.