El verano, aunque cada año parece más interminable, colea dando sus últimos suspiros, al menos en el calendario. El otoño comienza a medir sus distancias hacia un invierno todavía incierto, mientras la naturaleza, confundida y desorientada, parece acusar aquello que tantos se empeñan todavía en negar: el cambio climático.
No vengo hoy —al menos hoy— a escribir un manifiesto sobre la emergencia climática que nos acontece. Esa emergencia que, quizá por parecer más lejana, resbala entre la multitud de problemas que nos acucian cada día y termina relegada al olvido. Y así nos va.
Hoy, en cambio, El Senderista Loco quería hablaros del otoño. Bueno, del otoño y de un lugar escondido entre montañas donde esta estación se viste de oro viejo y despliega, sin pudor, toda su belleza.
Os sitúo.
Si algún día decidís acercaros —os aconsejo hacerlo a finales de octubre o principios de noviembre—, tendréis que buscar una pequeña aldea llamada Huelga Utrera, perdida en lo más profundo de la Sierra de Segura.
Dentro del Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, la Sierra de Segura es quizá la más intensa, la más recóndita y, precisamente por ello, una de las más desconocidas y hermosas.
Desde Huelga Utrera nace un sendero que imagino antiguo camino de arrieros, una de esas sendas que el tiempo no ha conseguido borrar y que todavía unen este diminuto poblado con otro pequeño enclave serrano: Poyotello.
El camino nos invita a caminar en paralelo a un río Segura todavía niño. Sus primeros pasos los dará por Fuente Nueva y Los Pontones, pero, como un niño travieso que busca su propio camino, se dejará caer después por este angosto valle que nosotros recorremos.
Y allí comienza el espectáculo.
Tras las caídas libres que el río, encajonado entre las rocas, sortea en su descenso, se abre ante nosotros un estrecho valle. La vegetación de ribera acompaña el trazado del sendero, como si quisiera caminar a nuestro lado o, tal vez, señalar el rumbo para que nunca perdamos de vista el curso del agua.
Los árboles de hoja caduca se aferran entonces a sus últimas hojas. Intentan conservarlas como quien se aferra al último aliento. Pero el otoño no perdona.
El verde se transforma lentamente en ocre. Después llegan los amarillos, los cobres y los rojos, como si las hojas se oxidaran bajo la mirada paciente del tiempo. Finalmente se desprenden y caen, flotando en el aire, balanceándose al ritmo del viento.
Son hojas que parecen copos de nieve dorada.
Y cuando alcanzan el suelo forman una alfombra de colores imposibles, un manto bajo el cual hongos y setas asoman tímidamente, como pequeñas flores nacidas sin orden ni rumbo.
Todo esto ocurre —y mucho más— mientras dejamos atrás un salto de agua cuyo nombre ya parece advertirnos de la fuerza con la que el río se precipita hacia el vacío: la cascada del Charco del Humo.
Allí el agua cae libre, golpea la piedra y se deshace en miles de diminutas gotas. El río se convierte por unos instantes en humo húmedo, en una nube que flota sobre el cauce y envuelve el lugar en una sensación de frescura casi irreal.
Pero las maravillas de este rincón no terminan en el agua que corre.
La montaña guarda también una enorme cavidad, una de esas obras artesanales que solo la naturaleza sabe construir. El agua y la caliza han ido trabajando durante siglos, horadando lentamente el corazón de la tierra hasta formar una de las cuevas abiertas más impresionantes de la zona: la cueva del Agua.
En su interior nace también el agua, formando una pequeña charca que parece dormir al abrigo de la montaña.
Los antiguos moradores de estas tierras supieron aprovechar aquel regalo. Construyeron una salida para el agua, a modo de desagüe, y condujeron su caudal hacia las pequeñas huertas cercanas. Naturaleza y hombre encontraban así una forma sencilla de convivir, de aprovechar sin poseer.
Quizá por eso estos lugares nos recuerdan que mucho antes de que habláramos de sostenibilidad, algunas personas ya sabían que la tierra no nos pertenece. Simplemente nos la presta.
En estos días de septiembre, todavía calurosos, me apetecía viajar a otra época del año. A un otoño que parece cercano y lejano al mismo tiempo. A un lugar hermoso y, tal vez, desconocido para muchos.
Anhelaba cerrar los ojos y respirar el aire limpio de la sierra. Oler el aroma húmedo del monte. Escuchar el agua. Saborear la frescura de sus fuentes. Sentir el otoño en la piel.
Y, por un instante, olvidarme del calor de septiembre; sentirme fresco y vivo frente al teclado de este ordenador.
Como siempre, os invito a coger una mochila, calzar unas buenas botas, echar algunas provisiones y agua, y entregaros a la aventura de la senda.
Pero hay algo más importante.
Cuando lleguéis allí, recordad que seréis visitantes. Y como tales, debéis respetar aquello que habéis ido a contemplar.
No dejéis más rastro que vuestras pisadas.
Y si alguna huella ha de quedar después de vuestro paso, que sea la de una bota hundida en la tierra húmeda del barro.
La basura y los desperdicios, esos sí, lleváoslos con vosotros.
Porque los caminos seguirán allí cuando nosotros nos hayamos marchado. El río continuará bajando hacia el valle. Las hojas volverán a caer cada otoño. Y la montaña, paciente, seguirá guardando sus secretos.
Nos vemos en el camino.