Mediodía en la provincia de Jaén
Gerardo Ruiz

No es oro todo lo que reluce

La opinión de Gerardo Ruiz Rico


Le llaman “oro líquido”, posiblemente como un gesto de autocomplacencia colectiva e institucional, frente al desamparo industrial y el atraso económico de la provincia.

Una actitud que no tiene signo ideológico.



Procede tanto de la izquierda como de la derecha; esta derecha que se empeña además en dividir a la sociedad.

Por un lado, los que defienden un status quo agrícola y ganadero, implantado en nuestra tierra hace décadas, apoyado en subvenciones institucionales, muchas veces incontroladas, con un objetivo loable probablemente, pero inoperativo a la postre: el de arraigar a la población que vive del sector primario.

Un sistema, en definitiva, que ha logrado sólo la ausencia de otras iniciativas empresariales; una provincia cuyo progreso y calidad de vida depende en mayor medida de las ayudas de la Unión Europea.

Por otro lado, los hay quienes nos oponemos a las visiones simplistas y al cabo casi maniqueas. Estamos los que defendemos la necesidad de establecer unas reglas básicas, de sentido común, para conservar un medio ambiente sano.

El título de ecologistas se solapa con la condición de personas que asumimos una responsabilidad social que no aparece por lo general en los titulares mediáticos.

Porque entiendo que no basta con hacerse las habituales, y ante todo electoralistas, fotografías, ante esas siluetas de campos llenos de olivos, cargados de ese futuro y exclusivo oro líquido.
Cierto que reluce allí una geometría casi perfecta, de árboles verdes con un fruto que es sinónimo de unos valores incuestionables para la salud humana.

Pero que bajo sus troncos (o en unas ramas donde no puede anidar ningún ser vivo) ocultan, la mayoría de las veces, una realidad ambiental, en la que se ha roto, desde hace mucho tiempo, el imprescindible equilibrio ecológico.

La sostenibilidad en este medio natural parece una utopía, esquilmado por demasiada química como la que se sigue utilizando en el cuidado del olivo,
con una agricultura que pretende salvar el estado de permanente estrés hidrológico, pero que sigue reclamando, paradójicamente, la ampliación de los terrenos de regadío, en una provincia y región como la nuestra, en la que la sequía parece formar parte de nuestra tradición cultural.

La imagen estereotipada del paisaje del olivar, no da cuenta en realidad del verdadero desierto que se observa debajo de millones de árboles, allí donde la biodiversidad es sólo el recuerdo infantil de una época muy lejana.