Por Los Cañones

María del Mar Shaw Morcillo

No nos escondan

Frente a esta ofensiva reaccionaria, las mujeres y las organizaciones feministas andaluzas nos plantamos: este 8 de noviembre salimos a las calles en Sevilla

Estamos en tiempos de cambios trascendentales, tanto a nivel nacional como internacional. El mundo que conocíamos, y en el que sobre todo, confiábamos, está sufriendo una metamorfosis profunda. Durante los últimos años, el miedo a que el entorno estalle (y no solo de manera figurada) por el capricho de dos o tres mandatarios ha planeado sobre nuestras cabezas. Guerras con fines oscuros, genocidios interminables acallados por la tibieza de los organismos internacionales, amenazas crecientes de invasión o el desprecio e insulto sistemático a gobernantes legítimos abren los informativos a diario con el consiguiente desasosiego a un futuro peor.

Hemos caído en un estado de inquietud colectiva que nos permite temer por el gran bosque, pero nos impide ver los árboles en nuestro jardín. Por suerte, siempre contaremos con la rebeldía de quienes nos exigen poner los pies en la tierra y mirar exactamente dónde estamos paradas.



Uno de los problemas que la agenda política y mediática ha ido diluyendo y escondiendo entre el bosque es la violencia machista, con 44 muertas a sus espaldas durante este año. Esto no es gratuito ni casual: es una estrategia intencionada y orquestada por grupos ideológicos que, respaldados por formaciones políticas nacionales e internacionales, niegan la existencia de esta lacra. Su objetivo final es claro: que la desigualdad de género deje de considerarse un problema público pasando al lado oscuro. Pretenden devolver a las mujeres a los entornos domésticos, perpetuarlas en empleos precarios y feminizados, relegarlas al cuidado exclusivo de la familia e, incluso, arrebatarles derechos históricos. No es una exageración; el concepto del "cabeza de familia" todavía resuena con nostalgia en algunas aulas de derecho de nuestro país, aunque esté desterrado de los textos legales.

Solo hay que echar un vistazo rápido a nuestras redes sociales, copadas por reels, memes o stories de "tradwives" que enseñan cómo limpiar la casa, qué comidas prepararle al marido o cómo comprar en el supermercado. Por lo visto, son mujeres sin trabajo remunerado, porque resulta inexplicable la logística de lavar las sábanas cada tres usos y las toallas cada cuatro. El retorno a la imagen tradicional del encierro femenino se va extendiendo como una mancha de aceite: despacio, pero pegajosa.

En Andalucía, una comunidad histórica de vanguardia y con un movimiento feminista potente, nos enfrentamos a un Gobierno autonómico que se posiciona abiertamente en contra de las políticas de género, negando y sustituyéndo de forma tramposa por "políticas de familia". Como si fueran conceptos intercambiables; como si la intención no fuera reducir a las mujeres a su papel reproductor. No ha hecho falta mucho tiempo: en el reparto de competencias del Ejecutivo andaluz, la ideología más rancia y negacionista se ha adueñado de las áreas dedicadas a la lucha contra la violencia de género, precisamente donde la Junta tiene la responsabilidad primordial de gestionar los millonarios recursos inyectados por el Gobierno central y el Pacto de Estado.

No asistiremos a una ruptura ruidosa; la estrategia es la gota malaya. Les basta con asfixiar los servicios públicos dotándolos de menos medios, no cubrir las vacantes del personal, bloquear la formación especializada o privatizar la gestión cediéndola a empresas afines a sus postulados, precarizando de paso las condiciones laborales de las trabajadoras. En cuanto al tejido asociativo, capítulo aparte merece el sectarismo con el que visibilizan a organizaciones satélites que proyectan una imagen desfasada de la superwoman, mientras ocultan y ahogan burocráticamente privando de fondos públicos andaluces a los colectivos feministas de base, obligándolos a trabas administrativas casi insalvables para acceder exclusivamente a fondos estatales.

Incluso actúan de forma más sutil en nuestra provincia, alejando físicamente los recursos fundamentales como el Centro Provincial de la Mujer de los centros urbanos y dificultando el acceso a mujeres mayores, con discapacidad, de entorno rural o con menos recursos económicos. Al desmantelar los espacios propios, obligan a perder la privacidad conquistada a lo largo de décadas. En un mismo edificio multifuncional, en breve, una madre que busca asesoramiento confidencial y amparo frente a una situación de violencia de género se arriesga a encontrarse con su propio hijo o hija solicitando información sobre campamentos de verano. El desprecio a la intimidad de las víctimas es absoluto.

Frente a esta ofensiva reaccionaria, las mujeres y las organizaciones feministas andaluzas nos plantamos. Este 8 de noviembre salimos a las calles de Sevilla para gritar que la lucha no se detiene y que no daremos un solo paso atrás. Todos los noviembres alzamos la voz contra las violencias machistas, pero este año la Marea Violeta se extiende para blindar la igualdad en todas sus trincheras. Que no nos escondan, que no nos nieguen, que no nos borren.

Desde todas las provincias andaluzas confluiremos en una marcha en la capital. Aquellos que al día siguiente intenten minimizar las cifras de asistencia en los medios se equivocan por completo: allí marcharán los cuerpos de compañeras, pero también las almas de millones de hombres y mujeres que creen firmemente en la igualdad. Tomen nota, la justicia social y la igualdad son innegociables. Las advertencias están escritas en primera plana. Aquí estamos.