Es la consigna del día: hay que matar al ministro Óscar Puente. Sin juicio previo o, como mucho, tras un consejo de guerra con las garantías propias de los consejos de guerra, esto es, casi ninguna. En política no existe la presunción de inocencia; muchas veces, ni siquiera la presunción de culpabilidad. No hay presuntos inocentes ni tampoco presuntos culpables: solo hay culpables, sin más matices ni zarandajas. ¿El hecho es nuevo? No necesariamente. Es cierto que no hay nada nuevo bajo el sol: lo nuevo no son las cosas que hay bajo el sol, lo nuevo es su proporción, su persistencia, su tempo, su ruido, su tamaño. Puede sostenerse con razón que nunca en política hubo presunción de inocencia, pero habrá que añadir a continuación que nunca la presunción de culpabilidad, y aun la culpabilidad misma, se dictaron con tanta premura y por tanta gente al mismo tiempo.
Un relato verosímil, pero parcial
Los mimbres del relato del ministro Óscar Puente sobre el accidente ferroviario de Urda son conocidos: el sistema automático de señalización de seguridad falló en un tramo de vías, por lo que varios trenes quedaron parados mientras desde el centro de control de Atocha un operario le ordenaba al AVE que reemprendiera la marcha a velocidad normal, cuando en realidad debió ordenarle que lo hiciera lentamente porque unos kilómetros más adelante permanecía estacionado un Iryio al que el AVE embistió por detrás. 69 muertos y decenas de heridos. El buen nombre de la alta velocidad española ya es cosa del pasado.
El relato del ministro es verosímil. ¿Y también parcial e incompleto? Desde luego, pero ello no justifica que, apenas unas horas después de la tragedia, ya se hubiera dictado su sentencia condenatoria. Simétricamente, el propio Puente ya había dictado sentencia absolutoria para sí mismo al atribuir a un fallo humano, y únicamente a un fallo humano, el accidente. Así que, ciertamente, quizá convendría precisar que en política sí hay presunción de inocencia, pero es la que dictamina para sí mismo el propio sospechoso, su gobierno o su partido; por eso, a este dictamen autoabsolutorio no deberíamos darle mayor trascendencia ni tenerlo demasiado en cuenta, del mismo modo que un tribunal de justicia no suele tomar en consideración las compungidas proclamas de inocencia del reo.
¿Quienes crean más odio?
La inocencia o culpabilidad del procesado vendrá determinada por las pruebas aportadas en la vista, no por lo que declare él mismo declare… salvo, claro está, que el pobre sea un político y el tribunal que lo juzga esté compuesto por adversarios ideológicos, enemigos mediáticos y descerebrados de las redes sociales. ¿Enemigos mediáticos? Así es: pues con haber sido con Puente muy duros los políticos de la oposición, sus reproches apenas aguantan la comparación con los insultos, desprecios y hasta procacidades de las columnas y editoriales de la prensa de derechas.
José Antonio Zarzalejos ha dicho del ministro que es “ignorante, agresivo, indolente”. Carlos Herrera afirma que España ha descarrilado y que “los servicios públicos están sometidos a un desgaste que podemos llamar criminal” y el ministro ha hecho “un alarde de soberbia tóxica absolutamente despreciable”, además de que “todo aquello tocado por Sánchez se descompone”. Y unos días antes, Juan Soto Ivars escribía que “es sociológicamente fascinante que millones de españoles estén dispuestos a votar a un puñado de corruptos, hipócritas, ladrones y manipuladores”.
Pero los supera a todos ellos cierto columnista de cuyo nombre quiero no acercarme para quien el ministro Puente “es ese esbirro de mazmorra con potro y hachón, es la misma muerte bamboleante, como un camello desfondado en el desierto, es el Igor de Sánchez, es el hombre del saco, es el percherón que relincha, es la guadaña de mondadientes, la boca de cepo y la piel de púas; es el chato de la banda, el cantinero de los muertos, el enterrador de lo público bajo la luna gótica, decadente y putrefacta del sanchismo”. La adscripción estilística, ciertamente algo apurada, del periodista al Valle Inclán de ‘El ruedo ibérico’ apenas logra sofocar el hedor del odio que desprende su prosa. Así que cabe preguntarse: ¿quiénes crean más odio, más división, más polarización: los políticos o los periodistas? ¿Las inmundas redes sociales o los medios y profesionales del periodismo oficialmente respetable?
Una carrera en el alambre
¿Es Puente responsable políticamente de la tragedia de Urda? En demasiado pronto para decir que sí, pero demasiado pronto también para decir que no. Falta mucho, casi todo, por investigar; piénsese que nueve meses después del accidente de Adamuz, todavía quedan muchos aspectos por aclarar. Prénsese en el accidente de Angrois: transcurrieron cuatro años hasta la celebración del juicio, que finalmente exculpó a ADIF, aunque conviene recordar que entonces la derecha ponía el foco en el maquinista para así exculpar al Gobierno de Rajoy, mientras que la izquierda enfatizaba que ADIF no hubiera activado en esa zona el sistema de frenado automático. Hoy es al revés: la izquierda pone el foco en los operarios del centro de control que dieron órdenes erróneas y pasa de puntillas sobre la caída del sistema de seguridad. En algunas cosas, izquierda y derecha se parecen, ay, demasiado.
Una cosa es segura: en el –demoscópicamente más que improbable– caso de que Pedro Sánchez vuelva a formar gobierno tras las elecciones del 29 de noviembre, Óscar Puente no volverá a ostentar la cartera de Transportes. Ni probablemente ninguna otra. Aun así, es poco probable que Pedro Sánchez vaya a destituir ahora a Puente porque, además de tenerlo en alta estima política, estamos en plena campaña electoral y el precio de su destitución sería demasiado alto al trasladar a la opinión pública la conclusión de que, en efecto y como sostiene la oposición, el ministro ha sido el responsable de lo sucedido. Lo cual no quita para que su carrera política haya encallado, quizá irremisiblemente, aunque solo sea porque la alta velocidad española ha perdido su buen nombre mientras él la tenía a su cuidado.