Abierto por derribo

Manuel Madrid Delgado

El sacramento de los ángeles perdidos

Un artículo sobre «Todos los ángeles alzaron el vuelo», de Eusebio Calonge y Paco de La Zaranda

Esta noche, en la Muestra de Teatro de Úbeda, La Zaranda, esa compañía de ninguna parte, volverá a convertir la palabra y las imágenes en emoción y belleza, en oración íntima. Esta noche, en la Muestra de Teatro de Otoño de Úbeda, volverá a obrarse el milagro y como viene siendo costumbre, serán pocos los testigos, porque ya sabemos que son muchos los llamados y pocos los elegidos.

Hace muchos años que, siendo mi primer año como director de la Muestra de Teatro Otoño, llevé a La Zaranda a las tablas del Teatro Ideal. Fue una noche de septiembre, en vísperas de Feria, con tormenta y goteras. Y desde entonces me he negado contumazmente a romper ese encantamiento en el que quedé sumido aquella noche inhóspita en el que algo único se desplegó en las tablas, un teatro hecho de repetición y gestos que iban arañando, que iban esculpiendo imágenes barrocas que hablaban de la soledad y del abandono. A poco que uno tenga la capacidad para dejarse llevar por lo que ve y por lo que oye, aunque no termine de comprenderlo o, aunque se le escape algún matiz, debe saber que se quedará atrapado por ese espectáculo grandioso de La Zaranda.

El 28 de noviembre de 2015, La Zaranda representó en Úbeda El grito en el cielo, una de sus obras más potentes y conmovedoras. Aquel día, un niño de ocho o nueve años asistió a la función; era el nieto de una de las conserjes y se fue con su abuela al teatro. Se sentó en uno de los palcos y todos dimos por hecho que terminaría dormido. Creo que los pocos afortunados que presenciamos aquella función pudimos levantarnos a duras penas de las butacas, atornillados a ellas como nos había dejado ese final potentísimo, de imágenes inolvidables construidas mientras todo lo llenaba el “Coro de los peregrinos” de la ópera Tannhäuser de Wagner. Cuando el niño bajó las escaleras para recoger a su abuela en la puerta del teatro, nos dijo algo que yo creo que calificaba a la perfección ese acto sobrecogedor al que habíamos asistido: “No he entendido nada, pero me ha encantado”.



¿Qué hay en la dramaturgia de Paco de La Zaranda, en las palabras de Eusebio Calonge, qué hay ahí escondido que permite maravillar a un niño, aunque no entienda la profundidad narrativa de lo que ve? Yo creo que en el teatro de La Zaranda hay un instante en el que uno deja de saber si está mirando a los actores que representan algo relacionado con la vida o si, arrebatadoramente, es la vida la que ha encontrado, por fin, un escenario en el que mostrarse sin disfraces, sin matices, despojada de las convenciones que la hacen soportable. Allí, sobre las tablas, de pronto está la vida con su tristeza y su grandeza, con su poquita esperanza, con su sonrisa áspera, la vida en toda su difícil plenitud. Y lo que comienza siendo función de teatro termina convertido en ceremonia y ofrenda, en la que la palabra adquiere la gravedad de una oración elevada por quienes ya no esperan respuesta. Y es entonces cuando adquirimos la certeza de que hemos acudido al teatro para asistir a una revelación.  

Como digo, esta noche se representa en Úbeda Todos los ángeles alzaron el vuelo, la criatura con la que ahora La Zaranda recorre los caminos del mundo. Nos dicen que es una obra que desciende hasta los márgenes de la vida que son habitados por los desheredados, por los que vieron como sus sueños se consumían en celdas oscuras. Por quienes, contra toda la lógica del sistema implacable, conservan una brizna de esperanza. La Zaranda vuelve, así, a ese territorio del que la sociedad —tú, yo, nosotros— aparta la mirada para no mancharse y vuelve porque sabe que es allí donde se puede encontrar lo sagrado, que no habita en la pureza ni en la virtud ejemplar sino en la irreductible dignidad de esos seres sin nombre que lo han perdido casi todo y, pese a ello, siguen portando una humanidad que no se les puede arrebatar.

Esa hondura en el mirar de La Zaranda, esa capacidad de adentrarse en el territorio infinito en el que habita lo radicalmente humano, es lo que convierte sus funciones en un sacramento laico, en una liturgia oficiada por los cuerpos gastados, por los objetos humildes sacados de los muladares, por los silencios que pesan más que los discursos, por las palabras que navegan hacia nosotros desde lugares anteriores al lenguaje. En La Zaranda hay lágrima, pero también sonrisa, porque hay humanidad, sobre todo humanidad. Y porque han entendido que incluso el humor más negro, ese que prescinde de toda piedad, es una forma de resistencia, una manera de resistir frente a las razones del consumo y de la producción, la última libertad de los que se niegan a entregar también su capacidad de reír y llorar en el mismo acto en el altar de la eficacia y la tecnología. Entonces, ¿habrá burla de la miseria en la obra de La Zaranda? Habrá liberación: porque se mira la miseria, pero no se la convierte en espectáculo; porque hay acercamiento a la derrota, pero no para recrearse en ella; porque en medio de lo sórdido se nos entrega una belleza que no sirve para hacer bonita ni amable la realidad sino para rescatarla de la indiferencia. Estoy convencido de que cuando esta noche contemplemos a los ángeles vencidos de La Zaranda no podremos salir a la calle como si algo no nos hubiera arrasado por dentro.

En La Zaranda hay más, siempre hay un paso más en la dirección del misterio. ¿Cómo consigue La Zaranda que sus espectáculos se transformen en terremotos poéticos, casi religiosos? Fundamentalmente por el oficio de los actores —Gaspar Campuzano, Paco Sánchez, Enrique Bustos… y en esta función Ingrid Magrinyá y Natalia Martínez—, que nunca entran y salen de sus personajes, sino que se funden con ese universo creado por Eusebio Calonge en el que habitan. Por eso no podemos imaginar las obras de La Zaranda sin sus cuerpos, sin sus voces, sin sus gestos y repeticiones, sin sus silencios, sin esa memoria compartida que les viene de hace casi cincuenta años y hecha con todas las epifanías del poema y del desencanto, de la tragedia y de la victoria, de la muerte y de Dios. Y es que los actores de La Zaranda no son intérpretes de un dramaturgia pasajera e irrepetible sino, en cierto modo, personajes de una obra interminable que se representa desde los años 70; criaturas que regresan una y otra vez —tozudas, enamoradas— a los abismos de un mismo sueño, ese en el que La Zaranda se manifiesta como una forma de existencia colectiva que necesita de los cuerpos y las voces y las miradas de sus actores para seguir soñándose.

Y todavía hay más en el teatro de La Zaranda, todavía hay más profundidad y más elevación. Todavía hay algo que no se agota en la denuncia social ni en la belleza de los vencidos, algo que no se termina en esa poesía que brota de los lugares en los que se rinde la vida. Todavía, en La Zaranda, hay Dios. No, necesariamente, el Dios domesticado de los dogmas y de las certezas, no el Dios que acude desde fuera a nuestras vidas para resolver el sufrimiento, no ese Dios. En La Zaranda está el otro Dios, el que tiembla como una presencia que se intuye en la oscuridad, el Dios que se manifiesta como una pregunta que sigue abierta cuando todas las respuestas han fracasado, el Dios que les susurra a todos los desheredados que son algo más que números, algo más que víctimas sin nombre de una sociedad injusta y estúpida.  Y es que Eusebio Calonge escribe desde una fe que no quiere ocultar las miserias del mundo porque es precisamente allí —en los cuerpos heridos, en las existencias desperdiciadas, en los seres agotados hasta la desesperanza— donde lo divino reclama la urgencia de nuestra mirada. Hay, claro que sí, algo de místico en el teatro de La Zaranda: pero no porque pretenda huir de la realidad para refugiarse en un edén incontaminado, sino porque busca el lugar imposible en el que se tocan el cielo y la tierra, en el que la caída ya tiene la promesa de la elevación y en el que la belleza no es simple adorno sino revelación y despliegue de lo numinoso.

Muchas veces se nos han figurado los personajes de La Zaranda criaturas de un sueño unamuniano, seres que ignoran a quienes los crean porque saben que al representar su propia condena, manifiestan algo que los trasciende. ¿Y si Dios no estuviera ausente de ese escenario desolado sino escondido en todos los que el capitalismo ha declarado prescindibles? ¿Y si los ángeles de Calonge fueran ángeles caídos no porque ya no pueden salvarse sino porque quieren gritarnos que solo desde el barro, solo desde la carne abierta en flor de herida, puede transfigurarse la realidad? ¿No nos enseñará el teatro esta noche que siempre hay una parte de nosotros —sostenida por algo que nos supera— que siempre permanece en pie cuando todo se derrumba? La poética de La Zaranda no nos va a elevar por encima de nuestra condición humana, sino que nos va a hundir hasta tocar el fondo donde dejan de ser contrarios el dolor y la esperanza, donde la risa brota junto al llanto, donde los derrotados conservan intacto su derecho de seguir contemplando la belleza del amanecer.

Estoy convencido de que gracias a La Zaranda sabremos hoy que los ángeles no son los que nunca cayeron sino aquellos que, después de haberse hundido en el lodo, siguieron conservando un pedazo de cielo en las alas.

(Disfruten del oficio que esta noche se nos ofrece y disculpen tan largo discurso.)