Antiguamente, la medicina y la pedagogía eran consideradas artes. Su práctica contribuía a remediar los males del cuerpo y combatía la ignorancia y la superstición, paliando muchos sufrimientos y miedos. Con el paso del tiempo y gracias a la evolución humana, estas artes se convirtieron en ciencias, ciencias imperfectas, pero ciencias, que contribuyeron a erradicar ciertas enfermedades, así como a expandir el conocimiento hasta límites nunca imaginados. Actualmente, ni artes ni ciencias, la salud y la enseñanza han devenido o degenerado en puro y duro negocio. Todo por la pasta. Economía y votos, un puñado de votos. Si el centauro Quirón levantara la cabeza se suicidaría como Séneca.
He leído muchos artículos sobre el progresivo declive del rendimiento educativo, basados en datos objetivos y contrastables de sesudos informes nacionales e internacionales, que confirman una y otra vez, año tras año, los agoreros presagios sobre la decadencia de la educación en España. He leído muchos artículos sobre el progresivo deterioro del sistema sanitario en los cuales se denuncian problemas como el retraso en las citas con especialistas, las listas de espera para pruebas y cirugía, la falta de personal sanitario en atención primaria, la progresiva privatización de servicios, etc. He visto muchos manifiestos y manifestaciones de profesionales y usuarios, protestas sindicales por motivos económicos o laborales, paros parciales y huelgas. ¿Resultados? Pocos o ninguno. Ciertas cesiones y concesiones, pan para hoy y hambre para mañana. Nunca se resuelven los problemas de fondo, los estructurales.
Sin embargo, curiosamente, la percepción tanto del sistema educativo como del sistema sanitario es relativamente buena, según predican diversas encuestas oficiales u oficiosas, para vanagloria de quienes las financian y manipulan. No se sabe si mienten o no dicen toda la verdad, si algo ocultan o directamente yerran. Lo que está claro es que la realidad dista de hojas de cálculo y bases de datos, sometidas a algoritmos y valores que acaban cuadrando los resultados que tecnócratas y burócratas necesitan o quieren. La realidad es otra, lejana, escapa a la comprensión y explicación lógicas, no tiene nada que ver con porcentajes, cifras o tecnicismos eufemísticos.
Quizás los que escribimos de estos temas, ya casi tabúes, y los denunciamos, parece que nos inventemos las cosas y critiquemos por criticar, siempre negativamente. Pero lo cierto es que la mayoría de sanitarios y docentes está preocupada por sus pacientes y alumnado, por no poder ofrecer el mejor servicio, por tener la sensación de engaño al usuario y la consiguiente desconfianza ante la aparente improvisación. Y lo peor, sienten impotencia de no poder ayudar convenientemente a esos enfermos que sufren, sienten y padecen o a aquel alumnado que más lo necesita, porque no puede acceder a la educación deseada por falta de recursos materiales y humanos, por falta de plazas o por no poder pagar el precio estipulado.
Y de fondo, el runrún de la progresiva externalización y privatización de servicios sanitarios y educativos públicos. Y lo pésimo, cómo enredan a sus profesionales, muchos de los cuales se venden o alquilan por horas a la privada, dejando de trabajar en la pública por las carencias, pero sobre todo por el dinero, un “yo al oro me humillo” quevedesco en toda regla. Academias y clínicas privadas pescan en río revuelto, abren sus puertas giratorias y se aprovechan sibilinamente de las fallas de sendos sistemas captando profesionales y usuarios. Eso sí, cuando hay problemas de verdad y el servicio no resulta rentable, pues se deshacen de unos u otros. Pacientes y alumnado de ida y vuelta, que transitan como almas en pena por lugares liminales que fagocitan sus expedientes.
Y más al fondo aún, muy cerca de la pesadumbre, la demandada y reivindicada, utópica diría yo, bajada de ratio de alumnado por clase o pacientes por consulta para ofrecer una atención más personalizada y de calidad. Cuando hablo de ratio, me refiero a la relación o cociente entre dos magnitudes, o sea, al número razonable de personas asignadas a un profesional o grupo. Desgraciadamente, los únicos ratios que se contemplan son los financieros, es decir, los indicadores de la situación de estos servicios, convertidos ya en empresas, sujetos a rentabilidad. Bueno, también se contemplan otros ratios, los de redes sociales, o sea, la repercusión o alcance de las excesivas respuestas a un tuit, con demasiados “me gusta” o retuits. Los clickbaits mandan. La otra realidad, la virtual, es cada vez más sórdida
Ratio (del griego antiguo logos, λόγος), significaba en latín lógica, razón o juicio. No es lógico, ni razonable ni juicioso mantener unas ratios de alumnado de las más altas de la OCDE y UE (35, 30 ó 25 alumnos por aula en cada etapa educativa) ni una ratio deficitaria en enfermería (6,2 en España y 5,1 en Andalucía, frente a 8,4 de media en Europa). Sí, ya lo sé, soy un exagerado y un loco desconcertado, pero pienso que otros cálculos en Educación y en Sanidad son posibles. Eso sí, no apuesto nada, que pierdo.