Ciudadano asombrado

Rafael Alarcón Sierra

El paseante y los carteles

Somos más que las palabras, pero sin ellas estamos perdidos

Desde que las aprendemos, jugamos con las palabras y con el efecto que provocan. De pequeños preferimos los muñecos, a los que hablamos o hacemos hablar entre sí. De mayores ya no los necesitamos: somos conscientes de que las palabras son los muñecos más dúctiles que podemos encontrar. Con ellas nos explicamos y nos engañamos, a nosotros y a los demás. Somos más que las palabras, pero sin ellas estamos perdidos.

Cuando paseo por la ciudad me fijo en los carteles que me salen al paso. Hasta hace poco, una frutería se llamaba «Super-López»: bonita forma de acabar un superhéroe integrado en su comunidad. Pero a veces estos letreros son verdaderos fósiles de otros tiempos. En el centro de Jaén todavía existe uno que dice: «Habilitación de clases pasivas». Las palabras aparecen dispuestas en zigzag, como la zeta del Zorro, con cierto aire dinámico y a la vez inactual. Olvidemos por un momento lo que significa la frase: los más jóvenes ni siquiera lo sabrán. Yo mismo me lo preguntaba de pequeño. Echemos a volar la imaginación: en esa oficina, donde me figuro tras el mostrador a un señor mayor, trajeado, con lentes y mirada lejana, algo aburrido por la falta de clientela, rodeado de muebles de madera oscura, ficheros y papeles polvorientos, ¿qué es lo que se hace? ¿Te convierten de una persona pasiva en otra activa o es al contrario, de activa en pasiva? ¿Y qué son las «clases pasivas»? ¿Será un olvidado y revolucionario método de enseñanza? El señor sabio empezaría diciendo: «Con mi fórmula, en una clase pasiva se aprende mil veces más que en una activa: usted solo tiene que dejarse hipnotizar…». Ya ven que cuando me pongo a elucubrar puedo llegar a ser terrible…



Esto me trae un recuerdo de mi infancia. Mi abuelo tenía un bonito certificado en la pared donde, entre dibujos alegóricos, constaba que era «Tenedor de libros». ¡Qué expresión tan rotunda, oigan! No había manera de no imaginarse a mi abuelo con un tenedor en la mano pinchando con glotonería un montón de libros a su alrededor. Pero lo más curioso es que la expresión no tenía nada que ver con la gastronomía. Tampoco con la literatura. Solo se relacionaba con las matemáticas, pero con las más humildes: las sumas y restas de la contabilidad. ¡Qué raras son a veces las palabras! O mejor dicho: ¡qué raras son las palabras cuando sobreviven al mundo que las inventó!