Correcalles

Sonia Jiménez Tirado

La mochila de la vida

En ella guardamos ese manojito de culpas, algunas bien dobladas y otras hechas un ovillo

Hace unos días, mientras leía a mi amigo Miguel Ángel Cañada en su artículo «Los de Cuevas Negras», en este mismo medio, y me detenía en aquellas mochilas que cargaban entonces, la cabeza se me fue por otros derroteros. Pensé en las que llevamos de forma perenne, las que no se dejan en el suelo al llegar al destino para aliviarte de la carga. Esas que viajan con nosotros a todas partes, aunque nadie las vea.

En ellas guardamos ese manojito de culpas, algunas bien dobladas y otras hechas un ovillo, embolsadas al vacío para dejar espacio a los perdones que llegaron tarde. También llevamos las palabras que debimos decir y las que no, los silencios con los que herimos y con los que nos hirieron y las despedidas que no supimos cómo afrontar.



Un equipaje curioso, hecho a medida, que se cuelga sobre los hombros de noche y de día.

Las nostalgias, por su parte, las envolvemos en una toalla para que no se rompan. Las tratamos como un frasco frágil de perfume: abrimos el tapón de vez en cuando para recuperar un olor, una voz o una tarde cualquiera, especialmente en los días rojos del calendario, en los días de lluvia y también en los días luminosos en los que la felicidad, por tanto que brilla, nos parece excesiva.

Caminamos por la vida con nuestra mochila invisible, una carga que cuanto más se ignora, más pesa.

En el bolsillo interior, con doble cremallera, portamos el recuerdo: un pasado lleno de vivencias irrecuperables e irreparables que, en innumerables ocasiones, actúan como pesas en una balanza para desequilibrar el presente. También van ahí los últimos abrazos.

Lo que quisimos ser y no fuimos va en el compartimento impermeable para que nada de lo que somos ahora le afecte. ¡Qué injustos somos con nosotros mismos!

Y en algún rincón, en el que no nos gustar hurgar, guardamos los miedos. Esos que hemos aprendido a disimular con una sonrisa, con una respuesta rápida o con un «todo bien». También los heredados por lazos de sangre, los que llegaron sin avisar después de una pérdida o un fracaso cuando todavía no estábamos preparados.

Pero esa mochila va cambiando de contenido a lo largo de los años y, de repente, algo que nos pareció insignificante adquiere un peso inesperado. Hay días en los que caminamos ligeros y otros en los que cualquier cuesta parece una montaña. Y es que tal vez el camino tenga más que ver con la carga que con el trayecto.

Y, reflexionando, caí en la cuenta de que quizá la vida consista, en parte, en aprender a hacer inventario. Vaciar nuestra mochila de vez en cuando y preguntarnos qué merece seguir caminando con nosotros y qué no.

Es imposible cambiar el pasado, pero sí decidir cuánto espacio le concedemos en el presente.

Aceptar no es lo mismo que olvidar, pero aligera.

Porque hay cargas que no debemos llevar eternamente y otras que, aun pesando, nos recuerdan de dónde venimos, a quién quisimos y quiénes fuimos.

Y al final, nadie llega a su destino con una mochila vacía sobre los hombros porque sin víveres es imposible vivir.