Dentro y fuera

Carolina Samper

Malgastando el sol antes de la lluvia

El paradigma de gestión del agua en nuestro país está obsoleto desde hace años, pero es ahora cuando se ve más claramente la emergencia de reaccionar

 Malgastando el sol antes de la lluvia

Olivar.

La sequía nos asedia de tal manera que hasta en Misa se pide por la lluvia en mi parroquia de Linares, todos los domingos y las fiestas de guardar. Acercar la lluvia y alejar las plagas está en el origen de todas las procesiones y romerías que, en este mayo, hacen las delicias de los candidatos jiennenses a las elecciones municipales. No hay mejor marco para hacer campaña que un baño de multitudes, eso sí, en seco, porque no cae ni una gota. Pedir la victoria o la lluvia, ese es el dilema. ¡Que Dios y la Virgen los cojan confesados!

‘La sombra de un árbol, por mucho que se adelante sobre la llanura a la caída de la tarde, no se desprende de su tronco’, hacía decir Kalidasa en El reconocimiento de Shakuntala. A nuestros olivos ya no les queda sombra para adelantarse a tanto sol y, sin agua, en el olivar tradicional no hay brotes verdes. ¿Quién va a proteger nuestras lomas de esmeralda, peinadas con lenguas de tierra y arena, de la tentación de buscar agua donde no la hay o de arrancar árboles centenarios para plantar olivares superintensivos? Camino a Jaén he visto ser desprendidos de su sombra ya a cientos de árboles sin nadie que los llore, sin una Tita Cervera que se encadenara. ¿Cómo gestionar tanta necesidad de agua en un futuro seco? ¿Cómo evitar el arboricidio que nos acecha? La auténtica riqueza de un lugar debería medirse en el número de árboles y en la identidad irremplazable de cada uno. También, más que en la cantidad de agua disponible, en la inteligencia colectiva para distribuirla y rentabilizarla. Sin olvidar la riqueza en sol.



El paradigma de gestión del agua en nuestro país está obsoleto desde hace años, pero es ahora cuando se ve más claramente la emergencia de reaccionar, de legislar, de ordenar y prever; de alcanzar acuerdos entre administraciones públicas; de consultar al sector; de implicar a los ciudadanos; de intensificar la investigación; de compensar lo que se quita por un lado dando por el otro lado. Esa es la filosofía de los objetivos de desarrollo sostenible (ODS), no paralizar el progreso, sino equilibrarlo para garantizar la sostenibilidad de los recursos naturales, sin dejar a nadie fuera de la ecuación. Para ello, hay que concebir las políticas públicas y el comportamiento social de manera holística y alinearlos tendiendo puentes entre ideologías, administraciones, actores sociales y económicos.

Hace falta un verdadero cambio de cultura política para afrontar el cambio climático en nuestro país, no vale más de lo mismo: ni demagogia, ni populismo; ni la estratagema número 32 del Arte de tener razón de Schopenhauer, ni la tradicional guerra de relatos. La polémica internacional, alimentada desde el Gobierno de España sobre Doñana en época electoral como arma arrojadiza contra el Gobierno andaluz, es un ejemplo de cómo no se deben hacer las cosas. Dejando el fondo de la cuestión aparte, ha sido, probablemente, la peor campaña de marketing internacional que han tenido nuestro país y nuestra comunidad autónoma en los últimos años y, curiosamente, nadie llora por los honores arrancados de cuajo del vergel donde antes crecían las marcas España y Andalucía. Solo los tontos se dan tiros en el pie.

El falso dilema entre crecimiento y sostenibilidad está servido sobre las ramblas del discurso político, secas de ideas y mentes abiertas, enrocadas en la endogamia dialéctica y genética. Mientras, pagamos a precio de oro la energía generada allende los mares para calentar o enfriar nuestros hogares. Fuera brilla el sol y aún son pocos los que lo cazan para hacer caja, por mucho que las cifras estén creciendo. ¿Estamos ciegos o deslumbrados?