Dentro y fuera

Carolina Samper

Memoria ideológica

Pongamos que se llamaba Ernestina Martínez, aunque ese no era su verdadero nombre. Una mañana se presentó en un ayuntamiento jiennense vestida de riguroso...

 Memoria ideológica

Foto: EXTRA JAÉN

El Guernica de Picasso.

Pongamos que se llamaba Ernestina Martínez, aunque ese no era su verdadero nombre. Una mañana se presentó en un ayuntamiento jiennense vestida de riguroso luto y con el semblante apagado. Eran los años en los que comenzaba a gestarse socialmente el movimiento en favor de la memoria histórica. Ernestina no entendía por qué en el monumento que un colectivo había inaugurado en el cementerio municipal para honrar a las víctimas de la Guerra Civil no figuraban el nombre de su padre ni el de su hermano, arrojados vivos a un pozo por el ‘delito’ de ser propietarios. -Quizá como murieron en el campo, se les habrá olvidado incluirlos -explicó Ernestina a la persona que la atendió, con la esperanza de que se pudiera restañar su ausencia. Ernestina no acertaba a entender que aquellas personas que trabajaban para recuperar la memoria de las víctimas de la Guerra Civil lo hicieran solo con las de un bando.

‘Reconciliar’ a dos partes reconociendo a una e ignorando o culpabilizando a la otra es un contrasentido, la pura definición de volver a enfrentar. Reconciliar priorizando una parte es ser un lobo con piel léxica, política y propagandística de cordero. Se puede intentar justificar, como se hace, con que las víctimas de un bando ya fueron reconocidas y ahora les toca a las otras; pero ese argumento no construye la paz, no une, no sanas heridas. En contraste, encierra una lógica de revancha, de nuevos vencedores, antes vencidos, de querer dividir a la sociedad española para garantizarse un futuro en el Gobierno.
La lógica tras el movimiento social y político de la memoria histórica o democrática en nuestro país, con reflejo en el marco jurídico y en el debate público, tristemente, solo reconoce a unas víctimas como buenas e ignora o condena a las otras. Familiares de víctimas como Ernestina, que sienten el mismo dolor, son de segunda clase. De reojo, esta memoria parcial, que reescribe la historia en blanco y negro, sin matices, y omitiendo una gran parte, tácitamente justifica el asesinato de la mitad de las víctimas por estar en el bando equivocado, el que no era democrático frente al que sí lo era, según reza el relato oficial.

Sin embargo, los hechos históricos dejan muy claro que en la Guerra Civil española ninguno de los dos bandos luchaba por la democracia. La contienda fue un duelo a muerte entre dos tipos de dictaduras en proyecto, una comunista y la otra fascista, ambas deleznables, por lo que ambas deberían ser condenadas en una sociedad democrática como la nuestra. Las víctimas de aquel duelo fueron todas. La barbarie fue universal en un bando y en otro, los condenados a muerte lo fueron de forma injusta en un bando y en otro, los odios y las revanchas se dispensaron con las armas y la tiranía del poder en un bando y en el otro. La libertad no existía en un bando ni el en otro. Los derechos humanos no se respetaron ni en un bando ni en el otro. El hecho de que la dictadura de Franco durara tantos años y prolongara la agonía de las víctimas de uno de los bandos no puede justificar que ahora, en una democracia, hagamos lo mismo que hizo el dictador, pero al revés.



Y para más inri, una visión ideológica y sesgada de la historia acompaña estas políticas públicas y protagoniza el debate en la esfera pública, a través de un relato oficial que dibuja una democracia republicana idílica mancillada por el levantamiento de Franco. La realidad es que cuando Franco se sublevó por la fuerza contra la República hacía ya mucho tiempo que la República había fracasado como institución democrática. Los republicanos con ideas moderadas tenían que huir de España para salvar sus vidas perseguidos, no por Franco -que también habría ido a por ellos más tarde- sino por la izquierda radical republicana que había tomado las calles y las armas. El Gobierno republicano no hacía respetar el imperio de la ley o principios básicos como la seguridad y el orden público. Tampoco se protegía el derecho a la propiedad privada, ni la libertad política o de expresión y, por supuesto, menos aún a la libertad religiosa. Derechos y libertades que debían haber sido amparados y salvaguardados si de una democracia se hubiera tratado, pero no era así. La verdad nos hace libres. La mentira, presos.

- ¿Hubo un bando bueno y otro malo? -Los dos fueron malos, contesto a mis hijos adolescentes cuando me preguntan. Y les explico que en ambos lados hubo situaciones trágicas y hechos horrendos, que todas las víctimas fueron, son y deberían ser víctimas de pleno derecho. Que una guerra es una tragedia para todos. Que una dictadura es una tragedia para todos. Que España con su Monarquía parlamentaria ha sido uno de los casos más exitosos en el mundo de transición pacífica desde una dictadura hasta una democracia, gracias a la capacidad de los españoles para perdonarse. También les digo que es muy positivo que ahora se reconozca a aquellas víctimas que se sintieron ignoradas durante la dictadura, pero que nunca debe ser a base de olvidar a las demás, ni de construir un relato, una memoria histórica y, supuestamente democrática, basada en la lógica de la polarización y la culpabilización de una parte, con claros fines electoralistas. No, eso no es bueno para las víctimas, ni para la reconciliación, ni para la democracia, ni para España.