Los establecimientos se han ido viendo desplazados paulatinamente por las plataformas de comercio electrónico, una tendencia que provoca que para mantenerlos sea imprescindible, más que nunca, aplicar el refrán de “renovarse o morir”.
Está claro, como sucede también con nuestro olivar, que la mecanización y la introducción de las nuevas tecnologías aplicadas al mercado laboral, han sido beneficiosas para productores y para consumidores, aunque tampoco es menos cierto que no debemos relegar lo tradicional a los museos, ya que es una parte de nuestra historia, cultura, forma de vida e, incluso, de nuestro día a día.
En el equilibrio necesario entre el desarrollo y tradición está la virtud y a ella sólo se llega si se trasladan al consumidor las ventajas del comercio tradicional que tienen que ir más allá de los sentimientos de empatía y solidaridad por parte del cliente y de una motivación sin sentido práctico que venga por parte del comerciante.
La solución pasa por crear un establecimiento atractivo, un escaparate llamativo y un servicio efectivo al cliente, imprescindibles para lograr una ventaja competitiva en el trato humano. También el pequeño empresario tiene que empezar a trabajar con bases de datos de clientes potenciales: conocer sus gustos, trasladar la diferencia en precios con un valor añadido de gestión del tiempo llamándolos y guiándolos en el proceso para evitar que reciba información errónea y que se decida por lo que no necesita o compre de forma incorrecta. No podemos olvidar la formación. Los comerciantes tienen que ser cada vez más técnicos y especialistas. También a Administración debe potenciar los centros comerciales abiertos y gestionar actividades que saquen a la gente de sus móviles, a la par que seguir apostando por la creación de sinergias y fomentar el asociacionismo, así como hacer ver socialmente que estos centros son los que dan mayor número de oportunidades laborales fidelizando la población en las zonas rurales y animan a la innovación, creación y mejora de los pequeños frente a los grandes gigantes que, ni siquiera, tienen capital español.
La resignación y la aceptación de inferioridad no es buena porque puede existir un gran nicho de mercado aún en el comercio tradicional. Sólo hay que plantear en muchos ámbitos si merece la pena aceptar los cambios y adaptarse o cerrar los comercios esperando la muerte de lo que nos ha acompañado toda la vida de generación en generación durante milenios.