Después de tantas vueltas por la provincia, hablando con gente de los pueblos, de las ciudades, del campo y de los bares, uno termina teniendo un termómetro electoral bastante fiable. No tendrá la precisión de una encuesta, pero al menos no necesita cocinar los datos para que salgan como uno quiere.
Y lo que se escucha empieza a ser curioso: el PSOE parece recuperar terreno, el PP no termina de levantar cabeza y Vox sigue creciendo. Lo verdaderamente llamativo es que muchos votantes populares quieren que Sánchez se marche, pero cada vez parecen menos convencidos de que Feijóo sea quien deba sustituirlo.
Porque una cosa es querer echar a Sánchez y otra muy distinta tener ganas de poner a Feijóo. El líder del PP llegó con la victoria prácticamente anunciada. Bastaba con esperar a que Sánchez se desgastara, recoger los votos y entrar en La Moncloa. Una operación sencilla, salvo por un pequeño inconveniente: el inquilino no termina de marcharse y quien esperaba ocupar la vivienda empieza a tener problemas con la inmobiliaria.
Sánchez lleva años políticamente acabado, según sus adversarios. Debe de ser un cadáver con una salud extraordinaria, porque sigue resistiendo mientras la oposición empieza a preguntarse si tiene candidato para el entierro electoral.
Mientras tanto, Vox crece y el PP pierde ese entusiasmo que parecía acompañar al cambio. Quizá el problema sea que Feijóo lleva demasiado tiempo esperando que Sánchez se equivoque, sin terminar de convencer de que él pueda acertar.
El PP quiere cambiar el Gobierno, pero puede acabar cambiando de presidente. En la calle también se habla de economía, de los millones que debemos a Europa y de esa España que, según los discursos oficiales, marcha estupendamente. Aunque debe de ser una España distinta de la que visita el supermercado, paga la hipoteca o recibe la factura de la luz.
El PIB crece, los indicadores sonríen y el Gobierno presume de resultados. Después llega el ciudadano a la caja y descubre que el crecimiento económico tiene una curiosa habilidad para no llegar a su bolsillo. La economía debe de ir magníficamente. Lo que no sabemos es en qué España vive la gente que la disfruta.
Pedro Sánchez, por su parte, parece tener una tarjeta de presentación internacional bastante más brillante que la nacional. Fuera se mueve con soltura; dentro, cada semana tiene que superar otra prueba de supervivencia política. Y, aun así, hay ciudadanos que consideran que sus medidas económicas son las que se pueden hacer dentro de las posibilidades de España.
No es entusiasmo por Sánchez. Es, sencillamente, que algunos prefieren lo conocido a una incertidumbre que no termina de convencerles. Y aquí aparece otro actor que merece atención: la banca.
Los bancos no se han vuelto socialistas, ni falta que les hace. Su ideología suele estar bastante bien definida en los balances, los beneficios y la estabilidad de los mercados. Pero tampoco parece que estén deseando lanzarse a una aventura económica con la ultraderecha.
Observan lo que ocurre en Argentina, ven las políticas de Milei y quizá se preguntan si conviene importar el modelo completo o dejarlo como una experiencia para estudiar desde la distancia. La banca no quiere al PSOE; quiere tranquilidad. Y si para mantenerla tiene que convivir con Sánchez, pues convive.
Los bancos no se han vuelto progresistas. Simplemente, a veces, la calculadora tiene más sentido común que un mitin. Y eso debe de resultar bastante incómodo para quienes esperaban que los poderes económicos se sumaran en bloque a su cruzada contra el presidente.
Pero la verdadera ironía está en Génova. Feijóo llegó para sustituir a Sánchez y puede terminar siendo sustituido él mismo. El partido que lleva tanto tiempo anunciando el cambio quizá tenga que empezar por cambiar al encargado de anunciarlo.
Porque si el PP no consigue convencer a sus propios votantes, si Vox continúa creciendo y si las encuestas dejan de acompañar, la pregunta ya no será cuándo se marcha Sánchez, sino cuánto tiempo puede seguir Feijóo al frente del partido. Feijóo quería ser el cambio. Y puede terminar descubriendo que el cambio era él.
Mientras tanto, seguiremos dando vueltas por la provincia, escuchando a la gente, que suele tener menos asesores, pero bastante más contacto con la realidad. Las encuestas pueden equivocarse, los políticos pueden equivocarse y los argumentarios pueden equivocarse todavía más. Pero hay una paradoja que empieza a tomar forma: el PP lleva tanto tiempo preparando el cambio de Gobierno que puede terminar cambiando de presidente antes de cambiar de Gobierno.
Y entonces sí que habrá renovación. Feijóo habrá conseguido el cambio que tanto ha prometido, aunque quizá no sea exactamente el que tenía previsto. Porque, si Sánchez no termina de marcharse y el PP no termina de convencer, puede que en Génova alguien llegue a la conclusión de que el problema no está en La Moncloa, sino en quien lleva tanto tiempo intentando llegar a ella.
Y así, después de tanto anunciar que Sánchez tenía que irse, Feijóo podría terminar descubriendo que, para que haya cambio en España, el primero que tiene que cambiar es él.
Manuel Palomo
Palomos de papelEl termómetro de la calle: Feijóo, cuidado, que el cambio puede ser usted
El partido que lleva tanto tiempo anunciando el cambio quizá tenga que empezar por cambiar al encargado de anunciarlo