La política tiene estas cosas. Lo que ayer era una pésima idea, hoy puede convertirse en una oportunidad; y lo que hace unos meses parecía la gran solución, de repente empieza a parecer un problema. Todo depende, naturalmente, de quién tenga que comerse la tortilla.
El adelanto de las elecciones generales parece haber cambiado el menú político de Jaén. Los socialistas no querían elecciones anticipadas y los populares las reclamaban. Pero la política, que es muy caprichosa, ha decidido darle la vuelta a la tortilla.
Y ahora toca hacer cuentas. Porque si las elecciones municipales llegan después del ruido de las generales, habrá que ver quién consigue llevar la conversación a su terreno. Y en Jaén el terreno es bastante conocido: baches, zona azul, obras, plazas, inauguraciones, promesas, proyectos y fotografías con casco de obra. Lo demás —Sánchez, Ceuta, la fruta y todos esos asuntos que tanto llenan los debates nacionales— probablemente tendrá que hacer las maletas durante unos días.
Porque cuando llegue mayo habrá que hablar de lo que ocurre en la calle. Y ahí los alcaldes tienen una ventaja: siempre queda algún bache por fotografiar, alguna obra por inaugurar o alguna plaza a la que poner una placa. La política municipal tiene esa maravillosa capacidad de convertir una obra terminada en tres inauguraciones: la presentación, la visita y la foto definitiva.
Y mientras unos preparan el discurso municipal, otros empiezan a mirar la calculadora. Juan Latorre, secretario general del PSOE de Jaén, quizá pueda respirar un poco más tranquilo si las previsiones que circulan sobre la Diputación terminan pareciéndose a la realidad: 14 diputados provinciales para el PSOE, 12 para el PP y 1 para Vox. No sería precisamente para descorchar champán, pero sí para dormir algo mejor.
Porque enfrente está Erik Domínguez, que también tendrá que hacer sus propios números. Y aquí aparece una de esas paradojas que tanto gustan en política: lo que hace un año podía parecer una oportunidad extraordinaria, hoy puede empezar a parecer una apuesta de riesgo. Ser delegado del Gobierno de la Junta de Andalucía es una posición conocida, con despacho, responsabilidades y futuro inmediato. Convertirse en portavoz de la oposición en la Diputación sería otra película. Y quizá por eso alguien pueda estar pensando aquello de: “Virgencita, que me quede como estoy”.
Porque una cosa es presentarse ante los militantes y ante la opinión pública como candidato a presidir la Diputación y otra bastante diferente terminar sentado en los bancos de la oposición explicando por qué no se consiguió.
Y ahí la tortilla vuelve a darse la vuelta. Podría darse incluso la curiosa circunstancia de que Erik Domínguez terminara su etapa al frente del PP provincial sin haber alcanzado la Presidencia de la Diputación y sin haber conseguido cambiar la sede del partido.
Dos objetivos diferentes, sí. Pero en política hay objetivos que, con el tiempo, adquieren una importancia extraordinaria... hasta que llega la campaña electoral y los ciudadanos recuerdan que tienen problemas bastante más terrenales.
Porque, seamos sinceros, al ciudadano de Jaén le preocupa bastante menos dónde está la sede del PP que dónde está el bache que le rompe el coche. Y probablemente también le importe poco si el PSOE hizo unas primarias más o menos complicadas. Al ciudadano le interesa bastante más si encuentra aparcamiento, cuánto paga por la zona azul y cuándo se termina la obra que lleva meses soportando delante de casa.
Así que quizá haya llegado el momento de distinguir entre la política que interesa a los partidos y la política que interesa a los ciudadanos. Las primarias, las sedes, los congresos y los equilibrios internos son apasionantes para quienes los viven. Para el resto, pueden esperar. Sobre todo porque los tiempos no parecen precisamente los más apropiados para grandes mudanzas, alquileres, compras de locales y operaciones inmobiliarias partidistas. Primero las elecciones. Después ya veremos dónde se colocan los muebles.
Y así llegamos al curioso escenario de Jaén: los que ayer pedían adelanto quizá empiecen a echar cuentas; los que no lo querían quizá descubran que no era tan mala idea; unos intentarán hablar de España y otros intentarán que se hable exclusivamente de Jaén.
Y en medio, los ciudadanos, que probablemente sigan esperando que alguien les arregle el bache.
Porque al final la tortilla política puede darse todas las vueltas que quiera. Pero cuando llega la hora de votar, quien decide si está bien hecha o se ha quemado es el ciudadano.