Palomos de papel

Manuel Palomo

La feria, nadie sabe nada, pero todos tienen información privilegiada

Para conocer la casa propia hace falta una comisión de investigación; para conocer la del vecino basta con apoyar los codos en la barra

Si uno quiere conocer el futuro político de la ciudad, puede asistir a una reunión del partido, leer los comunicados oficiales o escuchar las declaraciones de sus dirigentes. Aunque, pensándolo bien, hay un método mucho más eficaz: darse una vuelta por la feria, acercarse a una caseta política y pedir una cerveza.

La investigación comienza con las preguntas de rigor:

—¿Cómo va la lista al Congreso?

—No tengo ni idea.

—¿Y de cara a las municipales? ¿Quién va de concejal?

—Todavía no se sabe nada. Eso pasado San Anton.

Uno respira tranquilo. Está ante un partido hermético, disciplinado, perfectamente organizado y con una capacidad de guardar secretos digna del servicio de inteligencia. Allí no se filtra ni el precio de un plato de jamon.

Pero entonces, por pura curiosidad, uno pregunta por el partido de enfrente.

Y ocurre el milagro.

El que hace un minuto no sabía ni quién iba en su propia lista se transforma en analista político, periodista de investigación y confidente de los servicios secretos. De repente, conoce los candidatos del adversario, sus guerras internas, sus pactos, sus traiciones y hasta quién dejó de saludar a quién en una reunión celebrada hace tres meses.

Ese no va a repetir.
Allí tienen un lío tremendo.
Y cuidado con fulanito, que está esperando su momento.

¡Extraordinario! Para conocer la casa propia hace falta una comisión de investigación; para conocer la del vecino basta con apoyar los codos en la barra.

La pregunta es inevitable: ¿cómo se puede saber absolutamente todo del partido de enfrente y no tener ni idea de lo que está pasando en el propio? ¿Es inteligencia política, espionaje de proximidad o simplemente que resulta mucho más entretenido vigilar al vecino que arreglar los problemas de casa?

Pero la feria todavía guarda sus mejores momentos. Basta con mencionar un nombre propio para que alguien baje ligeramente la voz, mire a ambos lados y pronuncie la frase que inaugura oficialmente la temporada de rumores:

—Yo no sé nada, pero algo he oído.

Esta expresión debería figurar en los estatutos de todos los partidos. Es la fórmula perfecta para participar en cualquier conspiración sin asumir responsabilidad alguna. Nadie afirma nada, nadie confirma nada, pero todos salen convencidos de que algo está pasando. Y, por supuesto, nadie recuerda quién empezó el rumor. La fuente siempre es alguien muy cercano a alguien que conoce a otro que estuvo presente cuando alguien dijo algo. Periodismo de precisión, vamos.

Después llega la segunda cerveza, el tinto y, finalmente, las copas. Y con cada ronda, la democracia interna gana transparencia. Los nombres empiezan a salir. Los candidatos adquieren apellidos. Los rumores encuentran fechas. Las viejas rencillas recuperan protagonistas y aparecen aspirantes que, oficialmente, no aspiran a nada, aunque llevan meses recorriendo la ciudad como si estuvieran en campaña para la presidencia de la comunidad de vecinos.

A esas alturas, la caseta se ha convertido en una mezcla de comité electoral, centro de inteligencia. Solo falta un moderador y un acta, aunque probablemente nadie querría firmarla. Lo verdaderamente fascinante es que, al día siguiente, si uno vuelve a preguntar por los mismos asuntos en una reunión formal, todo regresa a la normalidad:

No hay nada decidido.
Cuando haya novedades, se comunicarán.

Naturalmente. Y el día anterior tampoco se dijo nada. Lo que pasa es que algunos tienen una memoria selectiva extraordinaria, especialmente cuando las conversaciones han tenido lugar cerca de una botella.

Por eso la feria es, probablemente, el mejor mentidero de la ciudad. No porque allí se conozca siempre la verdad, sino porque allí se descubre algo mucho más interesante: quién quiere que los demás crean que conoce la verdad y quién disfruta haciéndole creer que se la está contando.

Eso sí, conviene recordar que un rumor repetido en diez casetas sigue siendo un rumor. Aunque, en política local, a veces basta con que circule lo suficiente para que termine provocando más movimientos que una decisión oficial.

Así que quizá deberíamos dejar de organizar tantas reuniones informativas y apostar por una solución más práctica: una feria política al mes. Sin orden del día, sin discursos y sin comunicados finales. Solo casetas, barras y preguntas incómodas. Las candidaturas se podrían consultar en la primera ronda; los pactos, en la segunda; y las guerras internas, con un poco de suerte, antes de que llegue la hora de cerrar. Sería una medida barata, participativa y probablemente más reveladora que muchos congresos de partido.

Porque en las reuniones oficiales nadie sabe nada; en la feria, todos saben demasiado. Y cuando alguien asegura que no tiene ni idea, lo mejor es no insistir demasiado pronto. Pida otra ronda. Puede que entonces aparezca el candidato. O el enemigo. O el que lleva años esperando que lo nombren candidato mientras asegura que él está en política por servicio público.

Y si al final no se descubre nada, tampoco pasa nada. Al menos habremos confirmado que la ciudad necesita más transparencia, mejores mecanismos de información y, visto lo visto, una feria con más frecuencia. Porque hay partidos que celebran congresos para elegir candidatos, pero en nuestra ciudad parece que las listas se terminan de confeccionar en la barra de una caseta.

Y lo más curioso es que, al terminar la feria, todos seguirán diciendo que no saben nada.

Eso sí: cada uno sabrá perfectamente lo que hacen los demás.