Confieso que este fin de semana me ha ocurrido algo curioso con la visita de León XIV a Madrid. He visto al Papa en los informativos, en las tertulias, en las portadas de los periódicos y en las declaraciones de prácticamente todos los partidos políticos. Hemos analizado sus reuniones, sus discursos, sus gestos, sus fotografías y hasta sus silencios. Durante unos días, parecía imposible escapar de su presencia en la conversación pública española.
Y, sin embargo, había algo que no dejaba de llamarme la atención.
Mientras escuchaba horas y horas de análisis, apenas oí una referencia a la encíclica que publicó hace apenas unas semanas sobre la inteligencia artificial, el poder económico y el futuro de nuestras sociedades. Una encíclica que, independientemente de las creencias religiosas de cada uno, contiene probablemente una de las reflexiones más profundas e incómodas que se han formulado este año sobre algunos de los desafíos más importantes de nuestro tiempo.
Lo sorprendente para mí, sin ser creyente, aunque sí interesado en los debates internos de la Iglesia, es que se produzca este silencio especialmente cuando el Papa aborda cuestiones fundamentales y actuales para todos nosotros, relacionadas con la dignidad humana, el trabajo, la justicia, la democracia o los límites del poder económico, es decir, una parte de la doctrina social católica a la que respeto profundamente.
Porque no estamos hablando de una encíclica dedicada a cuestiones litúrgicas o teológicas. Estamos hablando de un documento que plantea preguntas sobre quién controlará la inteligencia artificial, quién se beneficiará de sus enormes ganancias de productividad, qué ocurrirá con millones de trabajadores en las próximas décadas y cómo evitar que el poder tecnológico termine concentrándose en unas pocas manos.
Es decir, preguntas profundamente políticas. Preguntas profundamente económicas. Preguntas profundamente democráticas. Y, sin embargo, casi nadie pareció interesado en debatirlas. Quizá porque la encíclica tiene una característica poco habitual: resulta incómoda para todos.
No encaja fácilmente en los esquemas de la derecha contemporánea, que suele contemplar la innovación tecnológica con una mezcla de admiración y confianza, como si cualquier avance técnico fuera automáticamente un avance social. El documento recuerda algo que a menudo olvidamos: que una tecnología puede ser extraordinariamente eficiente y, al mismo tiempo, generar nuevas desigualdades, concentrar poder o debilitar la autonomía de las personas.
Pero tampoco encaja cómodamente en determinados sectores de la izquierda actual. Históricamente, la izquierda nació preguntándose quién poseía los medios de producción, quién acumulaba el poder económico y cómo se distribuían los beneficios del progreso. Sin embargo, da la impresión de que en demasiadas ocasiones esos debates han quedado relegados por otras discusiones más inmediatas, más simbólicas o más rentables electoralmente.
Y resulta paradójico que algunas de aquellas viejas preguntas estén reapareciendo hoy formuladas desde el Vaticano. Porque, al final, la inteligencia artificial vuelve a plantear cuestiones muy parecidas a las que surgieron durante la Revolución Industrial.
¿Quién controla las herramientas fundamentales de la economía? ¿Quién se apropia de la riqueza generada? ¿Quién toma realmente las decisiones? ¿Quién gana poder y quién lo pierde?
No son preguntas religiosas. Son las mismas preguntas que se hizo Karl Marx. Preguntas sobre el funcionamiento de la sociedad.
Quizá por eso me parece tan revelador que hayan pasado prácticamente desapercibidas durante una visita que ha monopolizado buena parte de la actualidad nacional. Y aquí es donde la reflexión deja de ser sobre el Papa para convertirse en una reflexión sobre nosotros mismos.
Porque cada vez tengo más la sensación de que hemos desarrollado una enorme capacidad para discutir sobre personas y una capacidad cada vez menor para discutir sobre ideas. Nos interesan más los protagonistas que los problemas. Más las declaraciones que las transformaciones. Más las polémicas que las tendencias de fondo.
Pasamos semanas enteras discutiendo sobre quién dijo qué, quién se fotografió con quién o quién logró imponerse en la última batalla partidista. Mientras tanto, cuestiones capaces de transformar radicalmente el empleo, la educación, la productividad, la democracia o incluso nuestra manera de relacionarnos pasan casi de puntillas por la conversación pública.
La inteligencia artificial es probablemente uno de esos casos. Mientras seguimos atrapados en las guerras culturales de cada semana, se está produciendo una redistribución silenciosa de poder económico, tecnológico e informativo de una magnitud difícil de exagerar. Un puñado de grandes corporaciones controla infraestructuras digitales, capacidades de computación, datos y modelos de inteligencia artificial que tendrán una influencia creciente sobre nuestras economías y nuestras instituciones. Y, sin embargo, el debate político español sigue pareciendo mucho más interesado en las disputas del presente que en las transformaciones del futuro.
Lo que hace especialmente interesante esta encíclica es que obliga a mirar hacia una zona incómoda del debate público que casi todos parecen evitar.
Durante décadas, la política democrática se articuló en gran medida alrededor de una cuestión fundamental: cómo distribuir el poder. El conflicto entre izquierda y derecha podía adoptar formas distintas, pero en el fondo giraba alrededor de preguntas relativamente claras. ¿Qué papel debía tener el Estado? ¿Cómo debía repartirse la riqueza? ¿Quién debía controlar los sectores estratégicos? ¿Cómo equilibrar libertad económica y cohesión social?
Sin embargo, tengo la impresión de que en los últimos años hemos ido desplazando esas preguntas hacia los márgenes de la conversación pública.
La izquierda parece haber perdido parte de su interés por analizar quién concentra hoy el poder económico real. Habla con frecuencia de igualdad, diversidad o derechos, cuestiones legítimas e importantes, pero muchas veces dedica menos energía a discutir quién controla las infraestructuras tecnológicas, los flujos financieros, los datos o los algoritmos que condicionan cada vez más nuestra vida cotidiana.
La derecha, por su parte, suele mostrarse muy crítica con la expansión del poder político, pero con frecuencia observa con bastante menos preocupación la creciente concentración de poder económico y tecnológico en manos de actores privados cuya capacidad de influencia supera ya en algunos ámbitos a la de muchos Estados.
Y así hemos llegado a una situación curiosa. Hemos desarrollado una enorme capacidad para discutir sobre personas y una capacidad cada vez menor para discutir sobre ideas. Discutimos constantemente sobre quién ocupa el poder institucional mientras hablamos muy poco de quienes acumulan formas de poder que apenas se someten al escrutinio democrático.
Debatimos apasionadamente sobre gobiernos, parlamentos o partidos, pero prestamos mucha menos atención a quién controla los datos, los canales de comunicación, las infraestructuras digitales o las herramientas de inteligencia artificial que moldearán buena parte de la economía del siglo XXI.
Por eso resulta tan paradójico que una de las pocas voces que ha decidido plantear estas preguntas con claridad haya sido precisamente el Papa. No porque tenga todas las respuestas. Sino porque se ha atrevido a señalar un problema que buena parte de nuestras democracias parecen haber dejado de formular.
No se trata de que todos debamos compartir las conclusiones del Papa. Ni siquiera de que debamos estar de acuerdo con su diagnóstico completo.
Se trata de algo mucho más sencillo. Se trata de que alguien ha puesto sobre la mesa preguntas importantes y casi nadie ha querido hablar de ellas. Y eso debería preocuparnos.
Porque las sociedades no suelen tener problemas por falta de respuestas. Lo que suele ocurrir es que dejan de hacerse las preguntas adecuadas.
Quizá dentro de unos años descubramos que muchas de las discusiones que hoy monopolizan nuestros informativos apenas tuvieron importancia histórica. Y quizá comprobemos también que las cuestiones realmente decisivas estaban ya delante de nosotros, aunque apenas les dedicáramos atención.
Por eso me resulta tan llamativo este fin de semana. Hemos hablado mucho del Papa. Muchísimo. Pero apenas hemos hablado de aquello que el Papa ha considerado suficientemente importante como para dedicarle uno de los principales documentos de su pontificado.
Y tal vez esa sea la verdadera noticia. No que un Papa haya decidido reflexionar sobre inteligencia artificial, poder económico y dignidad humana. Sino que haya tenido que hacerlo él mientras buena parte de nuestra política, de nuestros medios y de nuestra conversación pública siguen demasiado ocupados mirando hacia otro lado.
Porque, al final, la cuestión fundamental no es religiosa. Es política. Es social. Es democrática. Y es extraordinariamente sencilla.
¿La tecnología va a estar al servicio de las personas o las personas acabaremos estando al servicio de la tecnología? Que una institución con casi dos mil años de historia se esté haciendo esa pregunta resulta interesante. Que muchos de nuestros dirigentes parezcan no hacérsela debería resultarnos bastante más inquietante.