Aurea mediocritas

Nacho García

Mnemósine y Lete

Las diosas Mnemósine y Lete se enfrentan, como diría Machado: “golpe a golpe” y yo aguanto sus embestidas “verso a verso”

Lejos de la excesiva parafernalia de Halloween, ese triste y desnaturalizado éxito de marketing que transforma los conceptos de miedo y muerte en algo carnavalesco y trivial, alejándolos de su esencia y trascendencia, me sumerjo con mi alumnado en la lectura de la leyenda “El monte de las ánimas”, de Bécquer, así como en el artículo de costumbres “El Día de difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio”, de Larra. Con ellos reflexionamos sobre la profunda relevancia y arraigo de esta celebración en nuestra cultura a lo largo de la historia y deliberamos sobre el concepto de apropiación cultural, esto es, la apropiación o imposición de elementos de otra cultura sin el debido reconocimiento de su origen o respeto a la cultura tradicional.

En estos días de Todos los Santos y Fieles Difuntos, la denostada memoria exhuma los recuerdos y nos exime del implacable y todopoderoso olvido. Las diosas Mnemósine y Lete se enfrentan, como diría Machado: “golpe a golpe” y yo aguanto sus embestidas “verso a verso”. Mientras, las Parcas tejen, devanan y cortan los hilos de la vida; mientras, el Tiempo pasa impasible y lo marchita todo “por no hacer mudanza en su costumbre”, ya saben, Garcilaso.



La literatura es prolífica en obras relacionadas con la memoria y el olvido. Sin ir más lejos, hace poco releía el relato de “Funes, el memorioso”, perteneciente al libro Ficciones (1944), en el cual Jorge Luis Borges contaba la historia de un personaje que, tras un accidente, adquiere una memoria infalible. Lejos de ser una virtud, Irineo Funes sufre un martirio, pues la hipermnesia, un síntoma del síndrome del sabio, es una afección que supone casi una condena. Funes pierde la capacidad de olvidar detalles o de depurar recuerdos, los cuales rememora sistemáticamente a diario, sin olvidar detalles nimios, debido a lo cual pierde progresivamente la capacidad de pensar, de generalizar o abstraer, sólo recuerda.

Años más tarde, el mismo autor escribió, por otra parte, el soneto “Epitafio”, cuyo primer verso era el sentencioso: “Ya somos el olvido que seremos”. Cuentan que este poema apareció en un papelito oculto en el bolsillo de la camisa de Héctor Abad Faciolince, médico y defensor de los derechos humanos, tras ser asesinado por paramilitares, hecho por el que su hijo le rindió homenaje con el libro El olvido que seremos, llevado a la pantalla posteriormente por Fernando Trueba de manera magistral. Como ven, una historia laberíntica muy propia de Borges quien mostró su visión poliédrica de la memoria y el olvido, dos senderos que se bifurcan en las infinitas galerías hexagonales de la Biblioteca de Babel.

En nuestros días, en esta sociedad dónde la velocidad excesiva, la optimización a ultranza y la exigencia hasta límites insospechados lo impregnan todo, vivimos sin memoria, presos del olvido. Y eso que, paradójicamente, cualquier dato, hecho, imagen o archivo se almacena en poderosas memorias externas (creo que la máxima medida, por ahora, es el yottabyte), organizadas en carpetas dentro de carpetas dentro de carpetas, que se abisman hacia lo remoto y acaban “donde habita el olvido”, que escribió Cernuda. Cada vez se le da menos importancia a la memorización interna, cualquier recuerdo acaba siendo un flash, algo momentáneo que rápidamente se comprime en unos cuantos megas en memorias externas, de las que raramente saldrá.

            A finales del siglo XIX, Ebbinghaus ya teorizó sobre los conceptos de memoria y olvido y elaboró lo que se conoce como “la curva del olvido”, un gráfico, que indica cómo ante la memorización de un determinado material el nivel de retención de la información aprendida disminuye de manera logarítmica con el paso del tiempo. Su investigación aún conserva cierta vigencia en la actualidad pues, ante la cantidad de estímulos propios de la exposición mediática, incide en la intensidad -calidad- del recuerdo y en la necesidad del esfuerzo activo para retener información, y no la mera compilación pasiva de datos. Cada vez es más habitual guardar en el cajón cualquier evocación o reminiscencia, en lugar de rememorarla periódicamente.

No sé ustedes, pero yo aún me niego a regalarle al olvido todo cuanto he aprendido, como proponía el himno musical de Elefantes. Todavía tengo muy presentes a familiares y amigos que ya no están, todavía tarareo muchas canciones enteras, todavía recito poemas de carrerilla y si no me acuerdo, repaso las letras y versos. Me encanta que ciertos olores, p. ej. cuando paso por Cuétara, me retrotraigan al pasado; me encanta reencontrarme con paisajes por los que anduve; me encanta reconocer a antiguos alumnos y compañeros por la calle y saludarnos. En fin, me gusta esforzarme porque los colores no palidezcan. Sé que, tarde o temprano, me pasará como a aquel personaje de “Las aguas del olvido”, de Muñoz Molina. Nadaré y cruzaré el río del olvido y haré un gesto con la mano, desde la otra orilla, diciendo adiós.