Hubo un tiempo en que éramos tan jóvenes que aún no poseíamos carnet de conducir; para alcanzar las sierras más cercanas no había más alternativa que la mochila al hombro, las botas en los pies y la ilusión intacta de quien intuye que el mundo comienza al doblar el siguiente sendero. El Puente de la Sierra, cuyo nombre parecía predestinado para nosotros, marcaba el umbral de nuestras primeras aventuras. Desde el barrio de La Alcantarilla tomábamos el autobús más tempranero, con el sueño aún pegado a los párpados, para acercarnos lo máximo posible al destino. La última parada era el restaurante El Berenguel, y allí daba comienzo lo verdaderamente nuestro.
Cargados con mochilas que hoy semejan un imposible, sacos de dormir, tiendas de campaña y cuanto necesitábamos para saborear la libertad, tomábamos la carretera que se adentraba en nuestra Sierra: la más cercana y, acaso por ello, la más querida. Nuestro rincón predilecto para acampar era el Collado de Cuevas Negras. Tanto fuimos, tantas noches quedaron suspendidas entre sus rocas, que un lance singular terminó por bautizarnos con el nombre que ya forma parte de nuestra modesta historia: Los de Cuevas Negras.
Dejábamos atrás la carretera para internarnos primero entre olivos de montaña, hasta hallar la vereda que habría de conducirme a un doble descubrimiento. Fue caminando por aquellos parajes donde hallé una cruz de guía para mi vida lectora. Todo comenzó con un pequeño transistor en la mochila. La joven Radio 3 de Radio Nacional de España abría ventanas hacia otros mundos, emitiendo poesía, relatos y textos de la literatura universal. No recuerdo la melodía que acompañaba al locutor, pero sí unas palabras de El caminante, del premio nobel Hermann Hesse, que quedaron grabadas a fuego en mi memoria: «Los árboles son santuarios. Quien sabe hablar con ellos, quien sabe escucharles, aprende la verdad». Desconocía entonces que unas pocas sílabas podían quedarse a vivir dentro de uno, pero desde aquel instante el escritor alemán quedó unido a mi transitar.
Aquel hallazgo aconteció cerca de la fuente que llamábamos de Cuevas Negras, aunque su topónimo real sea el Pilar del Puerto de las Lagunillas. En aquellos años aún manaba agua, milagro cotidiano en el que rellenábamos las cantimploras; si la sed apretaba en la penumbra nocturna, desandábamos lo andado bajo el haz de las linternas para reencontrar su brote.
Acampábamos siempre en el Collado, desde donde divisábamos la negrura de las cavidades, tiznadas por el hollín de tantas candelas encendidas por pastores que buscaban refugio de las tormentas. Nuestras tiendas de campaña tenían nombre propio: Susana, con una numeración que delataba su antigüedad. Cuando me incorporé al grupo, la Susana I pertenecía ya a la leyenda —decían los veteranos que databa de la Guerra Civil y exhibía un impacto de bala—. Mi debut fue con la Susana II, de tela anaranjada y sin doble techo, en la que los días de lluvia terminaba lloviendo más dentro que fuera; por fortuna, la cueva no quedaba lejos. Con el tiempo llegó la Susana III, más moderna dentro de su pesadez, cuyo doble techo nos permitió velar el sueño bajo el agua.
Qué poco bastaba para sentir la plenitud: una tienda, un saco, el calor de la hoguera y la compañía de los amigos. A menudo, a la mañana siguiente proseguíamos hacia la aldea de Otíñar o ascendíamos al puerto de Navatrillo hacia Los Villares. En una ocasión emprendimos una travesía mayor hacia el Pico de la Pandera, techo de la Sierra Sur de Jaén. Fue una empresa dura: el peso de los pertrechos de antaño —tan lejos de los materiales ligeros de hoy— nos obligó a pernoctar primero en el Collado, subir al día siguiente por el Puerto de la Oya para dormir en otras cuevas, y culminar la ascensión al tercer día fatigosamente, abriéndonos paso entre un espeso manto de nieve.
Entre aquellas piedras nació también nuestro apodo. Una noche en que nos pasamos con la bebida destinada a templar el cuerpo y el alma, mi inexperiencia de diecisiete años me pasó factura. Coincidió que un conocido club de montaña de Jaén acampaba en las inmediaciones. Mis arcadas resonaron con tal eco en las paredes de la roca que no dejé dormir ni a las cabras montesas. Meses después, al cruzarnos con aquellos montañeros, nos señalaban entre sonrisas: «Ahí van los de Cuevas Negras». Prometo que jamás he vuelto a probar la ginebra desde aquel lance, pero la historia sobrevivió al tiempo.
Cuevas Negras fue nuestro campo base y nuestro altar. Allí, al abrigo del fuego, departimos sobre lo humano y lo divino, lo terrenal y lo paranormal, forjando lazos bajo un cielo sin techo.
Hoy el paisaje ha mudado. El antiguo acceso yace interrumpido por vallas metálicas levantadas en la finca de olivos; la fuente permanece seca y colmatada de piedras ante la ausencia de pastores y caminantes; y de nuestro grupo, un hermano falta y a los demás nos doblegan los achaques de la edad. Sin embargo, basta cerrar los ojos para evocar la lona anaranjada, el murmullo del agua y el aroma del humo. Por eso, si alguien pregunta, aún responderé que somos los de Cuevas Negras.
Nos vemos por las veredas de Jaén. No te pierdas… o sí.